LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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02 ¿Qué deseas rezar?

sábado 19 de septiembre de 2026

Oficio de lectura

Sábado de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Bello es el rostro de la luz, abierto
sobre el silencio de la tierra; bello
hasta cansar mi corazón, Dios mío.

Un pájaro remueve la espesura
y luego, lento, en el azul se eleva,
y el canto le sostiene y pacifica.

Así mi voluntad, así mis ojos
se levantan a ti; dame temprano
la potestad de comprender el día.

Despiértame, Señor, cada mañana,
hasta que aprenda a amanecer, Dios mío,
en la gran luz de la misericordia. Amén.

Salmodia

Ant. 1

El Señor convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo.

Salmo 49-I: El verdadero culto a Dios

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sion, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo:

«Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

El Señor convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo.

Ant. 2

Invócame el día del peligro, y yo te libraré.

Salmo 49-II

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
Yo, Dios, tu Dios.

No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;

Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré y tú me darás gloria».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Invócame el día del peligro, y yo te libraré.

Ant. 3

El sacrificio de acción de gracias me honra.

Salmo 49-III

Dios dice al pecador:
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.

Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

El sacrificio de acción de gracias me honra.

Versículo

℣. No dejamos de rezar a Dios por vosotros.

℟. Y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad.

Primera lectura

Del libro del profeta Baruc Ba 3, 9-15.24-4, 4

La salvación de Israel está en la Sabiduría

Escucha, Israel, los mandamientos de vida, presta atención para aprender sensatez.

¿Por qué, Israel, vives en país enemigo, has envejecido en país extraño, te has contaminado con los muertos y te cuentan entre los habitantes del abismo? ¡Porque abandonaste la fuente de la sabiduría!

Si hubieras seguido por el camino de Dios, vivirías en paz para siempre. Aprende dónde está la sensatez, dónde la fuerza, dónde la inteligencia para aprender aún más, dónde la larga vida, dónde la luz de los ojos y la paz.

¿Quién ha encontrado su lugar, quién ha tenido acceso a sus tesoros? ¡Oh Israel, qué grande es la morada de Dios, qué vastos sus dominios! Es grande e ilimitada, es sublime e inmensa. Allí nacieron los famosos gigantes de antaño, de gran estatura y diestros en la guerra. Pero no los eligió Dios ni les enseñó el camino de la ciencia; y perecieron por no tener prudencia, por su locura perecieron.

¿Quién subió al cielo para cogerla y hacerla bajar desde las nubes? ¿Quién atravesó el mar para encontrarla y comprarla a precio de oro puro? Nadie conoce su camino, ni puede rastrear su sendero.

El que todo lo sabe la conoce y la descubre con su inteligencia, el que fundó la tierra para siempre y la pobló de animales cuadrúpedos, el que envía la luz y va, la llama y temblorosa le obedece. Los astros brillan encantados en sus puestos de guardia, él los llama y le responden: ¡Aquí estamos!, y brillan alegres para su creador.

Éste es nuestro Dios y ningún otro es comparable a él. Él descubrió el camino del conocimiento y se lo enseñó a su siervo Jacob y a su amado Israel. Después apareció en la tierra y convivió entre los hombres. Ella es el libro de los mandatos de Dios, la Ley que perdura por los siglos: todos los que la guarden vivirán, pero los que la abandonen morirán. Vuélvete, Jacob, y tómala, camina al esplendor de su luz. No entregues tu gloria a otro, ni tus privilegios a pueblo extranjero.

Felices nosotros, Israel, pues se nos ha revelado lo que agrada al Señor.

Responsorio

℣. ¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! * ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!

℟. El que todo lo sabe conoce la sabiduría y se la dio a Israel, su predilecto.

℟. ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!

Segunda lectura

Del sermón sobre los pastores. Sermón 46, 11-12: CCL 41, 538-539

Ofrece el alivio de la consolación

El Señor, dice la Escritura, “castiga a sus hijos preferidos”. Y tú te atreves a decir: «Quizás seré una excepción». Si eres una excepción en el castigo, quedarás igualmente exceptuado del número de los hijos. «¿Es cierto —preguntarás— que castiga a cualquier hijo?» Cierto que castiga a cualquier hijo, y del mismo modo que a su Hijo único. Aquel Hijo, que había nacido de la misma substancia del Padre, que era igual al Padre por su condición divina, que era la Palabra por la que había creado todas las cosas, por su misma naturaleza no era susceptible de castigo. Y, precisamente, para no quedarse sin castigo, se vistió de la carne de la especie humana. «¡Conque va a dejar sin castigo al hijo adoptado y pecador, el mismo que no dejó sin castigo a su único Hijo inocente? El Apóstol dice que nosotros fuimos llamados a la adopción. Y recibimos la adopción de hijos para ser herederos junto con el Hijo único, para ser incluso su misma herencia: “Pídemelo: te daré en herencia las naciones”. En sus sufrimientos, nos dio ejemplo a todos nosotros.

Pero, para que el débil no se vea vencido por las futuras tentaciones, no se le debe engañar con falsas esperanzas, ni tampoco desmoralizarlo a fuerza de exagerar los peligros. Dile: “Prepárate para las pruebas”, y quizá comience a retroceder, a estremecerse de miedo, a no querer dar un paso hacia adelante. Tienes aquella otra frase: “Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas”. Pues bien, prometer y anunciar las tribulaciones futuras es, efectivamente, fortalecer al débil. Y, si al que experimenta un temor excesivo, hasta el punto de sentirse aterrorizado, le prometes la misericordia de Dios, y no porque le vayan a faltar las tribulaciones, sino porque Dios no permitirá que la prueba supere sus fuerzas, eso es, efectivamente, vendar las heridas.

Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que solo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones.

Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. Di: «No temas, que no va a abandonarte en la prueba aquel en quien has creído. “Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere sus fuerzas”». No son palabras mías, sino del Apóstol, que nos dice: “Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí”. Cuando oyes estas cosas, estás oyendo al mismo Cristo, estás oyendo al mismo pastor que apacienta a Israel. Pues a él le fue dicho: “Nos diste a beber lágrimas, pero con medida”. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: “No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas”. Solo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana.

Responsorio

℟. Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.

℟. Nos entregas como ovejas a la matanza, y nos has dispersado por las naciones.

℟. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.

Oración

Míranos, oh, Dios, creador y guía de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos el fruto de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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