LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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02 ¿Qué deseas rezar?

viernes 30 de octubre de 2026

Oficio de lectura

Viernes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Por el dolor creyente que brota del pecado;
por haberte querido de todo corazón;
por haberte, Dios mío, tantas veces negado,
tantas veces pedido, de rodillas, perdón.

Por haberte perdido, por haberte encontrado.
Porque es como un desierto nevado mi oración;
porque es como la hiedra sobre un árbol cortado
el recuerdo que brota cargado de ilusión.

Porque es como la hiedra, déjame que te abrace,
primero amargamente, lleno de flor después,
y que a mi viejo tronco poco a poco me enlace,

y que mi vieja sombra se derrame a tus pies.
¡Porque es como la rama donde la savia nace,
mi corazón, Dios mío, sueña que tú lo ves! Amén.

O bien:

El dolor extendido por tu cuerpo,
sometida tu alma como un lago,
vas a morir y mueres por nosotros
ante el Padre que acepta perdonándonos.

Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele
tu agonía en el mundo, en tus hermanos.
Que hay hambre, ese resumen de injusticias;
que hay hombre en el que estás crucificado.

Gracias por tu palabra que está viva,
y aquí la van diciendo nuestros labios;
gracias porque eres Dios y hablas a Dios
de nuestras soledades, nuestros bandos.

Que no existan verdugos, que no insistan;
rezas hoy con nosotros que rezamos.
Porque existen las víctimas, el llanto. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37-I: Oración de un pecador en peligro de muerte

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Señor, no me castigues con cólera.

Ant. 2

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37-II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.

Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant. 3

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37-III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Versículo

℣. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación.

℟. Y tu promesa de justicia.

Primera lectura

Del libro de la Sabiduría Sb 6, 1-27

La Sabiduría es digna de ser amada

Escuchad, reyes, y entended. Aprended, gobernantes de los confines de la tierra. Estad atentos los que domináis multitudes y presumís de tener muchos pueblos.

Pues recibisteis el poder del Señor y la soberanía del Altísimo; él investigará vuestras acciones y examinará vuestros proyectos. Porque, siendo ministros de su reino, no juzgasteis rectamente, ni guardasteis la ley, ni actuasteis de acuerdo con la voluntad de Dios, terrible y repentino caerá sobre vosotros, pues un juicio implacable aguarda a los grandes.

Porque al más humilde se le perdona por piedad, pero los poderosos serán poderosamente examinados. El Señor de todos no retrocede ante nadie, ni la grandeza le intimida; que él mismo hizo a pequeños y grandes y de todos cuida por igual; pero a los poderosos les aguarda una investigación rigurosa.

A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras para que aprendáis sabiduría y no pequéis. Porque los que guarden santamente las cosas santas, serán santificados, y los que las aprendan encontrarán defensa. Así, pues, ansiad mis palabras; anheladlas y recibiréis instrucción.

La sabiduría es radiante e inmarcesible. Se deja ver fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Se adelanta a manifestarse a los que la desean. Quien madruga para buscarla, no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta.

Meditar sobre ella es sensatez consumada, quien se desvela por ella pronto se ve libre de preocupaciones. Pues ella misma va buscando a los que son dignos de ella, se les muestra benévola por los caminos y sale al encuentro de todos sus pensamientos.

Su verdadero comienzo es el afán de instrucción, el interés por la instrucción es amor, el amor es la observancia de sus leyes, la atención a las leyes es garantía de inmortalidad y la inmortalidad acerca a Dios; por tanto, el afán de la sabiduría conduce al reino. Así que, si queréis tronos y cetros, soberanos de los pueblos, apreciad la sabiduría y reinaréis eternamente.

Os voy a explicar la esencia y el origen de la sabiduría; no os ocultaré secretos, sino que rastrearé sus huellas desde su origen y pondré de manifiesto su conocimiento sin eludir la verdad.

No compartiré el camino con la envidia corrosiva, pues nada tiene que ver con la Sabiduría. En la abundancia de sabios está la salvación del mundo y en un rey sensato, el bienestar del pueblo.

Así, pues, dejaos instruir por mis palabras y sacaréis provecho.

Responsorio

℣. Aprendí la sabiduría sin malicia y la reparto sin envidia; * porque es un tesoro inagotable para los hombres.

℟. Infelices los que desprecian la sabiduría y la instrucción, pues Dios no ama sino a quien vive con la sabiduría.

℟. Porque es un tesoro inagotable para los hombres.

Segunda lectura

Balduino de Cantorbery Tratado 6: PL 204, 451-453

La Palabra de Dios es viva y eficaz

“La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo”. Los que buscan a Cristo, palabra, fuerza y sabiduría de Dios, descubren por esta expresión de la Escritura toda la grandeza, fuerza y sabiduría de aquel que es la verdadera Palabra de Dios y que existía ya antes del comienzo de los tiempos y, junto al Padre, participaba de su misma eternidad. Cuando llegó el tiempo oportuno, esta Palabra fue revelada a los apóstoles, por ellos el mundo la conoció, y el pueblo de los creyentes la recibió con humildad. Esta Palabra existe, por tanto, en el seno del Padre, en la predicación de quienes la proclaman y en el corazón de quienes la aceptan.

Esta Palabra de Dios es viva, ya que el Padre le ha concedido poseer la vida en sí misma, como el mismo Padre posee la vida en sí mismo. Por lo cual, hay que decir que esta Palabra no solo es viva, sino que es la misma vida, como afirma el propio Señor, cuando dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Precisamente porque esta Palabra es la vida, es también viva y vivificante; por esta razón, está escrito: “Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere”. Es vivificante cuando llama a Lázaro del sepulcro, diciendo al que estaba muerto: “Lázaro, ven afuera”.

Cuando esta Palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos, y su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta Palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz.

Es eficaz en la creación del mundo, eficaz en el gobierno del universo, eficaz en la redención de los hombres. ¿Qué otra cosa podríamos encontrar más eficaz y más poderosa que esta Palabra? “¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza?” Esta Palabra es eficaz cuando actúa y eficaz cuando es proclamada; jamás vuelve vacía, sino que siempre produce fruto cuando es enviada.

“Es eficaz y más tajante que espada de doble filo” para quienes creen en ella y la aman. ¿Qué hay, en efecto, imposible para el que cree o difícil para el que ama? Cuando esta Palabra resuena, penetra en el corazón del creyente como si se tratara de “flechas de arquero afiladas”; y lo penetra tan profundamente que atraviesa hasta lo más recóndito del espíritu; por ello se dice que es más tajante que una espada de doble filo, más incisiva que todo poder o fuerza, más sutil que toda agudeza humana, más penetrante que toda la sabiduría y todas las palabras de los doctos.

Responsorio

℟. La fuente de la sabiduría es la Palabra de Dios en el cielo, y sus canales son los mandamientos eternos.

℟. La plenitud de la sabiduría es temer al Señor.

℟. Y sus canales son los mandamientos eternos.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para que merezcamos conseguir lo que prometes, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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