jueves 14 de enero de 2027
Oficio de lectura
Jueves de la 1ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
La noche oscura cubre con su manto
de las cosas los bellos coloridos;
suplicámoste humildes y rendidos,
¡Oh Juez de nuestras almas, recto y santo!:
laves del corazón las fealdades,
apartes de nosotros todo vicio,
nos concedas, oh Cristo, el beneficio
de arrojar de las almas las maldades.
Mira que el alma se halla entorpecida,
a quien hiere la culpa perniciosa.
ya trata de enmendarse, y generosa
te busca, Redentor de nuestra vida.
Aparta en especial, oh Luz sagrada,
la oscuridad de nuestros interiores,
para que en los eternos resplandores
sea el alma por siempre colocada.
Concédenoslo asi, Padre clemente,
con el Hijo, tu igual, por Ti engendrado,
y el más Divino Amor, nuestro Abogado,
que reinas todo siglo, eternamente. Amén.
Salmodia
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
Salmo 17, 31-51-IV: Acción de gracias
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
Él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
Él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
Tu diestra, Señor, me sostuvo.
Salmo 17, 31-51-V
Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebataba el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Tu diestra, Señor, me sostuvo.
Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.
Salmo 17, 31-51-VI
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.
Versículo
℣. Ábreme, Señor, los ojos.
℟. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.
Primera lectura
De la carta a los Romanos Rm 2, 17-29
La desobediencia de Israel
Pero si tú, que te dices judío y descansas en la ley; que te glorías en Dios; que conoces su voluntad; que disciernes lo mejor, amaestrado por la ley, convencido de ser guía de ciegos, luz de los que andan en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de niños, porque posees en la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad... pues bien, tú que instruyes a los otros ¡a ti mismo no te instruyes! Predicas: ¡no robar!, y ¡robas! Prohíbes el adulterio, y ¡adulteras! Aborreces los ídolos, y ¡saqueas sus templos! Tú que te glorías en la ley, transgrediéndola, deshonras a Dios. Porque, como dice la Escritura, <i>el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre los gentiles.</i>
La circuncisión, en verdad, es útil si cumples la ley; pero si eres un transgresor de la ley, tu circuncisión se vuelve incircuncisión. Mas si el incircunciso guarda las prescripciones de la ley, ¿no se tendrá su incircuncisión como circuncisión? Y, así, el que, siendo físicamente incircunciso, cumple la ley, te juzgará a ti, que con la letra y la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne. El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres.
Responsorio
℣. La circuncisión no es la que se hace externamente, es decir, en la carne, en el espíritu y no en la letra; * recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.
℟. No es judío, el que lo es externamente sino el que lo es en lo oculto.
℟. Recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.
Segunda lectura
San Atanasio de Alejandría Sermón contra los gentiles (40-42: PG 25, 79-83)
El Verbo del Padre embellece, ordena y contiene todas las cosas
El Padre de Cristo, santísimo e inmensamente superior a todo lo creado, como óptimo gobernante, con su propia sabiduría y su propio Verbo, Cristo, nuestro Señor y salvador, lo gobierna, dispone y ejecuta siempre todo de modo conveniente, según a él le parece adecuado. Nadie, ciertamente, negará el orden que observamos en la creación y en su desarrollo, ya que es Dios quien así lo ha querido. Pues, si el mundo y todo lo creado se movieran al azar y sin orden, no habría motivo alguno para creer en lo que hemos dicho. Mas si, por el contrario, el mundo ha sido creado y embellecido con orden, sabiduría y conocimiento, hay que admitir necesariamente que su creador y embellecedor no es otro que el Verbo de Dios.
Me refiero al Verbo que por naturaleza es Dios, que procede del Dios bueno, del Dios de todas las cosas, vivo y eficiente; al Verbo que es distinto de todas las cosas creadas, y que es el Verbo propio y único del Padre bueno; al Verbo cuya providencia ilumina todo el mundo presente, por él creado. Él, que es el Verbo bueno del Padre bueno, dispuso con orden todas las cosas, uniendo armónicamente lo que era entre sí contrario. Él, el Dios único y unigénito, cuya bondad esencial y personal procede de la bondad fontal del Padre, embellece, ordena y contiene todas las cosas.
Aquel, por tanto, que por su Verbo eterno lo hizo todo y dio el ser a las cosas creadas no quiso que se movieran y actuaran por sí mismas, no fuera a ser que volvieran a la nada, sino que, por su bondad, gobierna y sustenta toda la naturaleza por su Verbo, el cual es también Dios, para que, iluminada con el gobierno, providencia y dirección del Verbo, permanezca firme y estable, en cuanto que participa de la verdadera existencia del Verbo del Padre y es secundada por él en su existencia, ya que cesaría en la misma si no fuera conservada por el Verbo, el cual es <i>imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura</i> (Col 1,15); por él y en él se mantiene todo, lo visible y lo invisible, y él es la cabeza de la Iglesia, como nos lo enseñan los ministros de la verdad en las sagradas Escrituras (cf. Col 1,15-18).
Este Verbo del Padre, omnipotente y santísimo; lo penetra todo y despliega en todas partes su virtualidad, iluminando así lo visible y lo invisible; mantiene él unidas en sí mismo todas las cosas y a todas las incluye en sí, de tal manera, que nada queda privado de la influencia de su acción, sino que a todas las cosas y a través de ellas, a cada una en particular y a todas en general, es él quien les otorga y conserva la vida.
Responsorio
℟. Al principio, antes de que Dios comenzara la tierra, antes de los abismos, antes de los manantiales de las aguas, cuando todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas, me engendró el Señor.
℣. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo junto a él, como aprendiz.
℟. Cuando todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas, me engendró el Señor.
Oración
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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