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domingo 7 de marzo de 2027

Oficio de lectura

4º domingo de Cuaresma

Cuaresma

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.

O bien:

Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.

Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.

La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.

Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.

Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.

O bien:

Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.

A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.

Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.

Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.

Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.

Salmodia

Ant. 1

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Salmo 23: Entrada solemne de Dios en su templo Si se ha rezado este salmo en el invitatorio, se reemplaza por el Salmo 94, que se encuentra más arriba.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

- ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

- El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

- Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién es ese Rey de la gloria?
- El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién es ese Rey de la gloria?
- El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Ant. 2

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida.

Salmo 65 I: Himno para un sacrificio de acción de gracias

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!"

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.

Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:

sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida.

Ant. 3

Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo.

Salmo 65 II

Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo.

Versículo

℣. Tus palabras, Señor, son espíritu y son vida.

℟. Tú tienes palabras de vida eterna.

Primera lectura

De la carta a los Hebreos Heb 7, 1-11

Melquisedec, tipo del perfecto sacerdote

En efecto, este <i>Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abrahán cuando regresaba de la derrota de los reyes, y le bendijo</i>, al cual dio Abrahán el <i>diezmo de todo</i>, y cuyo nombre significa, en primer lugar, «rey de justicia» y, además, <i>rey de Salem</i>, es decir, «rey de paz», sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.

Mirad ahora cuán grande es éste, a quien el mismo Patriarca <i>Abrahán dio el diezmo</i> de lo mejor del botín. Los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen orden según la Ley de percibir el diezmo del pueblo, es decir, de sus hermanos, aunque también proceden éstos de la estirpe de Abrahán; mas aquél, sin pertenecer a su genealogía, recibió el diezmo de Abrahán, y bendijo al depositario de las promesas. Pues bien, es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior. Y aquí, ciertamente, reciben el diezmo hombres mortales; pero allí, uno de quien se asegura que vive. Y, por así decirlo, hasta el mismo Leví, que percibe los diezmos, los pagó en la persona de Abrahán, pues ya estaba en las entrañas de su antepasado cuando <i>Melquisedec le salió al encuentro</i>.

Pues bien, si la perfección se alcanzara por el sacerdocio levítico -pues de él recibió el pueblo las leyes-, ¿qué necesidad había ya de que surgiera otro sacerdote <i>a la manera de Melquisedec</i>, y no «a la manera de Aarón»?

Responsorio

℣. Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo y figura del Hijo de Dios, * al cual dijo el Señor con juramento: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.»

℟. Cristo fue constituido sacerdote, no por una ley de prescripción carnal, sino por el poder de una vida indestructible.

℟. Al cual dijo el Señor con juramento: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.»

Segunda lectura

San Agustín de Hipona Sobre San Juan trat. 34, 8-9

Cristo camino, verdad y vida

El Señor dijo concisamente: <i>Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida</i> (Jn 8,12). Con estas palabras nos mandó una cosa y nos prometió otra. Hagamos lo que nos mandó y, de esta forma, no desearemos de manera insolente lo que nos prometió; no sea que tenga que decirnos el día del juicio: «¿Hiciste lo que mandé, para poder pedirme ahora lo que prometí?» «¿Qué es lo que mandaste, Señor, Dios nuestro?» Te dice: «Que me siguieras.» Pediste un consejo de vida. ¿De qué vida sino de aquella de la que se dijo: <i>En ti está la fuente de la vida</i> (Sal 36[35],10)?

Conque hagámoslo ahora, sigamos al Señor; desatemos aquellas ataduras que nos impiden seguirlo. Pero ¿quién será capaz de desatar tales nudos, si no nos ayuda aquel mismo a quien se dijo: <i>Rompiste mis cadenas</i> (Sal 116[114-115],16)? El mismo de quien en otro salmo se afirma: <i>El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan</i> (cf. Sal 146[145],7-8).

¿Y en pos de qué corren los liberados y los puestos en pie, sino de la luz de la que han oído: <i>Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas</i>? Porque <i>el Señor abre los ojos al ciego</i> (<i>ibid.</i>). Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-7). También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine. Mezcló saliva con tierra; por ello está escrito: <i>La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros</i> (Jn 1,14). Mezcló saliva con tierra, pues estaba también anunciado: <i>La verdad brota de la tierra</i> (Sal 85[84],12); y él mismo había dicho: <i>Yo soy el camino, y la verdad, y la vida</i> (Jn 14,6).

Disfrutaremos de la verdad cuando lleguemos a verlo cara a cara, pues también esto se nos promete. Porque, ¿quién se atrevería a esperar lo que Dios no se hubiese dignado dar o prometer? Lo veremos cara a cara. El Apóstol dice: <i>Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara</i> (1 Co 13,12). Y Juan añade en su carta: <i>Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos </i><i>semejantes a él, porque lo veremos tal cual es</i> (1 Jn 3,2). Ésta es una gran promesa. Si lo amas, síguelo. «Yo lo amo —me dices—, pero ¿por qué camino lo sigo?» Si el Señor, tu Dios, te hubiese dicho: «Yo soy la verdad y la vida», y tú deseases la verdad y anhelaras la vida, sin duda que hubieras preguntado por el camino para alcanzarlas, y te estarías diciendo: «Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida; ojalá mi alma tuviera la posibilidad de llegar hasta ellas.»

¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: <i>Yo soy el camino</i>. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: <i>Yo soy el camino</i>. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. <i>Yo soy el camino, y la verdad, y la vida</i>. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino.

No se te dice: «Trabaja por dar con el camino, para que llegues a la verdad y a la vida»; no se te ordena esto. Perezoso, ¡levántate! El mismo camino viene hacia ti y te despierta del sueño en que estabas dormido, si es que en verdad te despierta; <i>levántate</i>, pues, <i>y anda</i> (cf. Lc 5,23).

A lo mejor estás intentando andar y no puedes, porque te duelen los pies. Y ¿por qué te duelen los pies?; ¿acaso porque anduvieron por caminos tortuosos (cf. Pr 2,13), bajo los impulsos de la avaricia? Pero piensa que la Palabra de Dios sanó también a los cojos. «Tengo los pies sanos —dices—, pero no puedo ver el camino.» Piensa que también iluminó a los ciegos.

Responsorio

℟. Odio el camino de la mentira. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.

℣. Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

℟. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.

Oración

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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