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miércoles 10 de mayo de 2028

Oficio de lectura

San Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia

Pascua

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Señor, no me castigues con cólera. Aleluya.

Salmo 37-I: Oración de un pecador en peligro de muerte

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Señor, no me castigues con cólera. Aleluya.

Ant. 2

Señor, todas mis ansias están en tu presencia. Aleluya.

Salmo 37-II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.

Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Señor, todas mis ansias están en tu presencia. Aleluya.

Ant. 3

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. Aleluya.

Salmo 37-III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. Aleluya.

Versículo

℣. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. Aleluya.

℟. Y tu promesa de justicia. Aleluya.

Primera lectura

De los Hechos de los Apóstoles Hech 13, 44-14, 7

Pablo y Bernabé se dirigen a los gentiles

El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la palabra de Dios. Los judíos, al ver a la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía: «Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: <i>Te he puesto como la luz de los gentiles, para que tú seas la salvación hasta el fin de la tierra.» </i>

Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna. Y la palabra del Señor se difundía por toda la región.

Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas y de la nobleza, y a los principales de la ciudad; promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y les echaron de su territorio. Éstos sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio. Los discípulos, en cambio, se llenaban de gozo y del Espíritu Santo.

En Iconio, entraron como de costumbre en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe.

Pero los judíos que no habían creído excitaron y envenenaron los ánimos de los gentiles contra los hermanos.

Con todo se detuvieron allí bastante tiempo, hablando con valentía del Señor que daba testimonio de la predicación de su gracia, concediéndoles obrar por sus manos signos y prodigios.

La gente de la ciudad se dividió: unos a favor de los judíos y otros a favor de los apóstoles. Como se alzasen judíos y gentiles con sus jefes para ultrajarlos y apedrearlos, al saberlo, huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y sus alrededores. También allí se pusieron a anunciar la Buena Nueva.

Responsorio

℣. Una parte de Israel ha caído en la obstinación, * hasta que la totalidad de los gentiles entre en la Iglesia; entonces, todo Israel será salvo. Aleluya.

℟. No creyeron en su palabra, no escucharon la voz del Señor.

℟. Hasta que la totalidad de los gentiles entre en la Iglesia; entonces, todo Israel será salvo. Aleluya.

Segunda lectura

San Juan de Ávila Plática enviada al padre Francisco Gómez, S.I., para ser predicada en el Sínodo diocesano de Córdoba del año 1563: BAC 304, Obras completas del santo maestro Juan de Ávila, 3, pp. 364-365. 370.373

El sacerdote debe ser santo

No sé otra cosa más eficaz con que a vuestras mercedes persuada lo que les conviene hacer que con traerles a la memoria la alteza del beneficio que Dios nos ha hecho en llamarnos para la alteza del oficio sacerdotal. Y si elegir sacerdotes entonces era gran beneficio, ¿qué será en el nuevo Testamento, en el cual los sacerdotes de él somos como sol en comparación de noche y como verdad en comparación de figura?

Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hecho semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre, y semejables al portal de Belén y pesebre donde fue reclinado, y a la cruz donde murió, y al sepulcro donde fue sepultado. Y todas estas son cosas santas, por haberlas Cristo tocado; y de lejanas tierras van a las ver, y derraman de devoción muchas lágrimas, y mudan sus vidas movidos por la gran santidad de aquellos lugares. ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad.

Esto, padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviere, ¡ay!, enojado con su pueblo; que tengan experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con él; que tengan virtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren: hombres celestiales o ángeles terrenales; y aun, si pudiere ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos.

Responsorio

℟. «No sois vosotros los que me habéis elegido.» «Soy yo quien os he elegido», dice el Señor. Aleluya.

℣. Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

℟. «Soy yo quien os he elegido», dice el Señor. Aleluya.

Oración

Oh Dios, que hiciste de san Juan de Ávila un maestro ejemplar para tu pueblo por la santidad de su vida y por su celo apostólico, haz que también en nuestros días crezca la Iglesia en santidad por el celo ejemplar de tus ministros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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