LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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viernes 11 de agosto de 2028

Oficio de lectura

Santa Clara, virgen

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37-I: Oración de un pecador en peligro de muerte

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Señor, no me castigues con cólera.

Ant. 2

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37-II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.

Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant. 3

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37-III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Versículo

℣. Todos se admiraban de las palabras de gracia.

℟. Que salían de sus labios.

Primera lectura

Del libro del profeta Malaquías Ml 1, 1-14; 2, 13-16

Vaticinios contra los sacerdotes negligentes, contra los que defraudan el culto y contra los infieles al matrimonio

Oráculo. Palabra del Señor dirigida a Israel por medio de Malaquías.

Os he amado, dice el Señor. -Pero vosotros decís: ¿En qué se nota que nos has amado? -¿No era Esaú hermano de Jacob?, oráculo del Señor. Y sin embargo amé a Jacob y odié a Esaú. Entregué sus montes a la desolación y su heredad a los chacales del desierto. Si dice Edom: «Hemos sido aplastados, pero reedificaremos nuestras ruinas», así dice el Señor: Ellos edificarán, pero yo demoleré, y los llamarán: «Territorio de impiedad», y «Pueblo contra el que el Señor está irritado para siempre». Vuestros ojos lo verán y vosotros diréis: «¡Grande es el Señor más allá del término de Israel!»

El hijo honra a su padre, el siervo a su señor. Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honra? Y si señor, ¿dónde mi temor?, os dice el Señor a vosotros, sacerdotes que menospreciáis mi Nombre. -Decís: ¿En qué hemos menospreciado tu Nombre? - Presentando en mi altar pan impuro.- Y encima preguntáis: ¿En qué te hemos manchado? -Pensando que la mesa del Señor es despreciable. Y cuando presentáis para el sacrificio una res ciega, ¿no está mal? Y cuando presentáis una coja o enferma, ¿no está mal? Anda, ofrécesela a tu gobernador: ¿se te pondrá contento o te acogerá con agrado?, dice el Señor. Ahora, pues, aplacad a Dios para que tenga compasión de nosotros. Venís con eso en vuestras manos, ¿acaso os acogerá agradecido?, dice el Señor. ¡Ojalá alguien de vosotros cerrara las puertas para que no encendáis mi altar en vano! No me gustáis nada, dice el Señor, ni me agrada la oblación que traéis. Desde levante hasta poniente grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar ofrecen a mi Nombre sacrificios de incienso y oblaciones puras, pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice el Señor. Pero vosotros lo profanáis, cuando decís: ¡La mesa del Señor está manchada, son repugnantes sus alimentos!, y me despreciáis añadiendo: ¡Qué lata!, dice el Señor. Cuando traéis una res robada, o coja, o enferma, cuando traéis una oblación así, ¿pensáis que la voy a aceptar de vuestras manos?, dice el Señor. ¡Maldito el tramposo que promete un macho de su rebaño y sacrifica al Señor una bestia castrada! ¡Que yo soy un gran Rey, dice el Señor, y mi Nombre admirado entre las naciones!

Y hacéis otra cosa más: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llantos y suspiros, porque él ya no acepta vuestra oblación, ni la recibe gustoso de vuestras manos. Y encima decís: ¿Por qué? Porque el Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que era tu compañera, la mujer con la que te habías comprometido. ¿No los ha hecho un solo ser, dotado de carne y espíritu? Y este uno ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guardad, pues, vuestro espíritu; no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio, dice el Dios de Israel, y al que encubre con su vestido la violencia, dice el Señor. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición.

Responsorio

℣. Mi alianza con él era vida y paz, y se la di para que respetara mi nombre. * Una doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad

℟. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.»

℟. Una doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad.

Segunda lectura

Santa Clara, virgen De la carta a santa Inés de Praga (Escritos de santa Clara, edición Ignacio Omaechevarría, Madrid 1970, pp. 339-341)

Atiende a la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo

Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, “un reflejo de la luz eterna, un espejo nítido”, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes.

Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo, considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este mismo espejo, contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante.

Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?” Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: “No hago más que pensar en ello, y estoy abatido”. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.

Contemplando, además, sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «“Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes”, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca». Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de esta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie

Responsorio

℟. Oh verdad, luz de mi corazón, ya no me hablan mis tinieblas; me equivoqué, pero me he acordado de ti; y ahora vuelvo sediento y fatigado hasta tu fuente.

℣. He vivido sin vivir; mal he vivido por mí, pero en ti vuelvo a la vida.

℟. Y ahora vuelvo sediento y fatigado hasta tu fuente.

Oración

Oh Dios, que infundiste en santa Clara un profundo amor a la pobreza evangélica, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Cristo en la pobreza de espíritu, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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