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jueves 13 de agosto de 2026

Oficio de lectura

Jueves de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Autor del cielo y el suelo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al hielo.

Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que en cristal de frescura
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.

Hazle en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágale tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

O bien:

Éste es el día del Señor.
Éste es el tiempo de la misericordia.

Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.

Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos:

La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.

Salmodia

Ant. 1

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88, 39-53-IV: Lamentación por la caída de la casa de David

Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Ant. 2

Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Salmo 88, 39-53-V

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.

¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?

Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Ant. 3

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89: Baje a nosotros la bondad del Señor

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.

Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Versículo

℣. En ti, Señor, está la fuente viva.

℟. Y tu luz nos hace ver la luz.

Primera lectura

Del libro del profeta Zacarías Za 11, 4-12, 8

Parábola de los pastores

Así dice el Señor mi Dios: Apacienta las ovejas destinadas al matadero; ésas que sus compradores matan impunemente, mientras sus vendedores dicen: «¡Bendito sea el Señor; ya soy rico!», y a las que no perdonan los pastores. Pues yo no perdonaré más a los habitantes de esta tierra, oráculo del Señor; entregaré a cada uno en manos de su vecino y en manos de su rey; cuando aplasten el país, yo no los libraré de sus manos. Apacenté, pues, las ovejas de matanza destinadas a los tratantes de ovejas, y me procuré dos cayados: a uno lo llamé «Gracia» y al otro «Vínculo». Me puse a apacentar las ovejas, y me deshice de los tres pastores en un mes. Pero me impacienté con ellos y ellos se hartaron de mí. Entonces dije: «¡No volveré a apacentaros; la que tenga que morir, que muera; la que tenga que desaparecer, que desaparezca; y las que queden, que se coman unas a otras!» Tomé luego mi cayado «Gracia» y lo partí, para romper así la alianza que el Señor había concluido con todos los pueblos. Quedó rota aquel día, y los tratantes de ovejas que me observaban supieron que era una palabra del Señor. Yo les dije: «Si os parece bien, dadme mi jornal; si no, dejadlo.» Ellos pesaron mi jornal: treinta siclos de plata . El Señor me dijo: «¡Echa al tesoro ese valioso precio en que me han tasado!» Tomé, pues, los treinta siclos de plata y los eché en el tesoro del templo del Señor. Después partí mi segundo cayado «Vínculo», para romper así la fraternidad entre Judá e Israel.

El Señor me dijo también: «Toma el hato de un pastor necio. Pues he pensado suscitar en esta tierra un pastor que no hará caso de la oveja perdida, ni buscará a la extraviada, ni curará a la herida, ni se ocupará de la sana, sino que comerá la carne de las ovejas cebadas, y hasta las uñas les arrancará.

¡Ay del pastor inútil que abandona a las ovejas! ¡Espada contra su brazo, contra su ojo derecho; que su brazo se seque del todo, que del todo se ciegue su ojo!»

Oráculo. Palabra del Señor sobre Israel (también sobre Judá). Oráculo del Señor, que despliega los cielos, pone los cimientos de la tierra y forma el espíritu del hombre en su interior.

Voy a convertir a Jerusalén en una copa de vértigo para todos los pueblos del contorno (durante el asedio contra Jerusalén).

Aquel día haré de Jerusalén una piedra de levantamiento para todos los pueblos: todos los que la levanten se desgarrarán completamente. Y contra ella se congregarán todas las naciones de la tierra. Aquel día -oráculo del Señor- haré que se espanten los caballos y enloquezcan sus jinetes. A todos los pueblos heriré de ceguera. (Pero pondré mis ojos en la casa de Judá.) Entonces dirán para sí los clanes de Judá: «La fuerza de los habitantes de Jerusalén está en el Señor su Dios.» Aquel día convertiré a los clanes de Judá en un incendio en el bosque, en una antorcha entre gavillas; y devorarán a derecha e izquierda a todos los pueblos del contorno, mientras Jerusalén será de nuevo habitada en su lugar. Salvará el Señor en primer lugar a las tiendas de Judá, para que el prestigio de la dinastía de David y el prestigio de los habitantes de Jerusalén no crezca a costa de Judá. Aquel día protegerá el Señor a los habitantes de Jerusalén: el más flaco entre ellos será aquel día como David, y la dinastía de David será como Dios, como un ángel del Señor, al frente de ellos.

Responsorio

℣. Pesaron mi salario: treinta dineros; * es el precio en que me apreciaron.

℟. Judas propuso: «¿Cuánto me queréis dar y yo os lo entregaré?» Y se ajustaron en treinta monedas de plata.

℟. Es el precio en que me apreciaron.

Segunda lectura

San Gregorio de Nisa Del tratado sobre el perfecto modelo del cristiano (PG 46, 259-262)

Tenemos a Cristo que es nuestra paz y nuestra luz

“Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa”. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. “Él ha dado muerte al odio”, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de ningún modo que este odio reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerto. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora, que yace bien muerto, no seamos nosotros quienes lo resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza.

Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos el odio, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no solo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.

La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo.

Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que “dejemos las actividades de las tinieblas y nos conduzcamos como en pleno día, con dignidad”, y, apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.

Y, si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida

Responsorio

℟. Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

℟. Para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

℟. Para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, a quien, instruidos por el Espíritu Santo, nos atrevemos a llamar Padre, renueva en nuestros corazones el espíritu de la adopción filial, para que merezcamos acceder a la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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