LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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02 ¿Qué deseas rezar?

miércoles 2 de agosto de 2028

Oficio de lectura

Miércoles de la 17ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Buenos días, Señor, a ti el primero
encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día:
Tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor, contigo quiero
andar por la vereda:
Tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
Tú, la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor, a ti te busco,
levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora:
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Buenos días, Señor resucitado,
que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos
¡vencedor de tu muerte y de la mía!

Gloria al Padre de todos, gloria al Hijo,
y al Espíritu Santo;
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos te alabe nuestro canto. Amén.

O bien:

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga
(la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,

que el agua del camino es amarga..., es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste hasta la muerte triste...

El espíritu débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar...

Mas entonces me miras..., y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Amén.

Salmodia

Ant. 1

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Salmo 17, 2-30-I: Acción de gracias después de la victoria

Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo Él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Ant. 2

El Señor me libró porque me amaba.

Salmo 17, 2-30-II

Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.

Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;

Como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;

y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.

El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.

Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.

Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

El Señor me libró porque me amaba.

Ant. 3

Señor, Tú eres mi lámpara, Tú alumbras mis tinieblas.

Salmo 17, 2-30-III

El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;

le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.

Con el fiel, Tú eres fiel;
con el íntegro, Tú eres íntegro;
con el sincero, Tú eres sincero;
con el astuto, Tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.

Señor, Tú eres mi lámpara;
Dios mío, Tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en Ti, me meto en la refriega;
fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Señor, Tú eres mi lámpara, Tú alumbras mis tinieblas.

Versículo

℣. Todos se admiraban de las palabras de gracia.

℟. Que salían de sus labios.

Primera lectura

Del libro de Job Job 32, 1-6; 33, 1-22

Habla Eliú, acerca del misterio de Dios

Aquellos tres hombres ya no contestaron a Job, dado que estaba convencido de su inocencia. Pero Elihú, hijo de Baraquel el buzita, del clan de Ram, descargó su cólera contra Job porque pretendía tener razón frente a Dios. También se enfadó con sus tres compañeros, por no haber encontrado respuesta y haber dejado así culpable a Dios. Mientras hablaban con Job, Elihú había esperado, pues los otros eran mayores que él. Pero Elihú se molestó al ver que los tres hombres no habían sabido responder. Entonces Elihú, hijo de Baraquel el buzita, intervino diciendo: Soy un hombre joven, vosotros, ancianos; por eso evité, intimidado, deciros todo lo que sé.

Escucha, Job, mis palabras, oye bien lo que te digo. Voy a abrir ahora la boca, a formar palabras con mi lengua. Te hablo con toda sinceridad, mis labios dirán la verdad. Si puedes, respóndeme, ante mí, con firmeza.

Para Dios, soy como tú, formado también de arcilla, pues me hizo el soplo de Dios y Sadday me alentó vida. No pienso llenarte de terror, tampoco te voy a agobiar. Te lo he oído decir, he escuchado tus palabras: «Yo soy puro, sin delito, inocente, sin pecado; mas busca excusas contra mí, me tiene por enemigo. Pone trampas a mis pies, vigila todos mis pasos».

Pues te digo que no tienes razón, porque Dios es más grande que el hombre. ¿Por qué te querellas con él si no responde a tus razones? Dios habla de muchas formas, pero no nos damos cuenta. En visiones nocturnas y sueños, cuando cae el sopor sobre el hombre, cuando el sueño lo coge en su lecho, entonces le abre el oído, lo asusta con advertencias; lo aparta así de sus obras, y lo salva del orgullo. No le deja caer en la fosa, salva su vida de la muerte.

Lo prueba en el lecho del dolor, con los huesos en continuo temblor; acaba detestando el alimento, aunque tiene deseos de comer; su carne a ojos vistas desaparece, sus huesos, antes ocultos, aparecen; su ser se aproxima a la fosa, su vida al lugar de los muertos.

Responsorio

℣. ¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! * ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!

℟. ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero?

℟. ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos!

Segunda lectura

San Cirilo de Jerusalén Catequesis 18, 23-25: PG 33, 1043-1047

La Iglesia o convocación del pueblo de Dios

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: <i>Convoca a toda la asamblea a la entrada de la tienda del encuentro</i>. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: <i>Reúneme al pueblo, y les haré oír mis palabras, para que aprendan a temerme</i>. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: <i>Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación</i>; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: <i>Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo</i>.

Anteriormente había cantado el salmista: <i>En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel</i>. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: <i>Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará</i>.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: <i>Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles</i>. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: <i>Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—</i>, añadiendo a continuación: <i>Del oriente al poniente es grande entre las naciones mi nombre</i>.

Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pablo a Timoteo: “Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad</i>

Responsorio

℟. Vosotros sois una raza elegida, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

℟. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios».

℟. Para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Oración

Oh, Dios, protector de los que en ti esperan y sin el que nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, instruidos y guiados por ti, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos ya a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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