miércoles 3 de octubre de 2029
Oficio de lectura
Miércoles de la 26ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Estate, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y, cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.
Llévame en tu compañía,
donde tú vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das,
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.
Por eso, más que a la muerte,
temo, Señor, tu partida
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tú das
sé que alcanzarla no puedo
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas. Amén.
O bien:
Padre: has de oír
este decir
que se me abre en los labios como flor.
Te llamaré
Padre, porque
la palabra me sabe a más amor.
Tuyo me sé,
pues me miré
en mi carne prendido tu fulgor.
Me has de ayudar
a caminar,
sin deshojar mi rosa de esplendor.
Por cuanto soy
gracias te doy:
por el milagro de vivir.
Y por el ver
la tarde arder,
por el encantamiento de existir.
Y para ir,
Padre, hacia ti,
dame tu mano suave y tu amistad.
Pues te diré:
sólo no sé
ir rectamente hacia tu claridad.
Tras el vivir,
dame el dormir
con los que aquí anudaste a mi querer.
Dame, Señor,
hondo soñar.
¡Hogar dentro de ti nos has de hacer! Amén.
Salmodia
También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.
Salmo 38-I: Súplica de un enfermo
Yo me dije: «vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.»
Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.
«Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.»
Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como una sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.
Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.
Salmo 38-II
Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis inquietudes,
no me hagas la burla de los necios.
Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.
Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.
Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;
porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro,
antes de que pase y no exista.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.
Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.
Salmo 51: Contra la violencia de los calumniadores
¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;
prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.
Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.
Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»
Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás.
Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.
Versículo
℣. Mi alma espera en el Señor.
℟. Espera en su palabra.
Primera lectura
Del segundo libro de los Reyes 2 Re 17, 24-41
Origen de los samaritanos
El rey de Asiria hizo venir gentes de Babilonia, de Cutá, de Avá, de Jamat y de Sefarváin, y los estableció en las poblaciones de Samaría en lugar de los israelitas; ellos tomaron posesión de Samaría y habitaron en sus ciudades.
Cuando empezaron a establecerse allí, no conocían el culto al Señor, y el Señor soltó leones que causaban muertos entre ellos. Entonces dijeron al rey de Asiria: «Las gentes paganas que has deportado y establecido en las poblaciones de Samaría no conocen las reglas del dios de la tierra y éste ha soltado leones que los están matando, pues no conocen las reglas del dios de la tierra.» El rey de Asiria dio orden: «Enviad allá a uno de los sacerdotes que habéis deportado; que vaya a establecerse allí y les enseñe las reglas del dios de la tierra.» Uno de los sacerdotes deportados de Samaría fue a establecerse en Betel y les enseñó cómo dar culto al Señor.
Sin embargo, cada uno de aquellos pueblos paganos continuaba fabricando sus propios dioses y los instalaban en los altozanos que habían hecho los samaritanos; cada nación (los ponía) en las poblaciones que habitaba. Las gentes de Babilonia hacían unos Sucot Benot, las de Cutá un Nergal, las de Jamat un Asimá, los avitas un Nibjaz y un Tartac, y los sefarvitas quemaban a sus hijos en honor de Adramélec y Anamélec, dioses de los sefarvitas. Daban culto también al Señor y se hicieron entre ellos sacerdotes de los altozanos, que oficiaban en los lugares de culto. Daban culto al Señor y servían a la vez a sus dioses según las costumbres de las naciones de las que habían sido deportados. Hasta el día de hoy han seguido practicando sus ritos antiguos.
No rinden culto (adecuado) al Señor y no siguen sus preceptos y sus ritos, la Doctrina y la Instrucción que el Señor mandó a los hijos de Jacob, al que puso el nombre de Israel. El Señor hizo una alianza con ellos con el mandato: «No daréis culto a otros dioses, no os postraréis ante ellos, no les serviréis ni ofreceréis sacrificios. Rendiréis culto únicamente al Señor, que os trajo de la tierra de Egipto con gran fuerza y con su brazo extendido; ante él os postraréis y a él ofreceréis sacrificios. Guardaréis los preceptos, los ritos, la Doctrina y la Instrucción que os dio por escrito, cumpliéndolos todos los días, y no daréis culto a otros dioses. No olvidéis la alianza que hice con vosotros; no deis culto a otros dioses. Pues sólo al Señor vuestro Dios rendiréis culto y él os librará de las manos de todos vuestros enemigos.» Pero ellos no obedecieron, sino que persistieron en sus antiguos ritos.
Aquellas gentes daban culto al Señor, pero servían también a sus ídolos. Hasta el día de hoy, sus hijos y los hijos de sus hijos han seguido actuando como lo habían hecho sus padres.
Responsorio
℣. No olvidéis el pacto que he hecho con vosotros. No veneréis a otros dioses, sino al Señor, vuestro Dios, * y él os librará de vuestros enemigos.
℟. Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno.
℟. Y él os librará de vuestros enemigos.
Segunda lectura
San Policarpo De la carta a los Filipenses (Caps. 9, 1-11, 4: Funk 1, 275-279)
Andemos en la fe y en la justicia
Os exhorto a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y a que perseveréis en la paciencia; con vuestros propios ojos, en efecto, habéis contemplado una paciencia admirable no solo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en muchos otros que eran de vuestra comunidad, en el mismo Pablo y en los otros apóstoles; imitadlos, persuadidos de que todos ellos no corrieron en vano, sino que anduvieron en la fe y en la justicia y ahora están en el lugar que merecieron, cerca del Señor, con el cual padecieron. Porque ellos “no amaron este mundo” presente, sino a aquel que por nosotros murió y a quien Dios, también por nosotros, resucitó.
Permaneced, pues, en estos sentimientos y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inquebrantables en la fe, amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando podáis hacer bien a alguien, no os echéis atrás, porque “la limosna libra de la muerte”. Someteos unos a otros y “procurad que vuestra conducta entre los gentiles sea buena; asi verán con sus propios ojos que os portáis honradamente”; entonces os podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de vosotros. Porque, “¡ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor!” Enseñad a todos la sobriedad y vivid también vosotros según ella.
Me ha contristado sobremanera el caso de Valente, que había sido durante un tiempo presbítero de vuestra Iglesia, y que ahora vive totalmente ajeno al ministerio que se le había confiado. Os exhorto también a que os abstengáis del amor al dinero y a que seáis castos y veraces. Apartaos de todo mal. El que no es capaz de gobernarse a sí mismo en estas cosas ¿cómo podrá enseñarlas a los demás? Quien no se abstiene de la avaricia se verá mancillado también por la idolatría y será contado entre los paganos que desconocen el juicio del Señor. “¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo”, como dice san Pablo?
No es que nada de esto haya observado y oído decir de vosotros, entre quienes trabajó el bienaventurado apóstol Pablo, quien os cita al principio de su carta. De vosotros, en efecto, se gloría ante todas las Iglesias, que entonces eran las únicas que conocían a Dios, mientras que nosotros todavía no lo habíamos conocido.
Por ello, me he apenado mucho a causa de Valente y de su esposa; ¡ojalá el Señor les inspire un verdadero arrepentimiento! Con ellos debéis comportaros moderadamente: “no los tratéis como a enemigos”, al contrario, llamadlos de nuevo, como miembros sufrientes y extraviados, para salvar así el cuerpo entero de todos vosotros. Haciendo esto, os iréis edificando vosotros mismos.
Responsorio
℟. Seguid actuando vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor.
℟. Dice el Señor: «Sin mí no podéis hacer nada».
℟. Porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor.
Oración
Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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