jueves 20 de agosto de 2026
Oficio de lectura
San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Vosotros sois luz del mundo
y ardiente sal de la tierra,
ciudad esbelta en el monte,
fermento en la masa nueva.
Vosotros sois los sarmientos,
y yo la Vid verdadera.
Si el Padre poda las ramas,
más fruto llevan las cepas.
Vosotros sois la abundancia
del reino que ya está cerca;
los doce mil señalados
que no caerán en la siega.
¡Dichosos porque sois limpios
y ricos en la pobreza,
y es vuestro el reino que sólo
se gana con la violencia! Amén.
Salmodia
Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101-I: Deseos y súplicas de un desterrado
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame enseguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
Salmo 101-II
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sion,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sion,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sion el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.
Salmo 101-III
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días."
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.
Versículo
℣. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza.
℟. Inclina el oído a las palabras de mi boca.
Primera lectura
Del libro del Eclesiastés Ecle 7, 1-29
No sepas más de lo que necesites
Más vale buena fama que suaves perfumes; y el día de la muerte más que el día del nacimiento. Más vale ir a la casa en duelo que a la casa en fiesta, pues ése es el fin de todo hombre; y así el que vive pensará en ello.
Más vale llorar que reír, pues una cara triste puede ocultar un corazón feliz. El sabio piensa en la casa en duelo, pero el necio piensa en la casa en fiesta.
Más vale oír reproche de sabio que oír alabanza de necios. Porque como crepitar de zarzas bajo la olla, así es el reír del necio: y también esto es vanidad. El halago atonta al sabio, y el soborno pervierte su corazón.
Más vale el final de una cosa que su comienzo, y más vale paciente que arrogante. No te dejes llevar del enojo, pues el enojo anida en el pecho de los necios. No digas: ¿Cómo es posible que el pasado sea mejor que el presente? Pues no es de sabios preguntar sobre ello.
Buena es la sabiduría con hacienda, y aprovecha a los que ven el sol. Al amparo de la sabiduría como al amparo del dinero, pero el saber le aventaja porque da vida a su dueño.
Mira la obra de Dios: ¿quién podrá enderezar lo que él torció? Alégrate en el día feliz y, en el día desgraciado, considera que Dios ha hecho muy bien a uno y otro para que el hombre no descubra su porvenir.
En mi vano vivir, de todo he visto: honrados perecer en su honradez, y malvados envejecer en su maldad. No quieras ser honrado en demasía, ni te vuelvas demasiado sabio. ¿A qué destruirte? No quieras ser malvado en demasía, ni te hagas el insensato. ¿A qué morir antes de tiempo? Bueno es agarrar esto sin dejar aquello de la mano, porque el temeroso de Dios de todo sale bien parado. La sabiduría hace más fuerte al sabio que diez poderosos que haya en la ciudad. No hay nadie tan honrado en la tierra que haga el bien sin nunca pecar.
Tampoco hagas caso de todo lo que se dice, para que no oigas que tu siervo te maldice, pues sabes muy bien cuántas veces tú también has maldecido a otros.
Todo esto lo intenté recurriendo a la sabiduría. Me dije: Seré sabio. ¡Pero qué lejos estaba de mi alcance! Lo que existe está lejos y es muy profundo: ¿quién dará con ello?
Me he dedicado a explorar y a buscar sabiduría y buen tino, y a reconocer que la maldad es necedad, y la necedad locura.
Y he descubierto que la mujer es más amarga que la muerte, porque es como una red, su corazón como un lazo, sus brazos como cadenas: El que agrada a Dios se libra de ella, pero el pecador cae en su trampa.
Mira, esto he descubierto -dice Cohélet- tratando de razonar caso por caso: aunque he seguido buscando, nada he encontrado.
Un hombre encontré entre mil, pero entre todas ellas no encontré una mujer. Mira, sólo esto descubrí: Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con tantos razonamientos.
Responsorio
℣. ¿Quién se atreverá a decir: «Tengo la conciencia limpia, estoy libre de pecado»? * Pues no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar.
℟. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos; pero si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es Dios para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.
℟. Pues no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar.
Segunda lectura
San Bernardo Sermón sobre el libro del Cantar de los cantares (Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)
Amo porque amo, amo por amar
El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la criatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.
Responsorio
℟. Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles.
℣. Se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias.
℟. Reservas para tus fieles.
Oración
Señor, Dios nuestro, tú hiciste del abad san Bernardo, inflamado en el celo de tu casa, una lámpara ardiente y luminosa en medio de tu Iglesia; concédenos, por su intercesión, participar de su ferviente espíritu y caminar siempre como hijos de la luz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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