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sábado 19 de agosto de 2028

Oficio de lectura

Sábado de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Al filo de los gallos,
viene la aurora;
los temores se alejan
como las sombras.
¡Dios, Padre nuestro,
en tu nombre dormimos
y amanecemos!

Como luz nos visitas,
Rey de los hombres,
como amor que vigila
siempre de noche;
cuando el que duerme,
bajo el signo del sueño,
prueba la muerte.

Del sueño del pecado
nos resucitas,
y es señal de tu gracia
la luz amiga.
¡Dios que nos velas!
Tú nos sacas por gracia
de las tinieblas.

Gloria al Padre, y al Hijo,
gloria al Espíritu,
al que es paz, luz y vida,
al Uno y Trino;
gloria a su nombre
y al misterio divino
que nos lo esconde. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo 106 I: Acción de gracias por la liberación

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que Él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrezcedle sacrificios de alabanza,
y contad con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Ant. 2

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Salmo 106 II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Ant. 3

Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Salmo 106 III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Versículo

℣. Señor, tu fidelidad llega hasta las nubes.

℟. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Primera lectura

Del libro del profeta Zacarías Za 14, 1-21

Tribulaciones y gloria de Jerusalen en los últimos tiempos

Ya llega el Día del Señor en que serán repartidos tus despojos en medio de ti. Yo reuniré a todas las naciones para que ataquen Jerusalén. La ciudad será tomada, las casas saqueadas y las mujeres violadas. La mitad de la ciudad partirá al cautiverio, pero el Resto del pueblo no será extirpado de la ciudad. Saldrá entonces el Señor y combatirá contra esas naciones como el día en que él combate, el día de la batalla. Aquel día se asentarán los pies en el monte de los Olivos que está frente a Jerusalén, al oriente, y el monte de los Olivos se hendirá por el medio de oriente a occidente haciéndose un enorme valle: la mitad del monte se retirará al norte y la otra mitad al sur. Y huiréis al valle de mis montes, porque el valle de los montes llegará hasta Yasol; huiréis como cuando el terremoto en tiempos de Ozías, rey de Judá. Y vendrá el Señor mi Dios y todos los consagrados con él.

Aquel día no habrá frío ni hielo. Será un día único -conocido sólo del Señor-: no sucederá la noche al día, pues al atardecer seguirá habiendo luz. Aquel día manarán de Jerusalén aguas vivas, mitad hacia el mar oriental, mitad hacia el mar occidental: manarán tanto en verano como en invierno. Y el Señor reinará en toda la tierra: ¡aquel día será único el Señor y único su nombre! Toda esta tierra se transformará en llanura, desde Gueba hasta Rimón, al sur de Jerusalén. Jerusalén seguirá encumbrada y habitada, desde la Puerta de Benjamín hasta el emplazamiento de la antigua Puerta, es decir, hasta la Puerta de los Ángulos, y desde la torre de Jananel hasta los Lagares del rey. Será habitada y no habrá más anatemas: ¡Jerusalén será habitada sin sobresaltos!

Y ésta será la plaga con que castigará el Señor a todos los pueblos que hayan luchado contra Jerusalén: pudrirá su carne aun estando en pie, sus ojos se pudrirán en sus cuencas, y su lengua se pudrirá en su boca. Semejante será la plaga de los caballos, mulos, camellos y asnos, y de todo el ganado que haya entonces en los campamentos: ¡una plaga terrible! Aquel día cundirá entre ellos un pánico sobrecogedor enviado por el Señor: si uno agarra la mano de su prójimo, éste levantará la mano contra él. También Judá combatirá en Jerusalén. Y serán reunidas las riquezas de todas las naciones de alrededor: oro, plata y vestidos en gran cantidad.

Los supervivientes de todas las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey, el Señor, y a celebrar la fiesta de las Tiendas. Y la familia del país que no suba a Jerusalén a postrarse ante el Rey, el Señor, no recibirá lluvia en sus tierras. Si la familia de Egipto no sube ni viene, caerá sobre ella la plaga con que el Señor herirá a las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las Tiendas. Tal será el castigo de Egipto y el castigo de todas las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las Tiendas.

Aquel día estará escrito en los cascabeles de los caballos: «Consagrado al Señor», y las ollas del templo del Señor serán como los aspersorios que hay ante el altar. Y las ollas de Jerusalén y de Judá estarán consagradas al Señor Sebaot; todos los que quieran sacrificar vendrán a hacer uso de ellas, y en ellas cocerán; y aquel día no habrá más comerciantes en el templo del Señor Sebaot.

Responsorio

℣. Aquel día brotarán aguas de vida de Jerusalén y habrá una fuente abierta para la casa de David, * para lavar los pecados e impurezas.

℟. Uno de los soldados atravesó con su lanza el costado de Jesús, y al instante brotó de él sangre y agua.

℟. Para lavar los pecados e impurezas.

Segunda lectura

San Paciano de Barcelona Sermón sobre el bautismo (Núms. 6-7: PL 13, 1093-1094)

¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado?

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Si obramos así, hermanos, ya no moriremos. Aunque nuestro cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como él mismo dice: El que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá.

Por lo demás, tenemos certeza, por el mismo testimonio del Señor, que Abrahán, Isaac y Jacob y que todos los santos de Dios viven. De ellos dice el Señor: Para él todos están vivos. No es Dios de muertos, sino de vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir; deseo partir para estar con Cristo. Y añade en otro lugar: Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Esta es nuestra fe, queridos hermanos. Además: Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. La vida meramente natural nos es común, aunque no igual en duración, como lo veis vosotros mismos, con los animales, las fieras y las aves. Lo que es propio del hombre es lo que Cristo nos ha dado por su Espíritu, es decir, la vida eterna, siempre que ya no cometamos más pecados. Pues, de la misma forma que la muerte se adquiere con el pecado, se evita con la virtud. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Como afirma el Apóstol, él es quien redime, perdonándonos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo. Ha liberado a los cautivos y ha roto nuestras cadenas, como lo dijo David: El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y en otro lugar: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Así, pues, somos liberados de las cadenas cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, liberados por la sangre y el nombre de Cristo.

Por lo tanto, queridos hermanos, de una vez para siempre hemos sido lavados, de una vez para siempre hemos sido liberados y de una vez para siempre hemos sido trasladados al reino inmortal; de una vez para siempre, dichosos los que están absueltos de sus culpas, a quienes les han sepultado sus pecados. Mantened con fidelidad lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el día del Señor.

Responsorio

℟. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.

℣. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.

℟. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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