miércoles 24 de marzo de 2027
Oficio de lectura
Miércoles de Semana Santa
Cuaresma
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Himno
¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!
Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.
Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.
Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,
y que el Amor redima la condena!»
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida.
¡Oh plenitud del tiempo consumado!
Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.
¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,
y a Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos
le faja una doncella nazarena.
En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero.
Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén.
Salmodia
También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.
Salmo 38-I: Súplica de un enfermo
Yo me dije: «vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.»
Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.
«Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.»
Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como una sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.
Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.
Salmo 38-II
Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis inquietudes,
no me hagas la burla de los necios.
Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.
Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.
Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;
porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro,
antes de que pase y no exista.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.
Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.
Salmo 51: Contra la violencia de los calumniadores
¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;
prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.
Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.
Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»
Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás.
Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.
Versículo
℣. Cuando yo sea elevado sobre la tierra.
℟. Atraeré a todos hacia mí.
Primera lectura
Del libro de las Lamentaciones Lam 2, 1-9
La pena infligida por el Señor
¡Cómo ha nublado en su cólera, el Señor a la capital, Sion! ¡Desde el cielo ha tirado por tierra el esplendor de Israel, sin acordarse del estrado de sus pies, el día de su cólera!
El Señor ha destruido sin piedad todas las moradas de Jacob; ha derruido, en su furor, las fortalezas de la capital de Judá; por tierra ha echado, ha profanado al reino y a todos sus príncipes.
Ardiendo en cólera ha quebrado todo el poder de Israel; ha escondido su diestra en la espalda cuando ha llegado el enemigo; y han prendido las llamas en Jacob devorando todo alrededor.
Como enemigo ha tensado su arco, ha tomado con su diestra las flechas, dando muerte como un adversario a la flor y nata de la juventud; en la tienda de la capital de Sion ha vertido como fuego su furor. Se ha portado el Señor como enemigo: ha acabado con Israel, ha destruido sus palacios, ha derribado sus fortalezas, ha llenado la capital de Judá de llantos y lamentos.
Ha forzado, como a un huerto, su cerca, ha derruido su lugar de reunión. Ha borrado el Señor en Sion la memoria de fiestas y sábados; ha desechado en el ardor de su cólera a reyes y a sacerdotes.
El Señor ha rechazado su altar, su santuario ha desdeñado; ha dejado a merced del enemigo los muros de sus palacios; ¡se oyeron gritos en el templo del Señor, lo mismo que en día solemne! El Señor decidió destruir la muralla de Sion, la capital. Echó el cordel, no retiró su mano para arrasar; ha enlutado antemural y muro, que juntos se desmoronan.
Ha hundido en tierra sus puertas, deshaciendo y rompiendo sus cerrojos; su rey y sus príncipes están entre paganos; ¡ya no hay Ley! Tampoco sus profetas reciben visiones del Señor.
Responsorio
℣. Muchos pastores destruyeron mi viña, han pisoteado mi parcela, * hicieron de mi parcela preciosa un desierto desolado.
℟. Quién me diera una posada en el desierto para abandonar a mi pueblo y alejarme de él.
℟. Hicieron de mi parcela preciosa un desierto desolado.
Segunda lectura
San Agustín de Hipona Tratados sobre el evangelio de San Juan 84, 1-2
La plenitud del amor
El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: <i>Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos</i> (Jn 15,13). Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo<i> dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos</i> (1 Jn 3,16), amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.
Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: <i>Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante</i> (Pr 23,1), y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta <i>mesa de tal señor</i> no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. <i>Sentarse a ella</i> significa acercarse a la misma con humildad. <i>Mirar bien lo que nos ponen delante</i> equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como <i>Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos</i> (1 Jn 3,16). Como dice el apóstol Pedro: <i>Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas</i> (1 Pe 2,21). Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.
Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.
Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.
Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.
Responsorio
℟. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
℣. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
℟. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
Oración
Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
Volver al inicio ↑