viernes 24 de julio de 2026
Oficio de lectura
Viernes de la 16ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Eres la luz y siembras claridades;
abres los anchos cielos, que sostiene
como columna el brazo de tu Padre.
Arrebatada en rojos torbellinos,
el alba apaga estrellas lejanísimas;
la tierra se estremece de rocío.
Mientras la noche cede y se disuelve,
la estrella matinal, signo de Cristo,
levanta el nuevo día y lo establece.
Eres la luz total, día del día,
el Uno en todo, el Trino todo en Uno:
¡gloria a tu misteriosa teofanía! Amén.
O bien:
Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.
Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.
Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.
Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!
¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.
Salmodia
Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
Salmo 54, 2-15. 17-24-I: Oración ante la traición de un amigo
Dios mío, escucha mi oración,
no te cierres a mi súplica;
hazme caso y respóndeme,
me agitan mis ansiedades.
Me turba la voz del enemigo,
los gritos del malvado:
descargan sobre mí calamidades
y me atacan con furia.
Se me retuercen dentro las entrañas,
me sobrecoge un pavor mortal,
me asalta el temor y el terror,
me cubre el espanto,
y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma
para volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto,
me pondría enseguida a salvo de la tormenta,
del huracán que devora, Señor;
del torrente de sus lenguas.»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Salmo 54, 2-15. 17-24-II
Violencia y discordia veo en la ciudad:
día y noche hacen la ronda
sobre sus murallas;
en su recinto, crimen e injusticia;
dentro de ella, calamidades;
no se apartan de su plaza
la crueldad y el engaño.
Si mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él;
pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad:
Juntos íbamos entre el bullicio
por la casa de Dios.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará.
Salmo 54, 2-15. 17-24-III
Pero yo invoco a Dios,
y el Señor me salva:
por la tarde, en la mañana, al mediodía,
me quejo gimiendo.
Dios escucha mi voz:
su paz rescata mi alma
de la guerra que me hacen,
porque son muchos contra mí.
Dios me escucha, los humilla
el que reina desde siempre,
porque no quieren enmendarse
ni temen a Dios.
Levantan la mano contra su aliado,
violando los pactos;
su boca es más blanda que la manteca,
pero desean la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero son puñales.
Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
no permitirá jamás que el justo caiga.
Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos
a la fosa profunda.
Los traidores y sanguinarios
no cumplirán ni la mitad de sus años.
Pero yo confío en ti.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará.
Versículo
℣. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría.
℟. Presta oído a mi inteligencia.
Primera lectura
Del libro de Job Job 22, 1-30
Elifaz de Temán respondió así: ¿Acaso puede un hombre ser útil a Dios si apenas el sensato lo es para sí? ¿Le importa a Sadday que tengas razón?, ¿en qué le aprovecha tu honrada conducta? ¿Te castiga acaso por tu piedad o te cita a juicio por ello? ¿No será por tu inmensa maldad?, ¿no será por tus culpas sin límite?
Exigías sin razón prendas a tus hermanos, despojabas de su ropa al desnudo; no dabas de beber al sediento, privabas de pan al hambriento; como poderoso dueño de la tierra, como privilegiado habitante de ella, despedías a las viudas de vacío, destrozabas los brazos de los huérfanos.
Por eso te cercan redes, te asalta de súbito el terror; la luz se oscurece y no ves, te engullen aguas caudalosas.
¿No está Dios en lo alto del cielo? ¡Mira qué altas están las estrellas! Y dices: «¿Qué sabe Dios? ¿Podrá ver tras nubarrones? Las nubes lo tapan, no ve cuando anda por la órbita del cielo».
¿Quieres seguir tú la antigua ruta que pisaron hombres perversos, aventados antes de tiempo, cuando un río arrasó sus cimientos? Decían a Dios: «Fuera de aquí, ¿qué puede hacernos Sadday?».
Aunque colmaba sus casas de bienes, lo excluían con sus planes perversos. Los justos se alegran al verlo, los íntegros se burlan de ellos: Ved, nuestro adversario exterminado, el fuego ha devorado su abundancia».
Reconcíliate con él y haz las paces, y te será devuelta tu dicha. Acepta la enseñanza de su boca, piensa siempre en sus palabras. Si vuelves a Sadday con humildad, se alejará de tu tienda la maldad; si arrojas al polvo el oro, el Ofir a las piedras del arroyo,
Sadday será tu tesoro, será tu plata a montones. Será Sadday tu delicia, a Dios alzarás tu rostro; le rezarás, te escuchará, podrás cumplir tus promesas; tendrás éxito en tu empresa, brillará en tus sendas la luz.
Él humilla la empresa arrogante, pero salva al que baja los ojos. Pone a salvo al hombre inocente, lo salva por la pureza de sus manos.
Responsorio
℣. Reconcíliate y ten paz con Dios, y recibirás bienes; * acepta la instrucción de su boca, y guarda sus palabras en tu corazón.
℟. Si te vuelves al Todopoderoso, te restablecerá, y alejará de tu tienda la injusticia.
℟. Acepta la instrucción de su boca, y guarda sus palabras en tu corazón.
Segunda lectura
San Agustín de Hipona Del libro de las Confesiones (Libro 10, 43, 68-70: CCL 27, 192-193)
Cristo murió por todos
Señor, el verdadero mediador que por tu secreta misericordia revelaste a los humildes, y lo enviaste para que con su ejemplo aprendiesen la misma humildad, <i>ese mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús</i>, apareció en una condición que lo situaba entre los pecadores mortales y el Justo inmortal: pues era mortal en cuanto hombre, y era justo en cuanto Dios. Y así, puesto que la justicia origina la vida y la paz, por medio de esa justicia que le es propia en cuanto que es Dios destruyó la muerte de los impíos al justificarlos, esa muerte que se dignó tener en común con ellos.
¡Oh, cómo nos amaste, Padre bueno, que <i>no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por nosotros</i>, que éramos impíos! ¡Cómo nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo <i>no hizo alarde de ser igual a ti, al contrario, se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz!</i> Siendo como era el único libre entre los muertos, <i>tuvo poder para entregar su vida y tuvo poder para recuperarla</i>. Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote, precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos.
Con razón tengo puesta en él la firme esperanza de que sanarás todas mis dolencias por medio de él, que está sentado a tu diestra y que <i>intercede por nosotros</i>; de otro modo desesperaría. Porque muchas y grandes son mis dolencias; sí, son muchas y grandes, aunque más grande es tu medicina. De no haberse tu Verbo hecho carne y habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgarlo apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros.
Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad; mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: <i>Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos</i>.
He aquí, Señor, que ya arrojo en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda <i>contemplar las maravillas de tu voluntad</i>. Tú conoces mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, <i>en quien están encerrados todos los tesoros del saber y del conocer</i>, me redimió con su sangre. <i>No me opriman los insolentes</i>; que yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo distribuyo y, aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que comen de él y son saciados por él. <i>Y alabarán al Señor los que lo buscan</i>.
Responsorio
℟. Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
℟. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.
℟. Para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
Oración
Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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