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sábado 7 de noviembre de 2026

Oficio de lectura

Sábado de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Al filo de los gallos,
viene la aurora;
los temores se alejan
como las sombras.
¡Dios, Padre nuestro,
en tu nombre dormimos
y amanecemos!

Como luz nos visitas,
Rey de los hombres,
como amor que vigila
siempre de noche;
cuando el que duerme,
bajo el signo del sueño,
prueba la muerte.

Del sueño del pecado
nos resucitas,
y es señal de tu gracia
la luz amiga.
¡Dios que nos velas!
Tú nos sacas por gracia
de las tinieblas.

Gloria al Padre, y al Hijo,
gloria al Espíritu,
al que es paz, luz y vida,
al Uno y Trino;
gloria a su nombre
y al misterio divino
que nos lo esconde. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo 106 I: Acción de gracias por la liberación

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que Él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrezcedle sacrificios de alabanza,
y contad con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Ant. 2

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Salmo 106 II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Ant. 3

Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Salmo 106 III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Versículo

℣. Señor, tu fidelidad llega hasta las nubes.

℟. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Primera lectura

Del libro de la Sabiduría Sb 18, 1-16; 19, 3-9

La noche de la Pascua

Sin embargo, una magnífica luz brillaba para tus santos.

Los egipcios, que oían su voz sin distinguir su figura, los felicitaban por no haber padecido como ellos; les daban las gracias porque no se vengaban de los agravios recibidos y les pedían perdón por su conducta hostil.

Tú, en cambio, preparaste una columna de fuego, como guía para el viaje desconocido y como sol inofensivo para la gloriosa travesía.

Bien merecían verse privados de luz y prisioneros de las tinieblas quienes tuvieron encarcelados a tus hijos, que habían de dar al mundo la luz incorruptible de la Ley.

A los que habían decretado matar a los niños de los santos, salvándose uno solo, abandonado, les arrebataste en castigo una multitud de hijos y los hiciste perecer juntos en las aguas impetuosas.

Aquella noche fue previamente anunciada a nuestros padres, para que se animasen, sabiendo bien en qué juramentos habían creído.

Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la destrucción de los enemigos, pues con lo que castigaste a los adversarios nos glorificaste, llamándonos a ti.

Los santos hijos de los buenos ofrecían sacrificios en secreto y establecían unánimes esta ley divina: que los santos compartirían los mismos bienes y peligros, cantando previamente las alabanzas de los antepasados.

Les respondía el grito disonante de los enemigos y cundían los lamentos de los que lloraban a sus hijos.

El esclavo y el amo sufrían idéntico castigo, y el plebeyo padecía la misma pena que el rey.

Todos por igual tenían cadáveres incontables con un mismo tipo de muerte.

No había vivos suficientes para enterrarlos, porque en un instante pereció lo mejor de su raza.

Los que no creían en nada a causa de las artes mágicas, ante la muerte de los primogénitos acabaron por reconocer que aquel pueblo era hijo de Dios.

Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde los cielos, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre la tierra condenada, empuñando la espada afilada de tu decreto irrevocable; y cuando se detuvo, todo lo llenó de muerte; tocaba el cielo mientras pisaba la tierra.

Cuando todavía estaban ocupados en los funerales y llorando sobre las tumbas de los muertos, concibieron otro proyecto insensato y persiguieron como fugitivos a los que habían despedido con súplicas.

A tales extremos los empujaba su merecido destino, haciéndoles olvidar el pasado, para que consumaran el castigo que aún faltaba a sus tormentos y, mientras tu pueblo emprendía un viaje maravilloso, encontraran ellos una muerte insólita.

Porque toda la creación, obediente a tus órdenes, se transformó de nuevo en su misma naturaleza para resguardar sanos y salvos a tus hijos.

Vieron la nube que daba sombra al campamento, la tierra firme que emergía de lo que antes era agua, un camino abierto en el mar Rojo y una llanura verde en las olas impetuosas, por donde tus protegidos pasaron en masa, contemplando prodigios admirables.

Pastaban como caballos y retozaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.

Responsorio

℣. Tus santos, Señor, realizaron un viaje sorprendente, cumpliendo tus órdenes, y los guardaste incólumes en medio del violento oleaje. * Emergió la tierra firme, convertido el mar Rojo en camino practicable.

℟. Cantaron, Señor, un himno a tu santo nombre, ensalzando a coro tu mano victoriosa.

℟. Emergió la tierra firme, convertido el mar Rojo en camino practicable.

Segunda lectura

San Ambrosio Del tratado sobre el bien de la muerte. (Caps. 3, 9; 4, 15: CSEL 32, 710. 716-717)

En toda ocasión, llevemos en el cuerpo la muerte de Jesús

Dice el Apóstol: “El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”. Existe, pues, en esta vida una muerte que es buena; por ello se nos exhorta a que “en toda ocasión y por todas partes, llevemos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”.

Que la muerte vaya, pues, actuando en nosotros, para que también se manifieste en nosotros la vida, es decir, para que obtengamos aquella vida buena que sigue a la muerte, vida dichosa después de la victoria, vida feliz, terminado el combate, vida en la que la ley de la carne no se opone ya a la ley del espíritu, vida, finalmente, en la que ya no es necesario luchar contra el cuerpo mortal, porque el mismo cuerpo mortal ha alcanzado ya la victoria.

Yo mismo no sabría decir si la grandeza de esta muerte es mayor incluso que la misma vida. Pues me hace dudar la autoridad del Apóstol que afirma: “Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros”. En efecto, ¡cuántos pueblos no fueron engendrados a la vida por la muerte de uno solo! Por ello, enseña el Apóstol que los que viven en esta vida deben apetecer que la muerte feliz de Cristo brille en sus propios cuerpos y deshaga nuestra condición física “para que nuestro hombre interior se renueve y, si se destruye este nuestro tabernáculo terreno”, tenga lugar la edificación de una casa eterna en el cielo.

Imita, pues, la muerte del Señor quien se aparta de la vida según la carne y aleja de sí aquellas injusticias de las que el Señor dice por Isaías: “Abre las prisiones injustas, haz saltar los cerrojos de los cepos, deja libres a los oprimidos, rompe todos los cepos”.

El Señor, pues, quiso morir y penetrar en el reino de la muerte para destruir con ello toda culpa; pero, a fin de que la naturaleza humana no acabara nuevamente en la muerte, se nos dio la resurrección de los muertos: así, por la muerte, fue destruida la culpa y, por la resurrección, la naturaleza humana recobró la inmortalidad.

La muerte de Cristo es, pues, como la transformación del universo. Es necesario, por tanto, que también tú te vayas transformando sin cesar: debes pasar de la corrupción a la incorrupción, de la muerte a la vida, de la mortalidad a la inmortalidad, de la turbación a la paz. No te perturbe, pues, al oír el nombre de muerte, antes bien, deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz. ¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes? Por eso, dice la Escritura: “Que mi muerte sea la de los justos”, es decir, sea yo sepultado como ellos, para que desaparezcan mis culpas y sea revestido de la santidad de los justos, es decir, de aquellos que llevan en su cuerpo y en su alma la muerte de Cristo.

Responsorio

℟. Es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él.

℟. El hombre paciente aguanta hasta el momento justo, y al final su paga es la alegría.

℟. Si perseveramos, reinaremos con él.

Oración

Dios de poder y misericordia, de quien procede el que tus fieles te sirvan digna y meritoriamente, concédenos avanzar sin obstáculos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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