martes 23 de marzo de 2027
Oficio de lectura
Martes de Semana Santa
Cuaresma
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Himno
¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!
Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.
Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.
Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,
y que el Amor redima la condena!»
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida.
¡Oh plenitud del tiempo consumado!
Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.
¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,
y a Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos
le faja una doncella nazarena.
En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero.
Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén.
Salmodia
Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.
Salmo 36-I: La verdadera y la falsa felicidad
No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y Él te dará lo que pide tu corazón.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en Él, y Él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
Descansa en el Señor y espera en Él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:
Cohíbe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.
Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.
Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.
Salmo 36-II
El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.
Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.
Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambres se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.
El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.
Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.
Confía en el Señor y sigue su camino.
Salmo 36-III
La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.
El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.
Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.
Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Confía en el Señor y sigue su camino.
Versículo
℣. Cuando yo sea elevado sobre la tierra.
℟. Atraeré a todos hacia mí.
Primera lectura
Comienza el libro de las Lamentaciones Lam 1, 1-12.18-20
Desolación de Jerusalén
¡Qué solitaria se encuentra la otrora Ciudad populosa! Como una viuda ha quedado la grande entre las naciones. La Princesa de las provincias sometida está a tributo. Llora que llora de noche, surca el llanto sus mejillas. No hay nadie que la consuele entre todos sus amantes. Todos sus amigos la han traicionado, ¡se le han convertido en enemigos!
Judá está desterrada y postrada, sometida a extrema servidumbre. Mezclada con las naciones, en nada encuentra sosiego. La alcanzaron sus perseguidores, la pusieron en aprietos.
Las calzadas de Sion están de luto, ya nadie viene a las solemnidades. Todas sus puertas desoladas, sus sacerdotes gimiendo, afligidas sus doncellas, ¡y ella misma en amargura!
La domina el enemigo, feliz está el adversario, porque el Señor la ha afligido, pues son muchos sus delitos. Sus niños partieron al cautiverio delante del enemigo.
La hija de Sion ha quedado privada de todo su esplendor. Sus príncipes son como ciervos que ya no encuentran pasto, caminando van sin fuerzas, hostigados por la espalda.
Jerusalén recuerda sus días de miseria y vida errante, cuando su pueblo sucumbía ante el enemigo, sin que nadie viniera en su ayuda.
Los enemigos la miraban, burlándose de su ruina. Mucho ha pecado Jerusalén, por eso ha quedado impura. Todos los que la honraban la desprecian, porque han visto su desnudez; y ella misma gime vuelta de espaldas. Su inmundicia se pega a su ropa, no pensó ella en este fin. ¡Su caída ha sorprendido, no hay quien la consuele!
«¡Mira, Señor, mi miseria, que el enemigo se crece!» Echó mano el enemigo a todos sus tesoros; ha visto ella a los paganos penetrar en su santuario, aquellos de quienes ordenaste: «¡No entrarán en tu asamblea!»
Su pueblo entero gime y anda en busca de pan; cambian sus tesoros por comida, por ver de recobrar la vida.
«Mira, Señor, y contempla qué envilecida estoy.» Vosotros que pasáis por el camino, mirad, fijaos bien si hay dolor parecido al dolor que me atormenta, con el que el Señor me castigó el día de su ardiente cólera. Justo, justo ha sido el Señor, pues he sido indócil a sus órdenes.
Escuchad, pueblos todos, contemplad mi dolor. Mis doncellas y mis jóvenes han marchado al cautiverio. He llamado a mis amantes: mas todos me han traicionado. Mis sacerdotes y mis ancianos han expirado en la ciudad, mientras buscaban alimento para recobrar las fuerzas.
¡Contempla, Señor, mi angustia! ¡Me hierven las entrañas, mi corazón se revuelve en mi interior, pues he sido muy rebelde! Fuera la espada me priva de hijos, en casa aguarda la muerte.
Responsorio
℣. Un velo de sombras ha oscurecido mis ojos a causa del llanto, pues está lejos de mí el que me consolaba; mirad, pueblos todos, * si hay dolor semejante a mi dolor.
℟. ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino! Mirad y ved.
℟. Si hay dolor semejante a mi dolor.
Segunda lectura
San Basilio Magno Libro sobre el Espíritu Santo 15, 35
Una sola muerte y una sola resurrección
Nuestro Dios y Salvador realizó su plan de salvar al hombre levantándolo de su caída y haciendo que pasara del estado de alejamiento, al que le había llevado su desobediencia, al estado de familiaridad con Dios. Éste fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de sus ejemplos de vida evangélica, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo adoptivo.
Y así, para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo, el imitador de Cristo: <i>Muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos</i> (Flp 3,10-11).
Mas, ¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con él por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta vida nueva, es necesario poner fin a la anterior. En esto sucede lo mismo que con los que corren en el estadio: éstos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera, antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña parada o pausa, para reemprender luego el camino de vuelta; así también, en este cambio de vida, era necesario interponer la muerte entre la primera vida y la posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes y da comienzo a los subsiguientes.
¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo. En efecto, los cuerpos de los que bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por esto el bautismo significa, de un modo misterioso, el despojo de las obras de la carne, según aquellas palabras del Apóstol: <i>Fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha por hombres, cuando os circuncidaron de los bajos instintos de la carne, por la circuncisión de Cristo. Por el bautismo fuisteis sepultados con él</i> (Col 2,11-12), ya que el bautismo en cierto modo purifica el alma de manchas ocasionadas en ella por el influjo de esta vida en carne mortal, según está escrito: <i>Lávame: quedaré más blanco que la nieve</i> (Sal 51[50],7),. Por esto reconocemos un solo bautismo salvador, ya que es una sola la muerte en favor del mundo y una sola la resurrección de entre los muertos, de ambas es figura el bautismo.
Responsorio
℟. Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya.
℣. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte.
℟. Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya.
Oración
Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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