martes 8 de agosto de 2028
Oficio de lectura
Santo Domingo de Guzmán, presbítero
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.
Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.
Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.
La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.
Salmodia
Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.
Salmo 43-I: Oración del pueblo en las calamidades
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.
Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
Salmo 43-II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.
Salmo 43-III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
Y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.
Versículo
℣. Señor, ¿a quién vamos a acudir?
℟. Tú tienes palabras de vida eterna.
Primera lectura
Del libro del profeta Joel Jl 2, 12-27
Convertíos a mí de todo corazón
«Mas ahora -oráculo del Señor- volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos y con duelo.» Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved al Señor, vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, lento a la cólera, rico en amor, y se retracta de las amenazas.
¡Quién sabe si volverá y se compadecerá, y dejará a su paso bendición, ofrenda y libación para el Señor, vuestro Dios! ¡Tocad la trompeta en Sion, promulgad un ayuno, convocad la asamblea, congregad al pueblo, purificad la comunidad, reunid a los ancianos, congregad a los pequeños y a los niños de pecho!
Que salga el esposo de su alcoba y la esposa de su lecho. Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo, y no entregues tu heredad a la deshonra y a la burla de las naciones! Que no se diga entre los pueblos: ¿Dónde está su Dios?» El Señor sintió añoranza de su tierra y se compadeció de su pueblo.
Respondió el Señor y dijo a su pueblo: «Yo os voy a enviar el trigo, el mosto y el aceite hasta saciaros, y no os entregaré más a la deshonra de las naciones.
Alejaré de vosotros al que viene del norte, lo arrojaré hacia una tierra desolada y desértica: su vanguardia hacia el mar oriental, hacia el mar occidental su retaguardia. Y subirá su mal olor, se extenderá su fetidez.» (¡Porque él hace proezas!)
No temas, suelo, regocíjate y salta de júbilo, porque el Señor hace proezas. No temáis, bestias del campo, porque los pastos de la estepa reverdecen, los árboles producen su fruto, la higuera y la vid dan su riqueza.
¡Habitantes de Sion, regocijaos, alegraos en el Señor, vuestro Dios! Porque él os envía la lluvia de otoño en su medida, y hace caer para vosotros los aguaceros de otoño y primavera, como antaño. Las eras se llenarán de trigo, los lagares rebosarán de mosto y aceite. «Yo os compensaré de los años en que os devoraron la langosta y el pulgón, el saltamontes y la oruga, el gran ejército, que envié contra vosotros.
Comeréis en abundancia hasta hartaros, y alabaréis el nombre del Señor vuestro Dios, que hizo maravillas con vosotros. (¡Mi pueblo no volverá a ser avergonzado!) Y sabréis que yo estoy en medio de Israel; ¡que yo soy el Señor, vuestro Dios, y no hay otro! ¡Y mi pueblo no volverá a ser avergonzado!»
Responsorio
℣. Hijos de Sión, alegraos en el Señor, vuestro Dios, porque os dará al Maestro de la justicia. * Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
℟. Hasta sobre los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.
℟. Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
Segunda lectura
De varios escritos de la Historia de la Orden de Predicadores Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum; Acta canonizationis sancti Dominici: Monumenta Ordinis Praedicatorum historica 16, Roma 1935, pp. 30ss. 146-147
Hablaba con Dios o de Dios
La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido para la gloria divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu.
En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.
Con frecuencia, pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo.
Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.
Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles».
Responsorio
℟. Surgió como un fuego un nuevo heraldo de la salvación, cuyas palabras eran horno encendido.
℣. Una doctrina auténtica llevaba en la boca, y en sus labios no se hallaba maldad.
℟. Cuyas palabras eran horno encendido.
Oración
Te pedimos, Señor, que santo Domingo de Guzmán, insigne predicador de tu palabra, ayude a tu Iglesia con sus enseñanzas y sus méritos, e interceda también con bondad por nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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