jueves 22 de octubre de 2026
Oficio de lectura
Jueves de la 29ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.
Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.
Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.
La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.
Salmodia
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
Salmo 17, 31-51-IV: Acción de gracias
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
Él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;
Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
Él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
Tu diestra, Señor, me sostuvo.
Salmo 17, 31-51-V
Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;
yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebataba el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.
Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Tu diestra, Señor, me sostuvo.
Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.
Salmo 17, 31-51-VI
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.
Versículo
℣. Ábreme, Señor, los ojos.
℟. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.
Primera lectura
Del libro del Eclesiástico Eclo 38, 24-39, 11
Los oficios manuales y la meditación de la Sabiduría
La sabiduría del escriba se adquiere en los ratos de ocio, el que se libera de los negocios se hará sabio.
¿Cómo podrá llegar a sabio el que empuña el arado, y alardea de tener por lanza el aguijón, el que conduce bueyes, los arrea mientras trabajan, y no sabe hablar más que de novillos? Se dedica con empeño a abrir surcos, y se desvela cebando terneras.
De igual modo el obrero o artesano, que trabaja noche y día; los que graban las efigies de los sellos, y se afanan por variar los detalles, ponen todo su empeño en igualar el modelo, y pasan las noches rematando la obra.
También el herrero sentado junto al yunque, atento a los trabajos del hierro; el vapor del fuego le requema la carne, y en el calor de la fragua se fatiga, el ruido del martillo le ensordece, y sus ojos están fijos en el modelo del objeto; se esfuerza por concluir su obra, y pasa sus noches puliendo todos los detalles.
Igualmente el alfarero sentado a su tarea, haciendo girar el torno con sus pies, continuamente preocupado por su trabajo, y ocupado en producir un buen número de piezas; con su brazo moldea la arcilla, con sus pies ablanda su dureza; se esfuerza por acabar el barnizado, y pasa sus noches limpiando el horno.
Todos éstos confían en sus manos, y cada uno es sabio en su oficio. Sin ellos no se podría construir una ciudad, ni se podría habitar ni circular por ella. Pero no se les busca para el consejo del pueblo, ni ocupan puestos de honor en la asamblea. No se sientan en el sitial del juez, ni comprenden las disposiciones del derecho. No son capaces de enseñar ni de juzgar, ni se cuentan entre los que dicen máximas.
Pero ellos aseguran la creación eterna, y su oración tiene por objeto las tareas de su oficio. No así el que se aplica de lleno a meditar la ley del Altísimo. Indaga la sabiduría de todos los antiguos, y dedica su ocio a estudiar las profecías, conserva los relatos de los hombres célebres, y penetra en las sutilezas de las parábolas, busca el sentido oculto de los proverbios, y se interesa por los enigmas de las parábolas.
En medio de los poderosos presta su servicio, se presenta ante los jefes; viaja por tierras extranjeras, experimenta lo bueno y lo malo de los hombres.
Por la mañana dirige su corazón hacia el Señor, su Hacedor; suplica ante el Altísimo, abre su boca en oración, y ruega por sus pecados.
Si el Señor, el Grande, lo quiere, lo llenará de espíritu de inteligencia; le hará derramar como lluvia las palabras de su sabiduría, y en la oración dará gracias al Señor. Enderezará su consejo y su ciencia, y meditará los misterios ocultos. Mostrará la instrucción recibida, y se gloriará en la ley de la alianza del Señor.
Muchos elogiarán su inteligencia, y jamás será olvidada. No desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación. Las naciones hablarán de su sabiduría, y la asamblea proclamará su alabanza. Mientras viva, su nombre será famoso entre mil, y cuando muera, esto le bastará.
Responsorio
℣. El sabio abre la boca para suplicar; * si el Señor lo quiere, él se llenará de espíritu de inteligencia.
℟. Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente.
℟. Si el Señor lo quiere, él se llenará de espíritu de inteligencia.
Segunda lectura
San Agustín de Hipona De la carta a Proba. (Carta 130, 14, 25-26: CSEL 44, 68-71)
No sabemos pedir lo que nos conviene
Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que “no sabemos pedir lo que nos conviene”, siendo así que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.
Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene, por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando, en medio de la sublimidad de sus revelaciones, le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de Satanás que lo apaleaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que pedía un hombre tan santo: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”.
Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos es porque nos olvida; sino más bien, por la paciente tolerancia de estos males, esperemos obtener bienes mayores, y así “la fuerza se realiza en la debilidad”. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.
Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino Mediador, el cual dijo en su pasión: “Padre, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz”, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: “Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”. Por lo cual, entendemos perfectamente que “por la obediencia de uno todos se convertirán en justos”.
Responsorio
℟. Pedid, y se os dará; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
℣. Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente.
℟. Porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre
Oración
Oh Dios, que concediste a tu obispo san Antonio María Claret una caridad y un valor admirables para anunciar el Evangelio a los pueblos, concédenos, por su intercesión, que, buscando siempre tu voluntad en todas las cosas, trabajemos generosamente por ganar nuevos hermanos para Cristo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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