LA ORACIÓN DE CADA DÍA

Todo tiempo es tiempo de Dios.

Elige el día y la hora. Haz silencio, y encuentra tu oración.

Calendario de España

02 ¿Qué deseas rezar?

viernes 10 de noviembre de 2028

Oficio de lectura

San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37-I: Me devora el celo de tu templo

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant. 2

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68, 2-22. 30-37-II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Ant. 3

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68, 2-22. 30-37-III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sion,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Versículo

℣. Todos se admiraban de las palabras de gracia.

℟. Que salían de sus labios.

Primera lectura

Del libro de la Sabiduría Sb 16, 2b-13.20-26

Beneficios que Dios hace a su pueblo

Para calmar su hambre, les preparaste como alimento un manjar exquisito: codornices; para que aquéllos, con ganas de comer, perdiesen el natural apetito, asqueados de los bichos que les enviabas; mientras éstos, tras una privación pasajera, saboreaban un manjar exquisito.

Pues era preciso que aquellos opresores sufrieran un hambre irremediable, mientras a éstos bastaba con mostrarles cómo eran atormentados sus enemigos.

Incluso cuando les sobrevino la furia terrible de las fieras y perecían mordidos por serpientes sinuosas, tu cólera no duró hasta el final.

Como escarmiento, se vieron molestados por poco tiempo, pues tenían un signo de salvación para recordar los mandamientos de tu Ley; y el que lo miraba se curaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, salvador de todos.

Con esto convenciste a nuestros enemigos de que tú eres quien libra de todo mal: ellos morían por las picaduras de langostas y moscas, sin encontrar remedio para su vida, pues merecían ser castigados por tales bichos.

Pero contra tus hijos nada pudieron los dientes de serpientes venenosas, pues tu misericordia acudió a sanarlos.

Las mordeduras, pronto curadas, les recordaban tus palabras, para que no cayeran en profundo olvido y se vieran excluidos de tus beneficios.

No los curó hierba ni cataplasma, sino tu palabra, Señor, que todo lo sana.

Pues tú tienes poder sobre la vida y la muerte, haces bajar a las puertas del abismo y haces subir.

A tu pueblo, por el contrario, lo alimentaste con manjar de ángeles y les mandaste desde el cielo un pan preparado sin fatiga, que producía gran placer y satisfacía todos los gustos.

Este sustento mostraba tu dulzura para con tus hijos, pues se adaptaba al gusto del que lo tomaba y se transformaba en lo que cada uno quería.

Nieve y hielo resistían al fuego sin fundirse, para que supieran que el fuego destruía las cosechas de sus enemigos, ardiendo entre el granizo y resplandeciendo entre la lluvia.

En cambio, se olvidaba de su propio poder, para que los justos pudieran alimentarse.

Porque la creación, sirviéndote a ti, su Creador, se endurece para castigar a los injustos y se modera para favorecer a los que confían en ti.

Por eso, también entonces, adoptando todas las formas, servía a tu generosidad que a todos sustenta, conforme al deseo de los necesitados, para que aprendieran tus hijos queridos, Señor, que no es la variedad de frutos lo que alimenta al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti.

Responsorio

℣. Alimentaste a tu pueblo con manjar de ángeles, les enviaste desde el cielo un pan ya preparado, * pan que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos.

℟. Éste es el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

℟. Pan que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos.

Segunda lectura

San León Magno Sermón 4, 1-2: PL 54, 148-149

El especial servicio de nuestro ministerio

Aunque toda la Iglesia está organizada en distintos grados, de manera que la integridad del sagrado cuerpo consta de una diversidad de miembros, sin embargo, como dice el Apóstol, “todos somos uno en Cristo Jesús”; y esta diversidad de funciones no es en modo alguno causa de división entre los miembros, ya que todos, por humilde que sea su función, están unidos a la cabeza. En efecto, nuestra unidad de fe y de bautismo hace de todos nosotros una sociedad indiscriminada, en la que todos gozan de la misma dignidad, según aquellas palabras de san Pedro, tan dignas de consideración: “También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo”; y más adelante: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios”.

La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?

Aunque esto, por gracia de Dios, es común a todos, sin embargo, es también digno y laudable que os alegréis del día de nuestra promoción como de un honor que os atañe también a vosotros; para que sea celebrado así en todo el cuerpo de la Iglesia el único sacramento del pontificado, cuya unción consecratoria se derrama ciertamente con más profusión en la parte superior, pero desciende también con abundancia a las partes inferiores.

Así pues, amadísimos hermanos, aunque todos tenemos razón para gozarnos de nuestra común participación en este oficio, nuestro motivo de alegría será más auténtico y elevado si no detenéis vuestra atención en nuestra humilde persona, ya que es mucho más provechoso y adecuado elevar nuestra mente a la contemplación de la gloria del bienaventurado Pedro y celebrar este día solemne con la veneración de aquel que fue inundado tan copiosamente por la misma fuente de todos los carismas, de modo que, habiendo sido el único que recibió en su persona tanta abundancia de dones, nada pasa a los demás si no es a través de él. Así, el Verbo hecho carne habitaba ya entre nosotros, y Cristo se había entregado totalmente a la salvación del género humano.

Responsorio

℟. Dijo Jesús a Simón: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará».

℟. Dios la ha fundado para siempre.

℟. «Y el poder del infierno no la derrotará».

Oración

Oh Dios, tú que no permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa san León Magno, permanecer siempre firme en la verdad, para que goce de una paz duradera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

Volver al inicio ↑