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domingo 6 de diciembre de 2026

Oficio de lectura

2º domingo de Adviento

Adviento

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

O bien:

℣. Mirando a lo lejos,
veo venir el poder de Dios
y una nube que cubre toda la tierra.
Salid a su encuentro y decidle:

«Dinos si eres tú
el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

℟. Mirando a lo lejos,
veo venir el poder de Dios

℣. Sobre plebeyos y nobles, ricos y pobres.

℟. Salid a su encuentro y decidle:

℣. Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como un rebaño,
tú que te sientas sobre querubines

℟. «Dinos si eres tú
el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

℣. ¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar

℟. El que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo

℟. Mirando a lo lejos,
veo venir el poder de Dios
y una nube que cubre toda la tierra.
Salid a su encuentro y decidle:

«Dinos si eres tú
el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

Salmodia

Ant. 1

Mirad, viene ya el Rey excelso, con gran poder, para salvar a todos los pueblos. Aleluya.

Salmo 103-I: Himno al Dios creador

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Mirad, viene ya el Rey excelso, con gran poder, para salvar a todos los pueblos. Aleluya.

Ant. 2

Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sion, tu salvación está cerca.

Salmo 103-II

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sion, tu salvación está cerca.

Ant. 3

Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará.

Salmo 103-III

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará.

Versículo

℣. Levantaos, alzad la cabeza.

℟. Se acerca vuestra liberación.

Primera lectura

Del libro del profeta Isaías Is 14, 1-21

Muerte del tirano y liberación del pueblo

Cuando se apiade el Señor de Jacob y prefiera todavía a Israel, y los haya afincado en el solar de ellos, se les juntarán forasteros, que serán agregados a la casa de Jacob. Tomarán a otros pueblos y, llevándolos a su lugar, se los apropiará la casa de Israel en el solar del Señor como siervos y esclavas. Harán cautivos a sus opresores y domeñarán a sus tiranos.

Entonces, cuando te haya calmado el Señor de tu disgusto y tu desazón y de la dura servidumbre a que fuiste sometido, lanzarás esta sátira contra rey de Babilonia. Dirás: ¡Cómo cesó el tirano, cómo cesó el sobresalto! Quebró el Señor la vara de los malhechores, el bastón de los déspotas, que golpeaba a los pueblos con saña, golpes sin parar, que dominaba con ira a los paganos, acosándolos sin tregua.

Está tranquila y quieta la tierra toda, prorrumpe en aclamaciones. Hasta los cipreses se alegran por ti, los cedros del Líbano: «Desde que tú has caído en paz, no sube el talador a nosotros.» El Seol, allá abajo, se alborotó por ti, saliéndote al encuentro. Por ti despierta a los manes, a todos los caudillos de la tierra los levanta de sus tronos (a todos los reyes de los paganos). Todos ellos responden y te dicen: «¡También tú te has vuelto débil como nosotros, y a nosotros eres semejante! Ha sido precipitada al Seol tu arrogancia al son de tus cítaras. Tienes bajo ti una cama de gusanos, tus mantas son gusanera.

¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a tierra, dominador de naciones! Tú que habías dicho en tu corazón: «Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión, en el extremo norte.

Subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo. ¡Ya!: al Seol has sido precipitado, a lo más hondo del pozo.» Los que te ven, en ti se fijan; te miran con atención: «¿Es ése aquél que hacía estremecer la tierra, que hacía temblar los reinos; que hizo del orbe un desierto y asoló sus ciudades; que a sus presos no devolvía a casa?»

Todos los reyes de las naciones, todos ellos yacen con honor, cada uno en su morada. Pero tú has sido arrojado fuera de tu sepulcro, como un brote abominable, recubierto de muertos acuchillados, arrojados sobre las piedras de la fosa, como cadáver pisoteado.

No tendrás con ellos sepultura, porque tu tierra has destruido, a tu pueblo has asesinado. No se nombrará jamás la descendencia de los malhechores. Preparad a sus hijos degollina por la culpa de sus padres: no sea que se levanten y se apoderen de la tierra, y llenen de ciudades la faz del orbe.

Responsorio

℟. Ya está a punto de llegar su hora, sus días no tardarán. El Señor se apiadará de Jacob y volverá a escoger a Israel.

℣. El que ha de venir vendrá y no tardará, y ya no habrá temor en nuestra tierra, porque él es nuestro salvador.

℟. Y volverá a escoger a Israel.

Segunda lectura

Eusebio de Cesarea Sobre Isaías 40

Una voz grita en el desierto

<i>Una voz grita en el desierto: «Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios.»</i> (Is 40,3). El profeta declara abiertamente que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres.

Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo (cf. Lc 3,21-22).

Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas.

Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. <i>Preparad un camino al Señor</i> (Lc 3,4): se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.

<i>Súbete a un monte elevado, heraldo de Sion; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén</i> (Is 40,9). Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas.

¿Cuál es esta Sion sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: <i>El monte Sion </i><i>donde pusiste tu morada</i> (Sal 74 [73],2); y el Apóstol: <i>Os habéis acercado al monte Sion</i> (Hb 12,22). ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión?

Y esta Sion y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra.

Responsorio

℟. Vino el precursor del Señor, acerca del cual testificó éste: «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista.»

℣. Él es un profeta, y más que profeta; de él afirmó el Salvador:

℟. «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista.»

Te Deum

A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.

A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.

Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te proclama:

Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

Tú eres el Hijo único del Padre.

Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.

Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día
has de venir como juez.

Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Lo que sigue puede omitirse:

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.

Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

Oración

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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