LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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sábado 27 de marzo de 2027

Oficio de lectura

Sábado Santo

Triduo Pascual

Texto

Semana Santa y Pascua requieren atender a las rúbricas especiales y a la participación en la Vigilia Pascual.

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,
y que el Amor redima la condena!»
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida.

¡Oh plenitud del tiempo consumado!
Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,
y a Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos
le faja una doncella nazarena.

En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero.

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Dormiré y descansaré en paz.

Salmo 4: Acción de gracias

Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.

Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,
amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?
Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Temblad y no pequéis,
reflexionad en el silencio de vuestro lecho;
ofreced sacrificios legítimos
y confiad en el Señor.

Hay muchos que dicen: "¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?"

Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en trigo y en vino.

En paz me acuesto y enseguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Dormiré y descansaré en paz.

Ant. 2

Mi carne descansa serena.

Salmo 15: El Señor es el lote de mi heredad

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Mi carne descansa serena.

Ant. 3

Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria.

Salmo 23: Entrada solemne de Dios en su templo Si se ha rezado este salmo en el invitatorio, se reemplaza por el Salmo 94, que se encuentra más arriba.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

- ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

- El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

- Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién es ese Rey de la gloria?
- El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién es ese Rey de la gloria?
- El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria.

Versículo

℣. Defiende mi causa y rescátame.

℟. Con tu promesa dame vida.

Primera lectura

Del libro de las Lamentaciones Lam 5, 1-22

Plegaria por la liberación del pueblo

¡Recuerda, Señor, lo que hemos pasado, mira y observa nuestro oprobio! Nuestra heredad ha pasado a extranjeros, nuestras casas a extraños. Somos huérfanos, sin padre; nuestras madres, como viudas. A precio de plata bebemos nuestra agua, adquirimos nuestra leña con dinero. El yugo a nuestro cuello, andamos acosados; estamos agotados, no nos dan respiro. Hacia Egipto tendemos nuestra mano, hacia Asiria para saciar el hambre.

Nuestros padres pecaron: ya no existen; y nosotros cargamos con sus culpas. Unos esclavos nos dominan, nadie nos libra de su mano. A riesgo de la vida logramos nuestro pan, afrontando la espada en descampado. Nuestra piel abrasa como un horno, a causa del ardor del hambre.

Han violado a las mujeres en Sion, a las doncellas en las ciudades de Judá. Han colgado a los nobles con sus manos; los ancianos no han sido respetados. Han arrastrado la muela los muchachos, bajo la leña se han doblado los niños. Los ancianos ya no acuden a la puerta, los muchachos han parado sus cantares. Ha cesado la alegría del corazón, se ha trocado en duelo nuestra danza. Ha caído la corona de nuestra cabeza.

¡Ay de nosotros, que hemos pecado! Por eso se duele nuestro corazón, por eso se nublan nuestros ojos: por el monte Sion, asolado; ¡las raposas transitan por él! Mas tú, Señor, reinas por siempre; ¡tu trono permanece de edad en edad!

¿Por qué has de olvidarnos para siempre, por qué toda la vida abandonarnos? Haznos volver a ti, Señor, y volveremos. Renueva nuestros días como antaño, ¿o nos has desechado del todo, irritado contra nosotros sin medida?

Responsorio

℣. Después de sepultar al Señor, hicieron rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro y lo sellaron. * Y pusieron guardias para custodiarlo.

℟. Los jefes de los sacerdotes se presentaron ante Pilato, y le pidieron que diese orden de vigilar el sepulcro.

℟. Y pusieron guardias para custodiarlo.

Segunda lectura

De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado PG 43, 439-451; 462-463

El descenso del Señor al abismo

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida (cf. Lc 15,3-7). Quiere visitar <i>a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte</i> (Lc 1,79). Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos.» Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «<i>Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz</i>» (Ef 5,14).

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «Salid», y a los que se encuentran en las tinieblas: «Iluminaos», y a los que duermen: «Levantaos».

A ti te mando: «<i>Despierta, tú que duermes</i>, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; <i>levántate de entre los muertos</i>, pues yo soy la vida de los muertos. <i>Levántate</i>, obra de mis manos; <i>levántate</i>, imagen mía, creado a mi semejanza. <i>Levántate</i>, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona».

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, <i>semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos</i> (Sal 88[87],5-6); por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva (cf. Gn 2,21-22). Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso (cf. Gn 3,24).

<i>Levántate</i>, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso (cf. Gn 3); yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida (cf. Gn 2,16), que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara (cf. Gn 3,24); ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.»

Responsorio

℟. Se alejó nuestro pastor, fuente de agua viva, a cuya muerte el sol se oscureció; ya que fue apresado aquel mismo que retenía cautivo al primer hombre. Hoy nuestro Salvador destruyó las puertas y las cerraduras del imperio de la muerte.

℣. Destruyó ciertamente la cárcel del abismo y arruinó el poder del enemigo.

℟. Hoy nuestro Salvador destruyó las puertas y las cerraduras del imperio de la muerte.

Oración

Señor todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, resucitar también con él a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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