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miércoles 17 de febrero de 2027

Oficio de lectura

Miércoles de la 1ª semana de Cuaresma

Cuaresma

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.

O bien:

Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.

Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.

La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.

Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.

Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.

O bien:

Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.

A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.

Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.

Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.

Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Salmo 17, 2-30-I: Acción de gracias después de la victoria

Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo Él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Ant. 2

El Señor me libró porque me amaba.

Salmo 17, 2-30-II

Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz.
y lanzaba carbones ardiendo.

Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;

Como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;

y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.

El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.

Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.

Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

El Señor me libró porque me amaba.

Ant. 3

Señor, Tú eres mi lámpara, Tú alumbras mis tinieblas.

Salmo 17, 2-30-III

El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;

le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.

Con el fiel, Tú eres fiel;
con el íntegro, Tú eres íntegro;
con el sincero, Tú eres sincero;
con el astuto, Tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.

Señor, Tú eres mi lámpara;
Dios mío, Tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en Ti, me meto en la refriega;
fiado en mi Dios, asalto la muralla.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Señor, Tú eres mi lámpara, Tú alumbras mis tinieblas.

Versículo

℣. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos.

℟. Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Primera lectura

Del libro del Deuteronomio Dt 10, 12 - 11, 9.26-28

Elegid al Señor como único Dios

En aquellos días, Moisés habló al pueblo, diciendo: «Y ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, siguiendo todos sus caminos, amándolo, sirviendo al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, guardando los mandamientos del Señor y sus preceptos que yo te prescribo hoy, para que te vaya bien?

Mira: Del Señor tu Dios, son los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y cuanto hay en ella; pero sólo de tus padres se prendó el Señor, amándolos, y eligió a su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como sucede hoy. Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz, porque el Señor vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y terrible, que no es parcial ni admite soborno; que hace justicia al huérfano y a la viuda, que ama al forastero y le da pan y vestido. Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto. Al Señor tu Dios temerás, a él servirás, te apegarás a él y en su nombre jurarás. Él es tu alabanza y él es tu Dios, que ha hecho por ti esas cosas grandes y terribles que han visto tus ojos. No más de setenta personas eran tus padres cuando bajaron a Egipto, y el Señor tu Dios te ha hecho ahora numeroso como las estrellas del cielo.

Amarás al Señor, tu Dios, y guardarás sus consignas, sus preceptos, normas y mandamientos, todos tus días. Vosotros sabéis hoy (no vuestros hijos, que ni lo saben ni lo han visto) la lección del Señor vuestro Dios, su grandeza, su mano fuerte y su tenso brazo, sus señales y sus hazañas, las que realizó en Egipto, contra el faraón rey de Egipto y contra todo su territorio; lo que hizo con el ejército de Egipto, con sus caballos y sus carros, precipitando sobre ellos las aguas del mar de Suf cuando os perseguían, y aniquilándolos el Señor, hasta el día de hoy; lo que ha hecho por vosotros en el desierto hasta vuestra llegada a este lugar; lo que hizo con Datán y Abirón, hijos de Eliab el rubenita, cuando la tierra abrió su boca y los tragó, con sus familias, sus tiendas y todos los que les seguían, en medio de todo Israel. Pues habéis visto con vuestros propios ojos toda esta gran hazaña que ha hecho el Señor.

Guardaréis todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, para que os hagáis fuertes y lleguéis a poseer la tierra a la que vais a pasar para tomarla en posesión, y para que prolonguéis vuestros días en la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres y a su descendencia, tierra que mana leche y miel.

Mira: Yo pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. Bendición, si escucháis los mandamientos del Señor vuestro Dios que yo os prescribo hoy. Maldición, si desoís los mandamientos del Señor vuestro Dios, si os apartáis del camino que yo os marco hoy, para seguir a otros dioses que no habíais conocido.»

Responsorio

℣. Amemos a Dios, porque él nos amó primero. En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos; * y sus mandamientos no son pesados.

℟. Quien guarda su palabra posee el perfecto amor de Dios.

℟. Y sus mandamientos no son pesados.

Segunda lectura

Afraates Demostración 11, De la circuncisión 11-12

La circuncisión del corazón

La ley y la alianza fueron transformadas totalmente. Dios cambió el primer pacto, hecho con Adán, e impuso otro a Noé; luego, concertó otro también con Abrahán, que cambió para darle uno nuevo a Moisés. Y como la alianza mosaica no fue observada, otorgó otra en la última generación, alianza que, en adelante, ya no habría de cambiarse. Pues, a Adán, le había impuesto el precepto de que no comiera del árbol de la vida (cf. Gn 2,17); para Noé, hizo aparecer el arco iris sobre las nubes (cf. Gn 9,1-17); luego, a Abrahán, elegido ya a causa de su fe, le entregó la circuncisión, como señal para la posteridad (cf. Gn 17,1-14); Moisés tuvo, a su vez, el cordero pascual, como propiciación para el pueblo (cf. Ex 12,1-14).

Y cada uno de estos pactos era diferente de los otros. En efecto, la circuncisión que da por buena aquel que selló los pactos es la aludida por Jeremías: <i>Quitad el prepucio de vuestros corazones</i> (Jr 4,4). Y, si se mantuvo firme el pacto que Dios sellara con Abrahán, también éste es firme y fiel, y no podrá añadírsele ninguna otra ley, ya tenga su origen en los que se hallan fuera de la ley, ya en los sometidos a ella.

Dios, en efecto, dio a Moisés una ley con todos sus preceptos y observancias, pero como no la guardaron, abrogó lo mismo la ley que sus preceptos; y prometió que daría una alianza nueva que habría de ser distinta de la anterior por más que no haya sino un mismo dador de ambas. Y ésta es la alianza que prometió que daría: <i>Todos me conocerán, desde el pequeño al grande</i> (Jr 31,34). Y en esta alianza ya no hay circuncisión de la carne que sirva de señal del pueblo. 

Sabemos con certeza, queridos hermanos, que Dios fue otorgando distintas leyes a lo largo de las varias generaciones, y que dichas leyes estuvieron en vigor mientras a él le plugo, y luego quedaron anticuadas, de acuerdo con lo que el Apóstol dice: A través de muchas semejanzas, el reino de Dios fue subsistiendo en cada momento histórico de la antigüedad.

Efectivamente, nuestro Dios es veraz, y sus preceptos son fidelísimos; por eso cada uno de los pactos se mantuvo firme en su tiempo y se comprobó como verdadero, y ahora los que son circuncisos de corazón viven y se circuncidan de nuevo en el verdadero Jordán, que es el bautismo de la remisión de los pecados.

Josué, hijo de Nun, circuncidó por segunda vez al pueblo con un cuchillo de piedra, cuando él y su pueblo atravesaron el Jordán (Jos 5,2-8); Jesús, nuestro salvador, circuncidó por segunda vez, con la circuncisión del corazón, a todas las gentes que creyeron en él y se purificaron con el bautismo, y lo hizo con la espada de su palabra, <i>más tajante que espada de doble filo</i> (Hb 4,12). Josué, hijo de Nun, hizo pasar al pueblo a la tierra prometida; Jesús, nuestro salvador, prometió la tierra de la vida a todos los que estuvieran dispuestos a pasar el verdadero Jordán, creyeran y fueran circuncidados en su corazón.

Bienaventurados, pues, quienes fueron circuncidados en el corazón y volvieron a nacer de las aguas de la segunda circuncisión; éstos serán quienes reciban la herencia junto con Abrahán, guía fiel y padre de todas las gentes, porque su fe le valió la justificación.

Responsorio

℟. Haré con la casa de Israel una alianza nueva: pondré mis leyes en su mente, y las escribiré en sus corazones, no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo.

℣. Daré mis leyes no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón.

℟. Y las escribiré en sus corazones, no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo.

Oración

Señor, mira complacido a tu pueblo que desea entregarse a ti con una vida santa; y a los que dominan su cuerpo con la penitencia transfórmales interiormente mediante el fruto de las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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