viernes 19 de febrero de 2027
Oficio de lectura
Viernes de la 1ª semana de Cuaresma
Cuaresma
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Himno
Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.
Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.
La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.
«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.
Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.
O bien:
Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.
Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.
La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.
Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.
Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.
O bien:
Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.
A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.
Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.
Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.
Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.
Salmodia
Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-23. 27-28-I: Súplica contra los perseguidores injustos
Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
«Yo soy tu victoria.»
Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
«Señor, ¿quién como Tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?»
Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.
Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-23. 27-28-II
Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.
Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.
Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.
Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.
Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor.
Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-23. 27-28-III
Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,
y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.
Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.
Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean la paz a tu siervo.
Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor.
Versículo
℣. Convertíos al Señor, Dios vuestro.
℟. Porque es compasivo y misericordioso.
Primera lectura
Del libro del Deuteronomio Dt 15, 1-18
Remisión de las deudas
En aquellos días, Moisés habló al pueblo, diciendo: «Cada siete años harás la remisión. En esto consiste la remisión: En que todo acreedor que ha hecho un préstamo a su prójimo, le haga remisión; no apremiará a su prójimo ni a su hermano, porque se ha proclamado la remisión en honor del Señor. Podrás apremiar al extranjero, pero lo tuyo que tenga tu hermano se lo condonarás. Sólo que no habrá ningún pobre entre los tuyos, porque el Señor te bendecirá abundantemente en la tierra que el Señor tu Dios te da en herencia para que la poseas, pero sólo si escuchas de verdad la voz del Señor tu Dios cuidando de poner en práctica todos estos mandamientos que yo te prescribo hoy. Porque el Señor tu Dios te bendecirá, como te ha dicho: tú prestarás a naciones numerosas, y tú no pedirás prestado; tú dominarás a naciones numerosas, y a ti no te dominarán.
Si hay junto a ti algún pobre de entre tus hermanos, en alguna de las ciudades de tu tierra que el Señor tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le prestarás lo que necesite para remediar lo que le falta.
Cuidado con abrigar en tu corazón estos perversos pensamientos: «Ya pronto llega el año séptimo, el año de la remisión», y mires con malos ojos a tu hermano pobre y no le des nada; él clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado. Se lo has de dar, y no se entristecerá tu corazón por ello, que por esta acción te bendecirá el Señor, tu Dios, en todas tus obras y en todas tus empresas. Pues no faltarán pobres en esta tierra; por eso te doy yo este mandamiento: Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra.
Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti, te servirá durante seis años y al séptimo lo dejarás libre. Al dejarlo libre, no lo mandarás con las manos vacías; le harás algún presente de tu ganado menor, de tu era y de tu lagar; le darás aquello con lo que te ha bendecido el Señor tu Dios. Te acordarás que tú fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te rescató: por eso yo te mando esto hoy.
Pero si él te dice: «No quiero marcharme de tu lado», porque te ama, a ti y a tu casa, porque le va bien contigo, tomarás un punzón, le horadarás la oreja contra la puerta, y será tu siervo para siempre. Lo mismo harás con tu sierva.
No se te haga duro el dejarle en libertad, porque el haberte servido seis años vale por un doble salario de jornalero. Y el Señor tu Dios te bendecirá en todo lo que hagas.»
Responsorio
℣. Amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; * sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre.
℟. Perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará.
℟. Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre.
Segunda lectura
Beato Elredo Espejo de caridad (Libro 3, 5: PL 195, 582)
Debemos practicar la caridad fraterna según el ejemplo de Cristo
Nada nos anima tanto al amor de los enemigos, en el que consiste la perfección de la caridad fraterna, como la grata consideración de aquella admirable paciencia con la que aquel que era <i>el más bello de los hombres</i> (Sal 45[44],3) entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió sus ojos, cuya mirada rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos; aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas; aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos, y con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, sin dejar de mantenerse en todo momento suave, manso y tranquilo. En resumen, <i>como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca</i> (Is 53,7).
¿Habrá alguien que, al escuchar aquella frase admirable, llena de dulzura, de caridad, de inmutable serenidad: <i>Padre, perdónalos</i> (Lc 23,34), no se apresure a abrazar con toda su alma a sus enemigos? <i>Padre</i> —dijo—, <i>perdónalos</i>. ¿Quedaba algo más de mansedumbre o de caridad que pudiera añadirse a esta petición?
Sin embargo, se lo añadió. Era poco interceder por los enemigos; quiso también excusarlos. <i>Padre</i> —dijo— <i>perdónalos, porque no saben lo que hacen</i> (<i>ibid.</i>). Son, desde luego, grandes pecadores, pero muy poco perspicaces; por tanto <i>Padre, perdónalos</i>. Crucifican; pero no saben a quién crucifican, porque, <i>si lo hubieran sabido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria</i> (1 Co 2,8); por eso, <i>Padre, perdónalos</i>. Piensan que se trata de un prevaricador de la ley, de alguien que se cree presuntuosamente Dios, de un seductor del pueblo. Pero yo les había escondido mi rostro y no pudieron conocer mi majestad; por eso, <i>Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen</i>. En consecuencia, para que el hombre se ame rectamente a sí mismo, procure no dejarse corromper por ningún atractivo mundano. Y para no sucumbir ante semejantes inclinaciones, trate de orientar todos sus afectos hacia la suavidad de la naturaleza humana del Señor. Luego, para sentirse serenado más perfecta y suavemente con los atractivos de la caridad fraterna, trate de abrazar también a sus enemigos con un verdadero amor.
Y para que este fuego divino no se debilite ante las injurias, considere siempre con los ojos de la mente la serena paciencia de su amado Señor y Salvador.
Responsorio
℟. Expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores; él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.
℣. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
℟. Él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.
Oración
Que tu pueblo, Señor, como preparación a las fiestas de Pascua, se entregue a las penitencias cuaresmales, y que nuestra austeridad comunitaria sirva para la renovación espiritual de tus fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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