jueves 27 de mayo de 2027
Oficio de lectura
Jueves de la 8ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
¡Nacidos de la luz!, ¡Hijos del día!
Vamos hacia el Señor de la mañana;
su claridad disipa nuestras sombras
y llena el corazón de regocijo.
Que nuestro Dios, el Padre de la gloria,
limpie la oscuridad de nuestros ojos
y nos revele, al fin, cuál es la herencia
que nos legó en el Hijo Primogénito.
¡Honor y gloria a Dios, Padre celeste,
por medio de su Hijo Jesucristo
y el don de toda luz, el Santo Espíritu,
que vive por los siglos de los siglos! Amén.
O bien:
Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.
Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.
Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo! Amén.
Salmodia
No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.
Salmo 43-I: Oración del pueblo en las calamidades
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.
No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.
Salmo 43-II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.
Levántate, Señor, no nos rechaces más.
Salmo 43-III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
Y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Levántate, Señor, no nos rechaces más.
Versículo
℣. Haz brillar tu rostro, Señor, sobre tu siervo.
℟. Enséñame tus leyes.
Primera lectura
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1 Co 16, 1-24
Recomendaciones y saludos
En cuanto a la colecta en favor de los santos, haced también vosotros tal como mandé a las iglesias de Galacia. Los primeros días de la semana, cada uno de vosotros deposite lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas precisamente cuando llegue yo. Cuando me halle ahí, enviaré con cartas a los que hayáis considerado dignos, para que lleven a Jerusalén vuestra liberalidad. Y si conviene que vaya también yo, irán conmigo.
Iré a donde vosotros después de haber atravesado Macedonia; pues por Macedonia pasaré. Tal vez me detenga entre vosotros, hasta pase ahí el invierno, para que vosotros dispongáis lo necesario para donde vaya. Pues no quiero ahora veros sólo de paso; espero estar algún tiempo entre vosotros, si así lo permite el Señor. De todos modos, seguiré en Éfeso hasta Pentecostés; porque se me ha abierto una puerta grande y prometedora, y los enemigos son muchos.
Si llega Timoteo, procurad que esté sin temor entre vosotros, pues trabaja como yo en la obra del Señor. Que nadie le menosprecie. Despedidlo en paz para que vuelva a mí, que lo espero con los hermanos. En cuanto a nuestro hermano Apolo, le he insistido mucho para que vaya a vosotros con los hermanos; pero no tiene intención alguna de ir ahora. Irá cuando tenga oportunidad.
Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes. Hacedlo todo con amor.
Os hago una recomendación, hermanos. Sabéis que la familia de Estéfanas son las primicias de Acaya y se entregaron al servicio de los santos. También vosotros mostraos deferentes con ellos y con quienes con ellos trabajan y se afanan. Estoy lleno de alegría por la visita de Estéfanas, de Fortunato y de Acaico, que han suplido vuestra ausencia. Ellos han tranquilizado mi espíritu y el vuestro. Sabed apreciar a tales personas.
Las iglesias de Asia os saludan. Os envían muchos saludos en el Señor Áquila y Prisca, junto con la iglesia que se reúne en su casa. Os saludan todos los hermanos. Saludaos los unos a los otros con el beso santo.
El saludo va de mi mano, Pablo.
El que no ame al Señor, ¡sea maldito! «Maran atha.» ¡La gracia del Señor Jesús sea con vosotros!
Os amo a todos en Cristo Jesús.
Responsorio
℣. Estad en vela y manteneos firmes en la fe, portaos varonilmente y con toda fortaleza. * Hacedlo todo con espíritu de caridad.
℟. Proceded con toda discreción; vuestra palabra sea siempre agradable, sazonada con gracia.
℟. Hacedlo todo con espíritu de caridad.
Segunda lectura
San Gregorio Magno Tratados morales sobre Job 10, 7-8.10
La ley del Señor abarca muchos aspectos
<i>¡Ojalá Dios te mostrara que su ley abarca muchos aspectos!</i> La ley de Dios, de que se habla en este lugar, debe entenderse que es la caridad, por la cual podemos siempre leer en nuestro interior cuáles son los preceptos de vida que hemos de practicar. Acerca de esta ley, dice aquel que es la misma Verdad: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Acerca de ella dice san Pablo: Amar es cumplir la ley entera. Y también: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo. Lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad, y esta caridad la practicamos de verdad cuando toleramos por amor las cargas de los hermanos.
Pero esta ley abarca muchos aspectos, porque la caridad celosa y solícita incluye los actos de todas las virtudes. Lo que empieza por sólo dos preceptos se extiende a innumerables facetas.
Esta multiplicidad de aspectos de la ley es enumerada adecuadamente por Pablo, cuando dice: El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es ambicioso ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
El amor es paciente, porque tolera con ecuanimidad los males que se le infligen. Es afable porque devuelve generosamente bien por mal. No tiene envidia, porque, al no desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia por los éxitos terrenos. No presume, porque desea ansiosamente el premio de la retribución espiritual, y por esto no se vanagloría de los bienes exteriores. No se engríe, porque tiene por único objetivo el amor de Dios y del prójimo, y por esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.
No es ambicioso, porque, dedicado con ardor a su provecho interior, no siente deseo alguno de las cosas ajenas y exteriores. No es egoísta, porque considera como ajenas todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya que sólo reconoce como propio aquello que ha de perdurar junto con él. No se irrita, porque, aunque sufra injurias, no se incita a sí mismo a la venganza, pues espera un premio muy superior a sus sufrimientos. No lleva cuentas del mal, porque, afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando de raíz toda clase de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.
No se alegra de la injusticia, porque, anheloso únicamente del amor para con todos, no se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios. Goza con la verdad, porque, amando a los demás como a sí mismo, al observar en los otros la rectitud, se alegra como si se tratara de su propio provecho. Vemos, pues, cómo esta ley de Dios abarca muchos aspectos.
Responsorio
℟. A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. Por eso amar es cumplir la ley entera.
℟. Toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo».
℟. Por eso amar es cumplir la ley entera.
Oración
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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