lunes 8 de noviembre de 2027
Oficio de lectura
Lunes de la 32ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Crece la luz bajo tu hermosa mano,
Padre celeste, y suben
los hombres matutinos al encuentro
de Cristo Primogénito.
Él hizo amanecer en tu presencia
y enalteció la aurora
cuando no estaba el hombre sobre el mundo
para poder cantarla.
Él es principio y fin del universo,
y el tiempo, en su caída,
se acoge al que es la fuerza de las cosas
y en él rejuvenece.
Él es la luz profunda, el soplo vivo
que hace posible el mundo
y anima, en nuestros labios jubilosos,
el himno que cantamos.
He aquí la nueva luz que asciende y busca
su cuerpo misterioso;
he aquí, en el ancho sol de la mañana,
el signo de su gloria.
Y tú que nos lo entregas cada día,
revélanos al Hijo,
potencia de tu diestra y Primogénito
de toda criatura. Amén.
O bien:
Y dijo el Señor Dios en el principio:
"¡Que sea la luz!" Y fue la luz primera.
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y dijo Dios: "¡Que exista el firmamento!"
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y dijo Dios: "¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!"
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y dijo Dios: "¡Que brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!"
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y dijo Dios: "¡Que el cielo se ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas!"
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y dijo Dios: "¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!"
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y dijo Dios: "¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!"
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!
Y descansó el Señor el día séptimo.
Y el hombre continúa su tarea.
Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya! Amén.
Salmodia
¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! Aleluya.
Salmo 72-I: Por qué sufre el justo
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! Aleluya.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Salmo 72-II
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar como ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. Aleluya.
Salmo 72-III
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tu agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sion.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. Aleluya.
Versículo
℣. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor.
℟. Más que miel en la boca.
Primera lectura
Del libro del profeta Ezequiel Ez 5, 1-17
Con una acción simbólica se predice la destrucción de Jerusalén
«Tú, hijo de hombre, toma una espada afilada, tómala como navaja de barbero y pásatela por tu cabeza y tu barba. Toma luego una balanza y divide en partes lo que hayas cortado. A un tercio préndele fuego en medio de la ciudad, al cumplirse los días del asedio. El otro tercio tómalo y córtalo con la espada alrededor de la ciudad. El último tercio espárcelo al viento; yo voy a desenvainar la espada contra ellos. Pero toma de ahí una pequeña cantidad y recógelo en el vuelo de tu manto, y de éstos vuelve a tomar un poco y échalo en medio del fuego y quémalo. De él saldrá fuego a toda la casa de Israel.
«Así dice el Señor: Ésta es Jerusalén; yo la había colocado en medio de las naciones, y rodeado de países. Pero ella se ha rebelado contra mis normas con más perversidad que las naciones, y contra mis decretos más que los países de su alrededor. Sí, han rechazado mis normas y no se han conducido según mis decretos.
«Por eso, así dice el Señor: Porque vuestro tumulto es mayor que el de las naciones que os rodean, porque no os habéis conducido según mis decretos, ni habéis observado mis normas, y ni siquiera os habéis ajustado a las normas de las naciones que os rodean, por eso, así dice el Señor: También yo me declaro contra ti, ejecutaré mi sentencia en medio de ti a la vista de las naciones, y haré contigo a causa de tus abominaciones lo que nunca he hecho ni volveré a hacer jamás. Por eso, los padres devorarán a sus hijos en medio de ti y los hijos devorarán a sus padres. Ejecutaré mi sentencia contra ti y esparciré a todos los vientos lo que quede de ti. Por eso, juro por mi vida, oráculo del Señor, que así como tú has contaminado mi santuario con todos tus horrores y todas tus abominaciones, yo también te rechazaré, no me apiadaré, ni perdonaré. Un tercio de los tuyos morirá de peste o perecerá de hambre en medio de ti, otro tercio caerá a espada a tu alrededor, y al otro tercio lo esparciré yo a todos los vientos; yo voy a desenvainar la espada contra ellos. Voy a desahogar mi cólera y saciar en ellos mi furor; me vengaré y sabrán entonces que yo, el Señor, he hablado en mi celo, cuando desahogue mi furor en ellos. Y haré de ti una ruina, oprobio y burla entre las naciones que te rodean, a los ojos de todos los transeúntes. Serás oprobio y blanco de insultos, ejemplo y asombro para las naciones que te rodean, cuando en ti ejecute mis juicios con cólera y furor, con furiosos castigos. Yo, el Señor, he hablado. Lanzaré contra ellos las terribles flechas exterminadoras del hambre, que yo enviaré para exterminaros; acrecentaré entre vosotros el hambre y destruiré vuestras provisiones de pan. Enviaré contra vosotros hambre y bestias feroces, que te dejarán sin hijos; la peste y la sangre pasarán por ti, y haré venir contra ti la espada. Yo, el Señor, he hablado.»
Responsorio
℣. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas! * ¡Cuántas veces he querido agrupar a tus hijos! Pero no lo habéis querido.
℟. Te haré escombro y escarnio para los pueblos vecinos.
℟. ¡Cuántas veces he querido agrupar a tus hijos! Pero no lo habéis querido.
Segunda lectura
De un autor del siglo II Homilía (Caps. 3, 1-4, 5; 7, 1-6: Funk 1, 149-153
Confesemos a Dios con nuestras obras
Mirad cuán grande ha sido la misericordia del Señor para con nosotros: En primer lugar, no ha permitido que quienes teníamos la vida sacrificáramos ni adoráramos a dioses muertos, sino que quiso que, por Cristo, llegáramos al conocimiento del Padre de la verdad. ¿Qué significa conocerlo a él sino el no apostatar de aquel por quien lo hemos conocido? El mismo Cristo afirma: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre”. Esta será nuestra recompensa si nos ponemos de parte de aquel que nos salvó. ¿Y cómo nos pondremos de su parte? Haciendo lo que nos dice y no desobedeciendo nunca sus mandamientos; honrándolo no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón y con toda nuestra mente. Dice, en efecto, Isaías: “Este pueblo me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí”.
No nos contentemos, pues, con llamarlo: «Señor», pues esto solo no nos salvará. Está escrito, en efecto: “No todo el que me dice: «Señor, Señor» se salvará, sino el que practica la justicia”. Por tanto, hermanos, confesémoslo con nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos, compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero. Mediante el ejercicio de estas obras, confesaremos al Señor; en cambio, no lo confesaremos si practicamos lo contrario a ellas. No es a los hombres a quienes debemos temer, sino a Dios. Por eso, a los que se comportan mal les dijo el Señor: «Aunque vosotros estuviereis reunidos conmigo, si no cumpliereis mis mandamientos, os rechazaré y os diré: “No sé quienes sois. Alejaos de mí, malvados”».
Por esto, hermanos míos, luchemos, pues sabemos que el combate ya ha comenzado y que muchos son llamados a los combates corruptibles, pero no todos son coronados, sino que el premio se reserva a quienes se han esforzado en combatir debidamente. Combatamos nosotros de tal forma que merezcamos todos ser coronados. Corramos por el camino recto, el combate incorruptible, y naveguemos y combatamos en él para que podamos ser coronados; y, si no pudiéramos todos ser coronados, procuremos acercarnos lo más posible a la corona. Recordemos, sin embargo, que, si uno lucha en los combates corruptibles y es sorprendido infringiendo las leyes de la lucha, recibe azotes y es expulsado fuera del estadio.
¿Qué os parece? ¿Cuál será el castigo de quien infringe las leyes del combate incorruptible? De los que no guardan el sello, es decir, el compromiso de su bautismo, dice la Escritura: “Su gusano no muere, su fuego no se apaga y serán el horror de todos los vivientes”.
Responsorio
℟. Os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos; él nos libra del castigo futuro.
℟. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.
℟. Él nos libra del castigo futuro.
Oración
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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