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domingo 14 de febrero de 2027

Oficio de lectura

1º domingo de Cuaresma

Cuaresma

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.

O bien:

Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.

Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.

La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.

Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.

Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.

O bien:

Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.

A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.

Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.

Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.

Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.

Salmodia

Ant. 1

El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

Salmo 1: Los dos caminos del hombre

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

Ant. 2

Yo mismo he establecido a mi rey en Sion.

Salmo 2: El Mesías, rey vencedor

¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?

Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo.»

El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi rey
en Sion, mi monte santo.»

Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
«Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza.»

Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en Él!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Yo mismo he establecido a mi rey en Sion.

Ant. 3

Tú, Señor, eres mi escudo, tú mantienes alta mi cabeza.

Salmo 3: Confianza en medio de la angustia

Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
«Ya no lo protege Dios»

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.

Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.

Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.

De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Tú, Señor, eres mi escudo, tú mantienes alta mi cabeza.

Versículo

℣. No sólo de pan vive el hombre.

℟. Sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Primera lectura

Del libro del Deuteronomio Dt 6, 4-25

La ley del amor

Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas.

Cuando el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra que ha de darte, según juró a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob: ciudades grandes y hermosas que tú no has edificado, casas llenas de toda clase de bienes, que tú no has llenado, cisternas excavadas que tú no has excavado, viñedos y olivares que tú no has plantado, cuando comas y te hartes, cuídate de no olvidarte del Señor que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre. Al Señor tu Dios temerás, a él servirás y por su nombre jurarás.

No vayáis detrás de otros dioses, de los dioses de los pueblos que tendréis a vuestro alrededor, porque el Señor tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso. La ira del Señor tu Dios se encendería contra ti y te haría desaparecer de la faz de la tierra. No tentaréis al Señor vuestro Dios, como le habéis tentado en Masá. Guardaréis cuidadosamente los mandamientos del Señor vuestro Dios, los estatutos y preceptos que te ha prescrito, harás lo que es recto y bueno a los ojos del Señor para que seas feliz y llegues a tomar posesión de esa tierra buena que el Señor prometió con juramento a tus padres, arrojando ante ti a todos tus enemigos, como te ha dicho el Señor.

Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: «Qué son estos estatutos, estos preceptos y estas normas que el Señor nuestro Dios os ha prescrito?», dirás a tu hijo: «Éramos esclavos del faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte. El Señor realizó a nuestros propios ojos señales y prodigios grandes y terribles en Egipto, contra el faraón y contra toda su casa. Y nos sacó de allí para traernos y entregarnos la tierra que había prometido con juramento a nuestros padres. Y el Señor nos mandó que pusiéramos en práctica todos estos preceptos, temiendo al Señor nuestro Dios, para que nos vaya siempre bien y nos mantenga en vida como el día de hoy. Tal será nuestra justicia: cuidar de poner en práctica todos estos mandamientos ante el Señor nuestro Dios, como él nos ha mandado.»

Responsorio

℣. Escucha, Israel, guarda y pon en práctica todos estos preceptos que te dio el Señor; * así conocerás que el Señor, tu Dios, es el Dios verdadero, el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman.

℟. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.

℟. Así conocerás que el Señor, tu Dios, es el Dios verdadero, el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman.

Segunda lectura

San Agustín de Hipona Salmo 60, 2-3

En Cristo fuimos tentados, y en él vencimos al diablo

<i>Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica</i> (Sal 61[60],2). ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: <i>Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido</i> (Sal 61[60],3). Por lo tanto, se invoca <i>desde los confines de la tierra</i>, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama <i>desde los confines de la tierra</i>? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: <i>Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra</i> (Sal 2,8). De manera que quien clama <i>desde los confines de la tierra</i> es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros. 

Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: <i>Dios mío escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra</i>. O sea: «Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra», es decir, desde todas partes. 

Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía <i>el corazón abatido</i>. Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones. 

Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones. 

Éste que invoca <i>desde los confines de la tierra</i> está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió. 

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. 

Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.

Responsorio

℟. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor.

℣. No caerás a espada: salvarás tu vida como un despojo.

℟. Porque yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor.

Oración

Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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