jueves 26 de julio de 2029
Oficio de lectura
San Joaquín y Santa Ana
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Desde que mi voluntad
está a la vuestra rendida,
conozco yo la medida
de la mejor libertad.
Venid, Señor, y tomad
las riendas de mi albedrío;
de vuestra mano me fío
y a vuestra mano me entrego,
que es poco lo que me niego
si yo soy vuestro y vos mío.
A fuerza de amor humano
me abraso en amor divino.
La santidad es camino
que va de mí hacia mi hermano.
Me di sin tender la mano
para cobrar el favor;
me di en salud y en dolor
a todos, y de tal suerte
que me ha encontrado la muerte
sin nada más que el amor. Amén.
Salmodia
Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
Salmo 54, 2-15. 17-24-I: Oración ante la traición de un amigo
Dios mío, escucha mi oración,
no te cierres a mi súplica;
hazme caso y respóndeme,
me agitan mis ansiedades.
Me turba la voz del enemigo,
los gritos del malvado:
descargan sobre mí calamidades
y me atacan con furia.
Se me retuercen dentro las entrañas,
me sobrecoge un pavor mortal,
me asalta el temor y el terror,
me cubre el espanto,
y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma
para volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto,
me pondría enseguida a salvo de la tormenta,
del huracán que devora, Señor;
del torrente de sus lenguas.»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Salmo 54, 2-15. 17-24-II
Violencia y discordia veo en la ciudad:
día y noche hacen la ronda
sobre sus murallas;
en su recinto, crimen e injusticia;
dentro de ella, calamidades;
no se apartan de su plaza
la crueldad y el engaño.
Si mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él;
pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad:
Juntos íbamos entre el bullicio
por la casa de Dios.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará.
Salmo 54, 2-15. 17-24-III
Pero yo invoco a Dios,
y el Señor me salva:
por la tarde, en la mañana, al mediodía,
me quejo gimiendo.
Dios escucha mi voz:
su paz rescata mi alma
de la guerra que me hacen,
porque son muchos contra mí.
Dios me escucha, los humilla
el que reina desde siempre,
porque no quieren enmendarse
ni temen a Dios.
Levantan la mano contra su aliado,
violando los pactos;
su boca es más blanda que la manteca,
pero desean la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero son puñales.
Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
no permitirá jamás que el justo caiga.
Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos
a la fosa profunda.
Los traidores y sanguinarios
no cumplirán ni la mitad de sus años.
Pero yo confío en ti.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará.
Versículo
℣. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría.
℟. Presta oído a mi inteligencia.
Primera lectura
Del primer libro de los Reyes 1 Re 1, 11-35; 2, 10-12
Salomón, tu hijo, reinará después de ti
Natán dijo entonces a Betsabé, madre de Salomón: «¿No has oído que Adonías, hijo de Jaguit, se ha erigido en rey sin que David nuestro señor lo sepa? Ve ahora mismo, te daré un consejo para que pongas a salvo tu vida y la vida de tu hijo Salomón. Ve y entra donde el rey David y dile: 'Rey mi señor, ¿no juraste a tu sierva: Tu hijo Salomón será quien reine después de mí y se siente en mi trono? ¿Entonces, por qué Adonías se ha erigido en rey?' Mientras estés hablando allí con el rey, entraré detrás de ti y corroboraré tus palabras.»
Betsabé entró donde el rey, en la alcoba -el rey era muy anciano, y Abisag la sunamita cuidaba de él-. Betsabé hizo una inclinación y, postrada ante el rey, le preguntó éste: «¿Qué te trae?» Ella le respondió: «Mi señor, tú has jurado a tu sierva por el Señor tu Dios: 'Tu hijo Salomón será quien reine después de mí y se siente en mi trono.' Pero Adonías se ha erigido en rey, sin saberlo tú, rey mi señor. Ha sacrificado bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, jefe del ejército, pero a tu siervo Salomón no lo ha invitado. Rey mi señor, todo Israel tiene sus ojos puestos en ti, esperando que les anuncies quién ocupará el trono del rey mi señor tras él. De lo contrario, cuando el rey mi señor repose con sus antepasados, yo y mi hijo Salomón seremos tratados como culpables.»
Estaba todavía hablando con el rey cuando llegó el profeta Natán. Avisaron al rey: «Está aquí el profeta Natán.» Entró donde el rey y se postró ante él, rostro en tierra, y dijo: «Rey mi señor: Tú tienes que haber dispuesto: 'Adonías reinará después de mí y se sentará en mi trono,' porque Adonías ha bajado hoy a sacrificar bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y al sacerdote Abiatar; en este momento comen y beben en su presencia y profieren gritos de 'Viva el rey Adonías.' Pero ni a mí, tu siervo, ni al sacerdote Sadoc, ni a Benaías, hijo de Joadá, no nos ha invitado, ni tampoco a tu siervo Salomón. ¿Viene esta orden del rey mi señor, sin que hayas comunicado a tus siervos quién se sentará en el trono del rey mi señor tras él?»
El rey David respondió: «Llamadme a Betsabé.» Ella entró a presencia del rey y se quedó de pie ante él. Entonces el rey pronunció este juramento: «¡Vive el Señor que me ha librado de todo aprieto! Te juré por el Señor, Dios de Israel: 'Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará sobre mi trono en mi lugar'. ¡Pues así he de cumplirlo hoy mismo!» Betsabé se inclinó rostro a tierra y, postrada ante el rey, dijo: «¡Viva por siempre el rey David, mi señor!»
El rey David ordenó: «Llamadme al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaías, hijo de Joadá.» Entraron a presencia del rey, quien les dijo: «Tomad con vosotros a los leales de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón en mi propia mula y bajadlo a Guijón y allí el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo ungirán rey de Israel. Tocad entonces el cuerno y aclamad: '¡Viva el rey Salomón!' Subiréis luego tras él, y cuando llegue se sentará en mi trono y reinará en mi lugar, pues he dispuesto que sea el príncipe designado de Israel y de Judá.»
David reposó con sus antepasados y lo sepultaron en la Ciudad de David. David reinó sobre Israel cuarenta años; en Hebrón reinó siete años y en Jerusalén treinta y tres. Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.
Responsorio
℣. Hijas de Sion, salid a contemplar al rey Salomón con la diadema con que lo coronó su madre, * en el día del gozo de su corazón.
℟. Dios mío, confía tu juicio al rey, para que rija a tus humildes con rectitud.
℟. En el día del gozo de su corazón.
Segunda lectura
San Juan Damasceno Sermón 6, Sobre la natividad de la Virgen María, 2.4.5.6 PG 96, 663.667.670
Por sus frutos los conoceréis
Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.
Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Ángel del gran designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios.
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.
¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad!
Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.
Responsorio
℟. Día y noche servían a Dios con ayunos y oraciones, aguardando la liberación de Israel.
℣. Pedían a Dios que visitase a su pueblo.
℟. Aguardando la liberación de Israel.
Oración
Señor, Dios de nuestros padres, tú concediste a san Joaquín y a santa Ana la gracia de traer a este mundo a la Madre de tu Hijo; concédenos, por la plegaria de estos santos, la salvación que has prometido a tu pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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