LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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lunes 17 de agosto de 2026

Oficio de lectura

Lunes de la 20ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Crece la luz bajo tu hermosa mano,
Padre celeste, y suben
los hombres matutinos al encuentro
de Cristo Primogénito.

Él hizo amanecer en tu presencia
y enalteció la aurora
cuando no estaba el hombre sobre el mundo
para poder cantarla.

Él es principio y fin del universo,
y el tiempo, en su caída,
se acoge al que es la fuerza de las cosas
y en él rejuvenece.

Él es la luz profunda, el soplo vivo
que hace posible el mundo
y anima, en nuestros labios jubilosos,
el himno que cantamos.

He aquí la nueva luz que asciende y busca
su cuerpo misterioso;
he aquí, en el ancho sol de la mañana,
el signo de su gloria.

Y tú que nos lo entregas cada día,
revélanos al Hijo,
potencia de tu diestra y Primogénito
de toda criatura. Amén.

O bien:

Y dijo el Señor Dios en el principio:
"¡Que sea la luz!" Y fue la luz primera.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: "¡Que exista el firmamento!"
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: "¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!"

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: "¡Que brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!"

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: "¡Que el cielo se ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas!"

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: "¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!"

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: "¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!"

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y descansó el Señor el día séptimo.
Y el hombre continúa su tarea.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya! Amén.

Salmodia

Ant. 1

¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! Aleluya.

Salmo 72-I: Por qué sufre el justo

¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!

Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.

Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.

Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.

Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.

Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! Aleluya.

Ant. 2

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Salmo 72-II

Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?

Si yo dijera: "Voy a hablar como ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.

Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.

Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.

Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Ant. 3

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. Aleluya.

Salmo 72-III

Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.

Pero yo siempre estaré contigo,
tu agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.

Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sion.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. Aleluya.

Versículo

℣. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor.

℟. Más que miel en la boca.

Primera lectura

Del libro del Eclesiastés Ecle 2, 1-3.12-26

Vanidad de los placeres y de la sabiduría

Me dije para mis adentros: ¡Voy a probar con el placer y a disfrutar del bienestar! Pero vi que también esto es vanidad. A la risa llamé locura, y del placer dije: ¿Para qué vale? Traté de regalar mi cuerpo con vino, mientras guiaba mi reflexión con sabiduría, y de entregarme a la necedad hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida.

Me puse a considerar la sabiduría, la locura y la necedad.¿Qué hará el hombre que suceda al rey, sino lo que ya otros hicieron? Vi que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas.

El sabio tiene sus ojos abiertos, pero el necio camina en tinieblas. Pero también sé que la misma suerte alcanza a ambos.

Entonces me dije: Como la suerte del necio será la mía, ¿para qué sirve mi sabiduría? Y pensé que hasta eso mismo es vanidad. No hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio.

He detestado la vida, porque me repugna cuanto se hace bajo el sol, pues todo es vanidad y atrapar vientos.

Detesté todas mis fatigas y afanes bajo el sol, pues todo he de dejar a mi sucesor. ¿Quién sabe si será sabio o necio? Él se hará dueño de todo mi trabajo, lo que realicé con fatiga y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Y he acabado desanimado con todas mis fatigas y afanes bajo el sol, pues puede que un hombre se fatigue con sabiduría, ciencia y destreza, y tenga que dejar su paga a otro que en nada se fatigó. También esto es vanidad y mal grave.

Entonces, ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol? Pues todos sus días son dolorosos y su oficio penoso; y ni aun de noche descansa su mente. También esto es vanidad.

No hay mayor felicidad para el hombre que comer y beber, y disfrutar en medio de sus fatigas. Yo veo que también esto es don de Dios, pues ¿quién come y quién bebe, si él no lo permite? Porque Él da sabiduría, ciencia y alegría a quien le agrada; mas al pecador le da como tarea amontonar y atesorar para dejárselo a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y atrapar vientos.

Responsorio

℣. Dios da a quien le agrada sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador da el trabajo de amontonar y atesorar para dejárselo a quien a él le plazca. * También esto es vanidad y atrapar vientos.

℟. Raíz de todos los males es el afán del dinero; y algunos, por dejarse llevar de él, han quedado sumergidos en un mar de tormentos.

℟. También esto es vanidad y atrapar vientos.

Segunda lectura

San Gregorio Magno Tratados morales sobre el libro de Job 3, 39-40

Ataques por fuera y temores por dentro

Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones, teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos, se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos arrojándoles los dardos de su doctrina, y se ejercitan en una y otra clase de lucha con admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a las doctrinas desviadas, y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles; a aquéllos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a éstos les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud

Veamos cómo lucha contra unos y otros el soldado de la milicia de Dios. Dice san Pablo: Ataques por fuera, temores por dentro. Y enumera estas dificultades exteriores, diciendo: Con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Y añade cuáles son los dardos que asesta contra el adversario en semejante batalla: Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa.

Pero, en medio de tan fuertes batallas, nos dice también cuánta es la vigilancia con que protege el campamento, ya que añade a continuación: Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. Además de la fuerte batalla que él ha de sostener, se dedica compasivamente a la defensa del prójimo. Después de explicarnos los males que ha de sufrir, añade los bienes que comunica a los otros.

Pensemos lo gravoso que ha de ser tolerar las adversidades, por fuera, y proteger a los débiles, por dentro, todo ello al mismo tiempo. Por fuera sufre ataques, porque es azotado, atado con cadenas; por dentro sufre por el temor de que sus padecimientos sean un obstáculo no para él, sino para sus discípulos. Por esto, les escribe también: Nadie vacile a causa de estas tribulaciones. Ya sabéis que éste es nuestro destino. Él temía que sus propios padecimientos fueran ocasión de caída para los demás, que los discípulos, sabiendo que él había sido azotado por causa de la fe, se hicieran atrás en la profesión de su fe.

¡Oh inmenso y entrañable amor! Desdeñando lo que él padece, se preocupa de que los discípulos no padezcan en su interior desviación alguna. Menospreciando las heridas de su cuerpo, cura las heridas internas de los demás. Es éste un distintivo del hombre justo, que, aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás; sufre con paciencia sus propias aflicciones, sin abandonar por ello la instrucción que prevé necesaria para los demás, obrando así como el médico magnánimo cuando está él mismo enfermo. Mientras sufre las desgarraduras de su propia herida, no deja de proveer a los otros el remedio saludable.

Responsorio

℟. No me alejes, Señor, de tu presencia; mantén lejos de mí tu mano y no me espantes con tu terror.

℣. Corrígeme, Señor, con misericordia, no con ira; no vaya a quedar reducido a la nada.

℟. Y no me espantes con tu terror.

Oración

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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