sábado 7 de agosto de 2027
Oficio de lectura
Sábado de la 18ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Padre nuestro,
Padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo.
No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé que, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.
No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.
Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre «nosotros»,
incluso si dice «yo».
Salmodia
Solo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.
Salmo 135-I: Himno pascual
Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.
Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.
Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.
Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.
Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.
El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.
La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Solo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.
Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.
Salmo 135-II
Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.
Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.
Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.
Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.
Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.
Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.
Dad gracias al Dios del cielo; Él nos libró de nuestros opresores.
Salmo 135-III
Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.
Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.
Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.
A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.
Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.
Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.
En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.
En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.
Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.
Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Dad gracias al Dios del cielo; Él nos libró de nuestros opresores.
Versículo
℣. Señor, enséñame tus caminos.
℟. Instrúyeme en tus sendas.
Primera lectura
Del segundo libro de los Reyes 2 Re 4, 8-37
El hijo de la sunamita
Eliseo pasó un día por Sunén, donde vivía una mujer principal que le porfió a que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, se detenía allí a comer. Ella dijo a su marido: «Estoy segura de que es un santo hombre de Dios, que pasa siempre junto a nosotros. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pondremos allí para él una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que, cuando venga junto a nosotros, pueda retirarse allí arriba.» Llegó el día en el que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó. Él dijo a Guejazí, su criado: «Llama a esta sunamita.» Éste la llamó y ella se quedó de pie ante él. Eliseo dijo a su criado: «Dile: `Te has tomado todas estas molestias por nosotros, ¿qué podemos hacer por ti?, ¿hemos de hablar en tu favor al rey o al jefe del ejército?ʹ» Ella respondió: «Yo vivo tranquila entre las gentes de mi pueblo.» Él dijo: «¿Qué podemos hacer entonces por ella?» Guejazí respondió: «Por desgracia ella no tiene hijos y su marido es ya anciano.» Dijo él: «Llámala.» La llamó y ella se detuvo a la entrada. Él dijo: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo.» Ella respondió: «No, mi señor, no engañes a tu sierva.» La mujer concibió y dio a luz un niño por la época que le había dicho Eliseo. El niño creció y un día fue donde estaba su padre con los segadores, y dijo a su padre: «¡Ay, mi cabeza, mi cabeza!» El padre dijo a un criado: «Llévalo a su madre.» Lo cogió y lo llevó a su madre. Estuvo sentado en las rodillas de la madre hasta el mediodía y luego murió. Entonces ella lo subió y lo acostó sobre el lecho del hombre de Dios. Lo dejo cerrado y salió. Llamó a su marido y le dijo: «Envíame uno de los criados y una de las burras. Voy corriendo junto al hombre de Dios y vuelvo.» Él dijo: «¿Por qué vas donde él? Hoy no es novilunio ni sábado.» Pero ella se despidió: «Paz.» Hizo aparejar la burra y dijo a su criado: «Conduce. En marcha y no me frenes el trote a no ser que te lo diga.» Hizo camino hasta llegar donde el hombre de Dios en el monte Carmelo. Cuando el hombre de Dios la vio a lo lejos, dijo a su criado Guejazí: «Ahí viene aquella mujer sunamita. Corre a su encuentro y pregúntale: ¿Estás bien? ¿Está bien tu marido? ¿Está bien el niño?» Ella respondió: «Bien.» Pero cuando llegó junto al hombre de Dios, a lo alto del monte, se abrazó a sus pies. Guejazí se acercó para apartarla, pero el hombre de Dios dijo: «Déjala, porque está pasando una amargura y el Señor me lo ha ocultado, no me lo ha manifestado.» Ella dijo: «¿Pedí yo acaso a mi señor un hijo? ¿No te dije: `No me engañesʹ?»
Él dijo a Guejazí: «Ciñe tu cintura y toma mi bastón en tu mano. Si encuentras a alguien no le saludes, y si alguien te saluda no le respondas. Ve y coloca mi bastón sobre la cara del niño.» Pero la madre del niño dijo: «Por el Dios vivo y por tu vida que no te dejaré.» Entonces él se alzó y marchó tras ella. Guejazí había pasado antes que ellos y había colocado el bastón sobre la cara del niño, pero no se escuchó voz ni respuesta alguna. Se volvió al encuentro de Eliseo y le comunicó: «El niño no ha despertado.» Eliseo entró en la casa; allí estaba el niño, muerto, acostado en su lecho. Entró, cerró la puerta con ellos dos dentro, y oró al Señor. Se subió (a la cama) y se tumbó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos. Se mantuvo recostado sobre él y la carne del niño iba entrando en calor. Se bajó y se puso a caminar por la casa de acá para allá. Se subió y se recostó insuflando sobre él hasta siete veces. El niño estornudó y abrió sus ojos. Llamó a Guejazí y le dijo: «Llama a la sunamita.» Y la llamó. Cuando llegó, él le dijo: «Toma tu hijo.» Ella entró y se echó a sus pies postrada en tierra. Luego tomó a su hijo y salió.
Responsorio
℣. Eliseo entró en la casa y encontró al niño muerto; cerró la puerta y oró al Señor. * La carne del niño fue entrando en calor.
℟. Todo el que pide recibe y el que busca halla y al que llama se le abrirá.
℟. La carne del niño fue entrando en calor.
Segunda lectura
San Ireneo Del tratado contra las herejías (Libro 4, 17, 4-6: SCh 100, 590-594)
Quiero misericordia y no sacrificios
Dios quería de los israelitas, por su propio bien, no sacrificios y holocaustos, sino fe, obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas, les manifestaba su voluntad, diciendo: “Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”. Y el mismo Señor en persona les advertía: “Si comprendierais lo que significa: «Quiero misericordia y no sacrificios», no condenaríais a los que no tienen culpa”, con lo cual daba testimonio a favor de los profetas, de que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en cara su culpable ignorancia.
Y, al enseñar a sus discípulos a ofrecer a Dios las primicias de su creación, no porque él lo necesite, sino para el propio provecho de ellos, y para que se mostrasen agradecidos, tomó pan, que es un elemento de la creación, pronunció la acción de gracias, y dijo: “Esto es mi cuerpo”. Del mismo modo, afirmó que el cáliz, que es también parte de esta naturaleza creada a la que pertenecemos, es su propia sangre, con lo cual nos enseñó cuál es la oblación del Nuevo Testamento; y la Iglesia, habiendo recibido de los apóstoles esta oblación, ofrece en todo el mundo a Dios, que nos da el alimento, las primicias de sus dones en el Nuevo Testamento, acerca de lo cual Malaquías, uno de los doce profetas menores, anunció por adelantado: “Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Del Oriente al Poniente es grande entre las naciones mi nombre; en todo lugar ofrecerán incienso y sacrificio a mi nombre, una ofrenda pura, porque es grande mi nombre entre las naciones —dice el Señor de los ejércitos—”, con las cuales palabras manifiesta con toda claridad que cesarán los sacrificios del pueblo antiguo y que en todo lugar se le ofrecerá un sacrificio, y este ciertamente puro, y que su nombre será glorificado entre las naciones.
Este nombre que ha de ser glorificado entre las naciones no es otro que el de nuestro Señor, por el cual es glorificado el Padre, y también el hombre. Y, si el Padre se refiere a su nombre, es porque en realidad es el mismo nombre de su propio Hijo, y porque el hombre ha sido hecho por él. Del mismo modo que un rey, si pinta una imagen de su hijo, con toda propiedad podrá llamar suya aquella imagen, por la doble razón de que es la imagen de su hijo y de que es él quien la ha pintado, así también el Padre afirma que el nombre de Jesucristo, que es glorificado por todo el mundo en la Iglesia, es suyo porque es el de su Hijo y porque él mismo, que escribe estas cosas, lo ha entregado por la salvación de los hombres.
Por lo tanto, puesto que el nombre del Hijo es propio del Padre, y la Iglesia ofrece al Dios todopoderoso por Jesucristo, con razón dice, por este doble motivo: “En todo lugar ofrecerán incienso y sacrificio a mi nombre, una ofrenda pura”. Y Juan, en el Apocalipsis, nos enseña que el incienso “es las oraciones de los santos”
Responsorio
℟. «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; esta es la sangre de la nueva alianza, que se derrama por vosotros», dice el Señor. Cuantas veces lo toméis, hacedlo en memoria mía.
℟. Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado.
℟. Cuantas veces lo toméis, hacedlo en memoria mía.
Oración
Atiende, Señor, a tus siervos y derrama tu bondad imperecedera sobre los que te suplican, para que renueves lo que creaste y conserves lo renovado en estos que te alaban como autor y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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