viernes 17 de julio de 2026
Oficio de lectura
Viernes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
La noche, el caos, el terror,
cuanto a las sombras pertenece
siente que el alba de oro crece
y anda ya próximo el Señor.
El sol, con lanza luminosa,
rompe la noche y abre el día;
bajo su alegre travesía,
vuelve el color a cada cosa.
El hombre estrena claridad
de corazón, cada mañana;
se hace la gracia más cercana
y es más sencilla la verdad.
¡Puro milagro de la aurora!
Tiempo de gozo y eficacia:
Dios con el hombre, todo gracia
bajo la luz madrugadora.
¡Oh la conciencia sin malicia!
¡La carne, al fin, gloriosa y fuerte!
Cristo de pie sobre la muerte,
y el sol gritando la noticia.
Guárdanos tú, Señor del alba,
puros, austeros, entregados;
hijos de luz resucitados
en la Palabra que nos salva.
Nuestros sentidos, nuestra vida,
cuanto oscurece la conciencia
vuelve a ser pura transparencia
bajo la luz recién nacida. Amén.
O bien:
¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto por su sangre
como varón que pisa los racimos?
Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.
¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?
Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.
Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su elegido.
Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.
Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.
Salmodia
Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
Salmo 68, 2-22. 30-37-I: Me devora el celo de tu templo
Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Salmo 68, 2-22. 30-37-II
Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Salmo 68, 2-22. 30-37-III
Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sion,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Versículo
℣. El Señor nos instruirá en sus caminos.
℟. Y marcharemos por sus sendas.
Primera lectura
Del libro de Job Job 6, 1-30
Respuesta de Job, afligido y abandonado de Dios
Job respondió así: Si se pudiese pesar mi aflicción, todos mis males en una balanza! Pesarían más que la arena del mar, por eso mis palabras desatinan. Tengo clavadas las flechas de Sadday, mi vida se ahoga en su veneno, me hacen frente los terrores de Dios.
¿Rebuzna el onagro ante la hierba?, ¿muge el buey ante el forraje? ¿Come alguien lo soso sin sal?, ¿tiene sabor la clara del huevo? Lo que me daba asco catar es ahora mi comida de enfermo.
Ojalá se cumpla mi deseo y Dios responda a mi esperanza, que tenga a bien aplastarme, dejarme de su mano y rematarme. Tendría al menos un consuelo: torturado sin piedad, exultaría, pues nunca he rechazado los decretos del Santo. ¿Me quedan fuerzas para aguantar?, ¿tengo una meta a la que aspirar? ¿Es mi fuerza la de las rocas?, ¿es mi cuerpo de bronce?
Ya no sé dónde apoyarme, estoy aislado sin ayuda. Quien retira la compasión al prójimo abandona el temor de Sadday. Mis hermanos engañan lo mismo que un torrente, como cursos de agua después de la crecida: bajan turbios a causa del deshielo, cuando sobre ellos se funde la nieve, pero en tiempo de estiaje se secan, con el calor se evaporan sus cauces. Desvían de su ruta a las caravanas, se adentran en el desierto y desaparecen. Los otean las caravanas de Temá, van en su busca los convoyes de Saba, mas su esperanza se ve defraudada, llegan allí y quedan confundidos.
Así sois ahora para mí: veis mi horror y lo teméis. ¿He dicho acaso: «Dadme algo, poned a mi servicio vuestros bienes; libradme de manos del opresor, de manos del violento rescatadme?
Instruidme y guardaré silencio, hacedme ver dónde está mi error. Las palabras razonables se escuchan a gusto, pero, ¿qué critican vuestras críticas? ¿Intentáis refutar mis palabras, voces desesperadas que arrebata el viento? ¡Seríais capaces de sortear un huérfano, de especular con vuestro propio amigo!
Pero tened a bien mirarme, que no os mentiré a la cara. ¡Volveos, juguemos limpio, volveos, que va en ello mi inocencia! ¿Encontráis falsedad en mis labios?, ¿no distingue mi boca el infortunio?
Responsorio
℣. Si pudiera pesarse mi aflicción, * y juntarse en la balanza mis desgracias.
℟. Serían más pesadas que la arena; por eso desvarían mis palabras.
℟. Y juntarse en la balanza mis desgracias.
Segunda lectura
San Ambrosio de Milán Tratado sobre los misterios (43.47-49: SC 25bis, 178-180.182)
Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía
Los recién bautizados, enriquecidos con tales distintivos, se dirigen al altar de Cristo, diciendo: Me acercare al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. En efecto, despojados ya de todo resto de sus antiguos errores, renovada su juventud como un águila, se apresuran a participar del convite celestial. Llegan, pues, y, al ver preparado el sagrado altar, exclaman: Preparas una mesa ante mi. A ellos se aplican aquellas palabras del salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y más adelante: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mi, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.
Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que come de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.
Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.
Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían - dice el Apóstol- de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.
Responsorio
℟. Nuestros padres atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar. Todo esto les sucedía como un ejemplo.
℣. Todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual.
℟. Todo esto les sucedía como un ejemplo.
Oración
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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