sábado 18 de septiembre de 2027
Oficio de lectura
Sábado de la 24ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Bello es el rostro de la luz, abierto
sobre el silencio de la tierra; bello
hasta cansar mi corazón, Dios mío.
Un pájaro remueve la espesura
y luego, lento, en el azul se eleva,
y el canto le sostiene y pacifica.
Así mi voluntad, así mis ojos
se levantan a ti; dame temprano
la potestad de comprender el día.
Despiértame, Señor, cada mañana,
hasta que aprenda a amanecer, Dios mío,
en la gran luz de la misericordia. Amén.
Salmodia
El Señor convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo.
Salmo 49-I: El verdadero culto a Dios
El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sion, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo:
«Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El Señor convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo.
Invócame el día del peligro, y yo te libraré.
Salmo 49-II
«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
Yo, Dios, tu Dios.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré y tú me darás gloria».
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Invócame el día del peligro, y yo te libraré.
El sacrificio de acción de gracias me honra.
Salmo 49-III
Dios dice al pecador:
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios».
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El sacrificio de acción de gracias me honra.
Versículo
℣. No dejamos de rezar a Dios por vosotros.
℟. Y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad.
Primera lectura
Del segundo libro de los Reyes 2 Re 15, 1-5.32-35; 16, 1-8
Reinados de Azarías, Yotán y Ajaz en Judá
En el año veintisiete de Jeroboán, rey de Israel, comenzó a reinar Ozías, hijo de Amasías, rey de Judá. Tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yecolía, de Jerusalén. Hizo lo recto a los ojos del Señor, exactamente como había hecho Amasías, su padre. Sin embargo, los lugares altos no desaparecieron y el pueblo siguió ofreciendo sacrificios y quemando incienso en los altozanos.
El Señor contagió al rey, que se quedó leproso y vivió en una residencia apartada hasta el día de su muerte. Jotán, hijo del rey, estaba al frente del palacio y gobernaba al pueblo del país.
En el año segundo de Pécaj, hijo de Romelías, rey de Israel, comenzó a reinar Jotán, hijo de Ozías, rey de Judá. Tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yerusá, hija de Sadoc. Hizo lo recto a los ojos del Señor, exactamente como había hecho su padre Ozías. Sin embargo, los altozanos no desaparecieron y el pueblo siguió sacrificando y quemando incienso en los altos.
Fue él quien construyó la Puerta Superior del templo del Señor.
En el año diecisiete de Pécaj, hijo de Romelías, comenzó a reinar Ajaz, hijo de Jotán, rey de Judá. Tenía Ajaz veinte años cuando comenzó a reinar y reinó dieciséis años en Jerusalén. No hizo lo recto a los ojos del Señor, su Dios, como David, su padre. Siguió el camino de los reyes de Israel; incluso arrojó a su hijo a la pira de fuego, según la costumbre abominable de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. Ofreció sacrificios y quemó incienso en los altozanos, en las colinas y bajo todo árbol frondoso.
Entonces Rasón, rey de Aram, y Pécaj, hijo de Romelías, rey de Israel, avanzaron sobre Jerusalén para atacarla y pusieron cerco a Ajaz, pero no pudieron entablar combate. En aquel tiempo, Rasón, rey de Aram, recuperó Elat para Aram. Expulsó de Elat a los de Judá y los edomitas entraron en Elat y habitaron allí hasta el día de hoy. Ajaz envió mensajeros a Teglatfalasar, rey de Asiria, diciendo: «Siervo tuyo e hijo tuyo soy. Emprende una campaña y líbrame de manos del rey de Aram y del rey de Israel que se han alzado contra mí.» Ajaz tomó la plata y el oro que se encontraba en el templo del Señor y en los tesoros del palacio real y lo envió como regalo al rey de Asiria.
Responsorio
℣. Rasín de Damasco y Pecaj de Israel, hijo de Romelía, subieron para atacar a Jerusalén. * Lucharon contra Ajaz, pero no pudieron vencerlo.
℟. El Señor dijo a Ajaz: «No temas, no te acobardes ante esos dos cabos de tizones humeantes.»
℟. Lucharon contra Ajaz, pero no pudieron vencerlo.
Segunda lectura
Del sermón sobre los pastores. Sermón 46, 11-12: CCL 41, 538-539
Ofrece el alivio de la consolación
El Señor, dice la Escritura, “castiga a sus hijos preferidos”. Y tú te atreves a decir: «Quizás seré una excepción». Si eres una excepción en el castigo, quedarás igualmente exceptuado del número de los hijos. «¿Es cierto —preguntarás— que castiga a cualquier hijo?» Cierto que castiga a cualquier hijo, y del mismo modo que a su Hijo único. Aquel Hijo, que había nacido de la misma substancia del Padre, que era igual al Padre por su condición divina, que era la Palabra por la que había creado todas las cosas, por su misma naturaleza no era susceptible de castigo. Y, precisamente, para no quedarse sin castigo, se vistió de la carne de la especie humana. «¡Conque va a dejar sin castigo al hijo adoptado y pecador, el mismo que no dejó sin castigo a su único Hijo inocente? El Apóstol dice que nosotros fuimos llamados a la adopción. Y recibimos la adopción de hijos para ser herederos junto con el Hijo único, para ser incluso su misma herencia: “Pídemelo: te daré en herencia las naciones”. En sus sufrimientos, nos dio ejemplo a todos nosotros.
Pero, para que el débil no se vea vencido por las futuras tentaciones, no se le debe engañar con falsas esperanzas, ni tampoco desmoralizarlo a fuerza de exagerar los peligros. Dile: “Prepárate para las pruebas”, y quizá comience a retroceder, a estremecerse de miedo, a no querer dar un paso hacia adelante. Tienes aquella otra frase: “Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas”. Pues bien, prometer y anunciar las tribulaciones futuras es, efectivamente, fortalecer al débil. Y, si al que experimenta un temor excesivo, hasta el punto de sentirse aterrorizado, le prometes la misericordia de Dios, y no porque le vayan a faltar las tribulaciones, sino porque Dios no permitirá que la prueba supere sus fuerzas, eso es, efectivamente, vendar las heridas.
Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que solo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones.
Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. Di: «No temas, que no va a abandonarte en la prueba aquel en quien has creído. “Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere sus fuerzas”». No son palabras mías, sino del Apóstol, que nos dice: “Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí”. Cuando oyes estas cosas, estás oyendo al mismo Cristo, estás oyendo al mismo pastor que apacienta a Israel. Pues a él le fue dicho: “Nos diste a beber lágrimas, pero con medida”. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: “No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas”. Solo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana.
Responsorio
℟. Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.
℟. Nos entregas como ovejas a la matanza, y nos has dispersado por las naciones.
℟. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.
Oración
Míranos, oh, Dios, creador y guía de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos el fruto de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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