martes 24 de noviembre de 2026
Oficio de lectura
Santos Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.
Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.
Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.
La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.
Salmodia
Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.
Salmo 36-I: La verdadera y la falsa felicidad
No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.
Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y Él te dará lo que pide tu corazón.
Encomienda tu camino al Señor,
confía en Él, y Él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
Descansa en el Señor y espera en Él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:
Cohíbe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.
Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.
Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.
Salmo 36-II
El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.
Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.
Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.
El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambres se saciarán;
pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.
El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.
Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.
Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.
Confía en el Señor y sigue su camino.
Salmo 36-III
La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.
El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.
Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.
Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.
Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.
El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Confía en el Señor y sigue su camino.
Versículo
℣. Todos se admiraban de las palabras de gracia.
℟. Que salían de sus labios.
Primera lectura
Del libro del profeta Daniel Dn 6, 3-27
Daniel liberado del foso de los leones
Darío decidió nombrar en su reino ciento veinte sátrapas para que gobernasen el reino, bajo el mando de tres ministros -entre los que estaba Daniel-, a quienes los sátrapas debían rendir cuentas, con el fin de impedir el menoscabo de los intereses del rey. Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas por sus extraordinarias dotes, por lo que el rey proyectaba ponerlo al frente de todo el reino. Entonces los ministros y los sátrapas se pusieron a buscar algún motivo de acusación contra Daniel en lo referente a la administración del reino; pero no pudieron encontrar ningún indicio de acusación o falta, pues era leal y no se le podían reprochar negligencias o irregularidades. Y aquellos hombres se dijeron: «No encontraremos ningún motivo de acusación contra este Daniel si no es en materia de observancia religiosa.» Los ministros y sátrapas se presentaron, pues, inmediatamente ante el rey y le dijeron: «¡Viva el rey Darío por siempre! Todos los ministros del reino, prefectos, sátrapas, consejeros y gobernadores aconsejan unánimemente que se promulgue un edicto real con esta prohibición: Todo aquel que en el plazo de treinta días dirija una oración a cualquier dios u hombre, fuera de ti, majestad, será arrojado al foso de los leones. Así pues, majestad, sanciona esta prohibición y firma el edicto, para que no se modifique, conforme a la ley irrevocable de los medos y persas.» Ante esto, el rey Darío firmó el edicto con la prohibición.
Cuando Daniel se enteró de que había sido firmado el edicto, entró en su casa. Su habitación superior tenía las ventanas orientadas hacia Jerusalén y tres veces al día se arrodillaba, para orar y dar gracias a su Dios, como había hecho siempre. Entonces aquellos hombres llegaron de repente y sorprendieron a Daniel orando y suplicando a su Dios. Inmediatamente acudieron al rey y le recordaron la prohibición real: «¿No has firmado, tú una prohibición según la cual todo aquel que en el plazo de treinta días dirigiera una oración a cualquier dios u hombre, fuera de ti, majestad, sería arrojado al foso de los leones?» El rey respondió: «Así está establecido, según la ley irrevocable de los medos y los persas.» Y ellos replicaron: «Pues Daniel, el deportado judío, no te obedece a ti, majestad, ni la prohibición que tú has firmado, y reza sus oraciones tres veces al día.» Al oír esto, el rey se disgustó mucho y se propuso salvar a Daniel; hasta la puesta del sol estuvo intentando librarlo. Pero aquellos hombres volvieron en tropel ante el rey y le dijeron: «Recuerda, majestad, que según la ley de los medos y los persas toda prohibición o edicto real es irrevocable.»
Entonces el rey dio orden de traer a Daniel y de arrojarlo al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: «Tu Dios, a quien sirves tan fielmente, te librará.» Trajeron una piedra para colocarla en la boca y el rey la selló con su anillo y con el de sus dignatarios, para que no se modificase la sentencia contra Daniel. Luego el rey regresó a su palacio y pasó la noche en ayunas, sin recibir concubinas y sin poder dormir. Al amanecer, el rey se levantó al rayar el alba y fue corriendo al foso de los leones. Conforme se acercaba, gritó a Daniel con voz angustiada: «Daniel, siervo del Dios vivo, ¿ha podido tu Dios, a quien sirves tan fielmente, librarte de los leones?» Y Daniel le respondió: «¡Viva el rey por siempre! Mi Dios ha enviado a su ángel, que ha cerrado la boca de los leones y no me han hecho daño, porque soy inocente ante él, como tampoco he hecho nada contra ti.» Entonces el rey se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Cuando lo sacaron del foso, no le encontraron ni un rasguño, porque había confiado en su Dios. Y el rey mandó traer a aquellos hombres que habían acusado a Daniel y echarlos al foso de los leones junto con sus mujeres y sus hijos. Y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando ya los leones se habían lanzado sobre ellos y los habían devorado.
Entonces, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas de toda la tierra: «¡Que vuestra paz se acreciente! Ordeno que en todos los dominios de mi reino sea respetado y temido el Dios de Daniel, porque él es el Dios vivo, que subsiste por siempre; su reino no será destruido y su imperio durará hasta el fin.
Responsorio
℣. Dios envió su ángel a cerrar las fauces de los leones, * y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente.
℟. Dios ha enviado su gracia y su lealtad; he estado echado entre leones.
℟. Y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente.
Segunda lectura
San Pablo Le-Bao-Tinh De la carta a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, 1843. (A. Launay, Le clergé tonkinois et ses prêtres martyrs, MEP, París 1925, pp. 80-83)
La participación de los mártires en la victoria de Cristo cabeza
Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, “porque es eterna su misericordia”. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, “porque es eterna su misericordia”.
En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo.
Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no solo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros.
¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, “que te sientas sobre querubines” y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor.
Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles, ya que, si llegara a vacilar en el camino, tus enemigos podrían levantar la cabeza con soberbia.
Queridos hermanos, al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, “porque es eterna su misericordia. Proclame mi alma la grandeza del Señor, se alegre mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación” de su siervo y desde ahora me felicitarán todas las generaciones futuras, “porque es eterna su misericordia”.
“Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos”, porque “lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, y lo despreciable, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios” para humillar lo elevado. Por mi boca y mi inteligencia humilla a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo, “porque es eterna su misericordia”.
Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón.
En cuanto a vosotros, queridos hermanos, “corred de manera que ganéis el premio”, haced que “la fe sea vuestra coraza y empuñad las armas” de Cristo “con la derecha y con la izquierda”, como enseña san Pablo, mi patrono. “Más os vale entrar tuertos o mancos en la vida” que ser arrojados fuera con todos los miembros.
Ayudadme con vuestras oraciones para que pueda combatir como es de ley, que pueda combatir bien mi combate y combatirlo hasta el final, corriendo así hasta alcanzar felizmente la meta; en esta vida ya no nos veremos, pero hallaremos la felicidad en el mundo futuro, cuando, ante el trono del Cordero inmaculado, cantaremos juntos sus alabanzas, rebosantes de alegría por el gozo de la victoria para siempre. Amén.
Responsorio
℟. Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús.
℟. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo.
℟. Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús.
Oración
Oh Dios, fuente y origen de toda paternidad, tú hiciste que los santos mártires Andrés y sus compañeros fueran fieles a la cruz de Cristo, con una fidelidad que llegó hasta el derramamiento de su sangre; concédenos, por su intercesión, que difundamos tu amor entre nuestros hermanos y que nos llamemos y seamos de verdad hijos tuyos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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