viernes 7 de agosto de 2026
Oficio de lectura
Viernes de la 18ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Por el dolor creyente que brota del pecado;
por haberte querido de todo corazón;
por haberte, Dios mío, tantas veces negado,
tantas veces pedido, de rodillas, perdón.
Por haberte perdido, por haberte encontrado.
Porque es como un desierto nevado mi oración;
porque es como la hiedra sobre un árbol cortado
el recuerdo que brota cargado de ilusión.
Porque es como la hiedra, déjame que te abrace,
primero amargamente, lleno de flor después,
y que a mi viejo tronco poco a poco me enlace,
y que mi vieja sombra se derrame a tus pies.
¡Porque es como la rama donde la savia nace,
mi corazón, Dios mío, sueña que tú lo ves! Amén.
O bien:
El dolor extendido por tu cuerpo,
sometida tu alma como un lago,
vas a morir y mueres por nosotros
ante el Padre que acepta perdonándonos.
Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele
tu agonía en el mundo, en tus hermanos.
Que hay hambre, ese resumen de injusticias;
que hay hombre en el que estás crucificado.
Gracias por tu palabra que está viva,
y aquí la van diciendo nuestros labios;
gracias porque eres Dios y hablas a Dios
de nuestras soledades, nuestros bandos.
Que no existan verdugos, que no insistan;
rezas hoy con nosotros que rezamos.
Porque existen las víctimas, el llanto. Amén.
Salmodia
Señor, no me castigues con cólera.
Salmo 37-I: Oración de un pecador en peligro de muerte
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, no me castigues con cólera.
Señor, todas mis ansias están en tu presencia.
Salmo 37-II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, todas mis ansias están en tu presencia.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.
Salmo 37-III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.
Versículo
℣. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación.
℟. Y tu promesa de justicia.
Primera lectura
Del libro del profeta Malaquías Ml 1, 1-14; 2, 13-16
Vaticinios contra los sacerdotes negligentes, contra los que defraudan el culto y contra los infieles al matrimonio
Oráculo. Palabra del Señor dirigida a Israel por medio de Malaquías.
Os he amado, dice el Señor. -Pero vosotros decís: ¿En qué se nota que nos has amado? -¿No era Esaú hermano de Jacob?, oráculo del Señor. Y sin embargo amé a Jacob y odié a Esaú. Entregué sus montes a la desolación y su heredad a los chacales del desierto. Si dice Edom: «Hemos sido aplastados, pero reedificaremos nuestras ruinas», así dice el Señor: Ellos edificarán, pero yo demoleré, y los llamarán: «Territorio de impiedad», y «Pueblo contra el que el Señor está irritado para siempre». Vuestros ojos lo verán y vosotros diréis: «¡Grande es el Señor más allá del término de Israel!»
El hijo honra a su padre, el siervo a su señor. Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honra? Y si señor, ¿dónde mi temor?, os dice el Señor a vosotros, sacerdotes que menospreciáis mi Nombre. -Decís: ¿En qué hemos menospreciado tu Nombre? - Presentando en mi altar pan impuro.- Y encima preguntáis: ¿En qué te hemos manchado? -Pensando que la mesa del Señor es despreciable. Y cuando presentáis para el sacrificio una res ciega, ¿no está mal? Y cuando presentáis una coja o enferma, ¿no está mal? Anda, ofrécesela a tu gobernador: ¿se te pondrá contento o te acogerá con agrado?, dice el Señor. Ahora, pues, aplacad a Dios para que tenga compasión de nosotros. Venís con eso en vuestras manos, ¿acaso os acogerá agradecido?, dice el Señor. ¡Ojalá alguien de vosotros cerrara las puertas para que no encendáis mi altar en vano! No me gustáis nada, dice el Señor, ni me agrada la oblación que traéis. Desde levante hasta poniente grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar ofrecen a mi Nombre sacrificios de incienso y oblaciones puras, pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice el Señor. Pero vosotros lo profanáis, cuando decís: ¡La mesa del Señor está manchada, son repugnantes sus alimentos!, y me despreciáis añadiendo: ¡Qué lata!, dice el Señor. Cuando traéis una res robada, o coja, o enferma, cuando traéis una oblación así, ¿pensáis que la voy a aceptar de vuestras manos?, dice el Señor. ¡Maldito el tramposo que promete un macho de su rebaño y sacrifica al Señor una bestia castrada! ¡Que yo soy un gran Rey, dice el Señor, y mi Nombre admirado entre las naciones!
Y hacéis otra cosa más: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llantos y suspiros, porque él ya no acepta vuestra oblación, ni la recibe gustoso de vuestras manos. Y encima decís: ¿Por qué? Porque el Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que era tu compañera, la mujer con la que te habías comprometido. ¿No los ha hecho un solo ser, dotado de carne y espíritu? Y este uno ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guardad, pues, vuestro espíritu; no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio, dice el Dios de Israel, y al que encubre con su vestido la violencia, dice el Señor. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición.
Responsorio
℣. Mi alianza con él era vida y paz, y se la di para que respetara mi nombre. * Una doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad
℟. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.»
℟. Una doctrina auténtica llevaba en su boca, y en sus labios no se hallaba maldad.
Segunda lectura
San Juan de la Cruz Del Cántico espiritual (Canción 39, 4-7)
Me casaré contigo en matrimonio perpetuo
En la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa esta misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el alma, aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra vida. Porque esto es lo que entiendo quiso decir san Pablo cuando dijo: “Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre”.
Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado, porque, dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma? Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza.
Y como esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios, como dice san Juan; y así lo pidió al Padre por el mismo san Juan, diciendo: “Padre, quiero que los que me has dado, que, donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean la claridad que me diste”; es a saber, que hagan por participación en nosotros, la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el Espíritu Santo. Y dice más: “No ruego, Padre, solamente por estos presentes, sino también por aquellos que han de creer por su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa, de la manera que tú, Padre, estás en mí y yo en ti, así ellos en nosotros sean una misma cosa. Y yo, la claridad que me has dado, he dado a ellos, para que sean una misma cosa, como nosotros somos una misma cosa, yo en ellos y tú en mí; para que sean perfectos en uno, para que conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí”, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco, se entiende, aquí quiere decir el Hijo al Padre que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo, sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor.
De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde san Pedro dijo: “Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud por la vida y la piedad, por el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas nos dio, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza”.
Hasta aquí son palabras de san Pedro, en las cuales da claramente a entender que el alma participará al mismo Dios, que será obrando en él, acompañadamente con él, la obra de la Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de la unión sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida, todavía en esta, cuando se llega al estado perfecto, como decimos ha llegado aquí el alma, se alcanza gran rastro y sabor de ella, al modo que vamos diciendo, aunque, como habemos dicho, no se puede decir.
¡Oh almas criadas para esas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!
Responsorio
℟. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
℟. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
℟. Para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
Oración
Atiende, Señor, a tus siervos y derrama tu bondad imperecedera sobre los que te suplican, para que renueves lo que creaste y conserves lo renovado en estos que te alaban como autor y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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