LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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02 ¿Qué deseas rezar?

sábado 24 de octubre de 2026

Oficio de lectura

Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Gracias, Señor, por la aurora;
gracias por el nuevo día;
gracias por la Eucaristía;
gracias por nuestra Señora.

Y gracias por cada hora
de nuestro andar peregrino.

Gracias por el don divino
de tu paz y de tu amor,
la alegría y el dolor,
al compartir tu camino.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

Salmodia

Ant. 1

El que se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Salmo 130: Abandono confiado en los brazos de Dios

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

El que se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Ant. 2

Dios mío, con sincero corazón te lo ofrezco todo.

Salmo 131-I: Promesas a la casa de David

Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob:

"No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob."

Oímos que estaba en Efrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Dios mío, con sincero corazón te lo ofrezco todo.

Ant. 3

El Señor juró a David una promesa: su reino permanecerá eternamente.

Salmo 131-II

El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
"A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.

Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono."

Porque el Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
"Ésta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.

Bendeciré sus provisiones,
a sus pobres los saciaré de pan,
vestiré a sus sacerdotes de gala,
y sus fieles aclamarán con vítores.

Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema".

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

El Señor juró a David una promesa: su reino permanecerá eternamente.

Versículo

℣. Venid a ver las obras del Señor.

℟. Las maravillas que hace en la tierra.

Primera lectura

Del libro del Eclesiástico Eclo 51, 1-12

Himno de acción de gracias

Te doy gracias, Rey y Señor, te alabo, oh Dios mi salvador, a tu nombre doy gracias. Porque fuiste mi protector y mi auxilio, y libraste mi cuerpo de la perdición, del lazo de una lengua traicionera, de los labios que urden mentiras; frente a mis adversarios fuiste mi auxilio y me liberaste, por tu inmensa misericordia y tu nombre glorioso, de las dentelladas de los que iban a devorarme, de la mano de los que buscaban mi vida, de las muchas tribulaciones que he sufrido, de las llamas sofocantes que me envolvían, de un fuego que yo no había encendido, de las entrañas del abismo, de la lengua impura, de la palabra mentirosa, - calumnia de una lengua injusta ante el rey-.

Yo estaba a punto de morir, mi vida tocaba el abismo profundo. Por todas partes me asediaban y nadie me auxiliaba, buscaba a alguien que me ayudara y no había nadie.

Entonces me acordé, Señor, de tu misericordia, y de tus obras que son desde siempre, de que tú sostienes a los que esperan en ti, y los salvas de la mano de enemigos. Y desde la tierra elevé mi plegaria, supliqué ser librado de la muerte.

Clamé al Señor, padre de mi Señor: «No me abandones en el día del peligro, cuando mandan los orgullosos y estoy indefenso. Alabaré tu nombre sin cesar, cantaré himnos de acción de gracias.»

Y mi oración fue escuchada, pues tú me salvaste de la perdición, y me libraste de aquel mal momento. Por eso te daré gracias y te alabaré, bendeciré el nombre del Señor.

Responsorio

℣. Me auxiliaste, Señor, con tu gran misericordia, del cerco apretado de las llamas, * del incendio de un fuego que no ardía.

℟. El Señor me asistió y me dio fuerzas, para llevar a feliz término la predicación del mensaje de salud; él me libró de la boca del león.

℟. Del incendio de un fuego que no ardía.

Segunda lectura

San Pedro Crisólogo Sermón 117

El Verbo, sabiduría de Dios, se hizo hombre

El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.

Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.

Y ¿qué más podemos añadir? Este es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.

«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual - dice-, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero - dice-, primero vino la vida y después el espíritu». Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno de su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.

Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros.

Responsorio

℟. Si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida.

℣. Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.

℟. También la justicia de uno traerá la justificación y la vida.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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