viernes 18 de septiembre de 2026
Oficio de lectura
Viernes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Eres la luz y siembras claridades;
abres los anchos cielos, que sostiene
como columna el brazo de tu Padre.
Arrebatada en rojos torbellinos,
el alba apaga estrellas lejanísimas;
la tierra se estremece de rocío.
Mientras la noche cede y se disuelve,
la estrella matinal, signo de Cristo,
levanta el nuevo día y lo establece.
Eres la luz total, día del día,
el Uno en todo, el Trino todo en Uno:
¡gloria a tu misteriosa teofanía! Amén.
O bien:
Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.
Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.
Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.
Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!
¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.
Salmodia
Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
Salmo 54, 2-15. 17-24-I: Oración ante la traición de un amigo
Dios mío, escucha mi oración,
no te cierres a mi súplica;
hazme caso y respóndeme,
me agitan mis ansiedades.
Me turba la voz del enemigo,
los gritos del malvado:
descargan sobre mí calamidades
y me atacan con furia.
Se me retuercen dentro las entrañas,
me sobrecoge un pavor mortal,
me asalta el temor y el terror,
me cubre el espanto,
y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma
para volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto,
me pondría enseguida a salvo de la tormenta,
del huracán que devora, Señor;
del torrente de sus lenguas.»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Salmo 54, 2-15. 17-24-II
Violencia y discordia veo en la ciudad:
día y noche hacen la ronda
sobre sus murallas;
en su recinto, crimen e injusticia;
dentro de ella, calamidades;
no se apartan de su plaza
la crueldad y el engaño.
Si mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él;
pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad:
Juntos íbamos entre el bullicio
por la casa de Dios.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará.
Salmo 54, 2-15. 17-24-III
Pero yo invoco a Dios,
y el Señor me salva:
por la tarde, en la mañana, al mediodía,
me quejo gimiendo.
Dios escucha mi voz:
su paz rescata mi alma
de la guerra que me hacen,
porque son muchos contra mí.
Dios me escucha, los humilla
el que reina desde siempre,
porque no quieren enmendarse
ni temen a Dios.
Levantan la mano contra su aliado,
violando los pactos;
su boca es más blanda que la manteca,
pero desean la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero son puñales.
Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
no permitirá jamás que el justo caiga.
Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos
a la fosa profunda.
Los traidores y sanguinarios
no cumplirán ni la mitad de sus años.
Pero yo confío en ti.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará.
Versículo
℣. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría.
℟. Presta oído a mi inteligencia.
Primera lectura
Del libro del profeta Baruc Ba 1, 14-2, 5; 3, 1-8
Súplica del pueblo arrepentido
Leed este libro que os enviamos para su proclamación en el templo del Señor, en el día de la fiesta y en los días oportunos.
Diréis:
El Señor, nuestro Dios, es justo; nosotros, en cambio, nos sentimos hoy abochornados, igual que los habitantes de Judá y de Jerusalén y nuestros reyes, príncipes, sacerdotes, profetas y antepasados. Porque hemos pecado contra el Señor, le hemos desobedecido, no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios, ni hemos cumplido los mandamientos que el Señor nos había dado. Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy hemos sido rebeldes al Señor, nuestro Dios, y ligeros para no escuchar su voz. Por esto se nos acumulan ahora las desgracias y maldiciones que el Señor anunció a su siervo Moisés cuando sacó a nuestros padres de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel. Nosotros no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios, que nos habló por medio de sus enviados, los profetas. Cada uno de nosotros ha seguido los planes de su corazón obstinado, sirviendo a dioses ajenos y haciendo el mal ante el Señor, nuestro Dios.
Por eso el Señor, nuestro Dios, cumplió las amenazas que había pronunciado contra nosotros, contra nuestros jueces que gobernaron a Israel, contra nuestros reyes y gobernantes y contra los habitantes de Israel y de Judá. Jamás sucedió bajo el cielo nada semejante a lo que él hizo en Jerusalén, como está escrito en la Ley de Moisés: que llegaríamos a comernos cada uno la carne de sus propios hijos e hijas. El Señor los sometió a todos los reinos de nuestro alrededor, haciéndolos motivo de burla y deshonra entre todos los pueblos circundantes donde el Señor los dispersó. Y pasaron de dominadores a dominados, por haber pecado contra el Señor, nuestro Dios, desoyendo su voz.
Señor todopoderoso, Dios de Israel, un alma angustiada y un espíritu abatido claman a ti. Escucha, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti. Pues tú reinas eternamente, mas nosotros perecemos para siempre. Señor todopoderoso, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel y de los hijos de aquellos que pecaron contra ti. Ellos desobedecieron al Señor, su Dios, y por eso se nos acumulan las desgracias. No te acuerdes de los delitos de nuestros antepasados; acuérdate hoy de tu poder y de tu fama. Puesto que eres el Señor, nuestro Dios, nosotros te alabaremos, Señor. Tú nos infundiste tu temor para que invocáramos tu nombre. Queremos alabarte en nuestro destierro, porque hemos apartado de nuestro corazón toda la maldad con que nuestros antepasados pecaron contra ti. Y aquí estamos hoy en nuestro destierro, donde tú nos dispersaste, convirtiéndonos en objeto de burla, maldición y condenación por todos los delitos de nuestros antepasados, que se apartaron del Señor, nuestro Dios.
Responsorio
℣. Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, * aun cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo.
℟. Hemos pecado, hemos sido impíos, hemos cometido injusticia contra nuestro Dios, faltando a todos sus decretos.
℟. Aun cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo.
Segunda lectura
San Agustín de Hipona Del sermón sobre los pastores. Sermón 46, 10-11: CCL 41, 536-538
Prepárate para las pruebas
Ya habéis oído lo que los malos pastores aman. Ved ahora lo que descuidan. “No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas”, es decir, a las que sufren; “no recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes”, destrozándolas y llevándolas a la muerte. Decir que una oveja ha enfermado quiere significar que su corazón es débil, de tal manera que puede ceder ante las tentaciones en cuanto sobrevengan y la sorprendan desprevenida.
El pastor negligente, cuando recibe en la fe a alguna de estas ovejas débiles, no le dice: “Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente”. Porque quien dice tales cosas, ya está confortando al débil, ya está fortaleciéndole, de forma que, al abrazar la fe, dejará de esperar en las prosperidades de este siglo. Ya que, si se le induce a esperar en la prosperidad, esta misma prosperidad será la que le corrompa; y, cuando sobrevengan las adversidades, lo derribarán y hasta acabarán con él.
Así, pues, el que de esa manera lo edifica, no lo edifica sobre piedra, sino sobre arena. “Y la roca era Cristo”. Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Cristo, y no tratar de alcanzar los placeres. Se conforta a un pusilánime cuando se le dice: «Aguarda las tentaciones de este siglo, que de todas ellas te librará el Señor, si tu corazón no se aparta lejos de él. Porque precisamente para fortalecer tu corazón vino él a sufrir, vino él a morir, a ser escupido y coronado de espinas, a escuchar oprobios, a ser, por último, clavado en una cruz. Todo esto lo hizo él por ti, mientras que tú no has sido capaz de hacer nada, no ya por él, sino por ti mismo».
¿Y cómo definir a los que, por temor de escandalizar a aquellos a los que se dirigen, no solo no los preparan para las tentaciones inminentes, sino que incluso les prometen la felicidad en este mundo, siendo así que Dios mismo no la prometió? Dios predice al mismo mundo que vendrán sobre él trabajos y más trabajos hasta el final, ¿y quieres tú que el cristiano se vea libre de ellos? Precisamente por ser cristiano tendrá que pasar más trabajos en este mundo.
Lo dice el Apóstol: “Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido”. Y tú, pastor que tratas de buscar tu interés en vez del de Cristo, por más que aquel diga: “Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido”, tú insistes en decir: «Si vives piadosamente en Cristo, abundarás en toda clase de bienes. Y, si no tienes hijos, los engendrarás y sacarás adelante a todos, y ninguno se te morirá». ¿Es esta tu manera de edificar? Mira lo que haces, y dónde construyes. Aquel a quien tú levantas está sobre arena. Cuando vengan las lluvias y los aguaceros, cuando sople el viento, harán fuerza sobre su casa, se derrumbará, y su ruina será total.
Sácalo de la arena, ponlo sobre la roca; aquel que tú deseas que sea cristiano, que se apoye en Cristo. Que piense en los inmerecidos tormentos de Cristo, que piense en Cristo, pagando sin pecado lo que otros cometieron, que escuche la Escritura que le dice: “El Señor castiga a sus hijos preferidos”. Que se prepare a ser castigado, o que renuncie a ser hijo preferido.
Responsorio
℟. Dios nos ha aprobado y nos ha confiado el Evangelio, y así lo predicamos, no para contentar a los hombres, sino a Dios.
℟. Nuestra exhortación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños.
℟. No para contentar a los hombres, sino a Dios.
Oración
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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