martes 14 de julio de 2026
Oficio de lectura
Martes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Señor, el día empieza. Como siempre,
postrados a tus pies, la luz del día
queremos esperar.
Eres la fuerza
que tenemos los débiles, nosotros.
Padre nuestro,
que en los cielos estás, haz a los hombres
iguales: que ninguno se avergüence
de los demás; que todos al que gime
den consuelo; que todos, al que sufre
del hambre la tortura, le regalen
en rica mesa de manteles blancos
con blanco pan y generoso vino;
que no luchen jamás; que nunca emerjan,
entre las áureas mieses de la historia,
sangrientas amapolas, las batallas.
Luz, Señor, que ilumine las campiñas
y las ciudades; que a los hombres todos,
en sus destellos mágicos, envuelva
luz inmortal; Señor, luz de los cielos,
fuente de amor y causa de la vida.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Amén.
O bien:
Estoy, Señor, en la ribera sola
del infinito afán. Un niño grita
entre las olas, contra el viento yermo:
A través de la nada,
van mis caminos
hacia el dolor más alto,
pidiendo asilo.
La espuma me sostiene,
y el verde frío
de las olas me lleva
pidiendo asilo.
Hacia el amor más alto
que hay en mí mismo,
la esperanza me arrastra,
pidiendo asilo.
Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.
Salmodia
Se levanta Dios, y huyen de su presencia los que lo odian.
Salmo 67-I: Entrada triunfal del Señor
Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alfombrad el camino del que avanza por el desierto;
su nombre es el Señor:
alegraos en su presencia.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes
se quedan en la tierra abrasada.
Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo
y avanzabas por el desierto,
la tierra tembló, el cielo destiló
ante Dios, el Dios del Sinaí;
ante Dios, el Dios de Israel.
Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Se levanta Dios, y huyen de su presencia los que lo odian.
Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Salmo 67-II
El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
"los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.
Mientras reposabais en los apriscos,
las palomas batieron sus alas de plata,
el oro destellaba en sus plumas.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío".
Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?
Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributo de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: "Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo
y los perros la lamerán con sus lenguas".
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.
Salmo 67-III
Aparece tu cortejo, oh Dios,
el cortejo de mi Dios, de mi Rey,
hacia el santuario.
Al frente, marchan los cantores;
los últimos, los tocadores de arpa;
en medio, las muchachas van tocando panderos.
"En el bullicio de la fiesta, bendecid a Dios,
al Señor, estirpe de Israel".
Va delante Benjamín, el más pequeño;
los príncipes de Judá con sus tropeles;
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.
Oh Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.
Reprime a la Fiera del Cañaveral,
al tropel de los Toros,
a los Novillos de los pueblos.
Que se te rindan con lingotes de plata:
dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto,
Etiopía extienda sus manos a Dios.
Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos,
los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa:
"Reconoced el poder de Dios".
Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario, Dios impone reverencia:
es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.
Versículo
℣. Voy a escuchar lo que dice el Señor.
℟. Dios anuncia la paz a su pueblo.
Primera lectura
Del libro de Job Job 3, 1-26
Lamentación de Job
Finalmente Job empezó a hablar y maldijo el día de su nacimiento con estas palabras: Muera el día en que nací, la noche que anunció: «¡Ha sido concebido un varón!».
Que ese día se vuelva tinieblas, que Dios, desde lo alto, no lo eche en falta, que la luz no brille sobre él. Que lo reclamen tinieblas y densas sombras, que una nube se cierna sobre él, que un eclipse lo aterrorice. Sí, que la oscuridad se apodere de él, que no se sume a los días del año, ni entre en el cómputo de los meses. Que esa noche sea estéril, vacía de gritos de júbilo. Que la maldigan los que maldicen los días, los expertos en despertar a Leviatán. Que se ofusquen las estrellas de su aurora, que espere en vano la luz y no contemple el parpadeo del alba, por no haberme cerrado las puertas del vientre y no haber evitado el sufrimiento a mis ojos.
¿Por qué no morí antes de nacer o salí del vientre ya cadáver? ¿Por qué me recogieron dos rodillas, dos pechos para amamantarme? Ahora reposaría en paz, ahora dormiría tranquilo con los reyes y consejeros de la tierra que se hacen construir mausoleos, o con los príncipes que abundan en oro, que llenan de plata sus tumbas.
Como aborto ignorado, no existiría, como niño que no llega a ver la luz. Allí acaba la agitación de los malvados, allí reposa la gente ya sin fuerzas. Hasta los prisioneros descansan en paz, sin oír los gritos del capataz. Allí van a parar pequeños y grandes, allí el esclavo se libra de su dueño.
¿Por qué dio luz a un desdichado, vida a los que viven amargados, que suspiran en vano por la muerte y la buscan con más ansia que a un tesoro, que gozarían ante el túmulo funerario y se alegrarían al encontrar la tumba, a los hombres carentes de futuro porque Dios les ha cerrado el paso?
En vez de pan, me encuentro con sollozos, derramo suspiros como agua. Me sucede lo que más temía, me encuentro con lo que más me aterraba. Carezco de paz y tranquilidad, no descanso, todo es sobresalto.
Responsorio
℣. Por alimento tengo mis sollozos, como el agua se derraman mis gemidos; lo que más temía me sucede, lo que más me aterraba me acontece, * y vivo entre continuos sobresaltos.
℟. Ya no encuentro apoyo alguno en mí, se me ha ido lejos toda ayuda.
℟. Y vivo entre continuos sobresaltos.
Segunda lectura
San Ambrosio de Milán Del tratado sobre los misterios (Núms. 12-16. 19: SCh 25 bis, 162-164)
Todo les sucedía como un ejemplo
Te enseña el Apóstol “que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar”. Y en el cántico de Moisés leemos: “Sopló tu aliento y los cubrió el mar”. Te das cuenta de que el paso del mar Rojo por los hebreos era ya una figura del santo bautismo, ya que en él murieron los egipcios y escaparon los hebreos. Esto mismo nos enseña cada día este sacramento, a saber, que en él queda sumergido el pecado y destruido el error, y en cambio la piedad y la inocencia lo atraviesan indemnes.
Oyes cómo nuestros padres estuvieron bajo la nube, y una nube ciertamente beneficiosa, ya que refrigeraba los ardores de las pasiones carnales; la nube que los cubría era el Espíritu Santo. Él vino después sobre la Virgen María, y la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra, cuando engendró al Redentor del género humano. Y aquel milagro en tiempo de Moisés aconteció en figura. Si, pues, en la figura estaba el Espíritu, ¿no estará en la verdad, siendo así que la Escritura te enseña que “la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo?”
El agua de Mara era amarga, pero Moisés echó en ella un madero y se volvió dulce. De modo semejante, el agua, sin la proclamación de la cruz del Señor, no sirve en absoluto para la salvación; pero cuando ha sido consagrada por el misterio de la cruz salvadora, entonces se vuelve apta para el baño espiritual y para la bebida saludable. Pues del mismo modo que Moisés, el profeta, echó un madero en aquella agua, así ahora el sacerdote echa en esta la proclamación de la cruz del Señor y el agua se vuelve dulce para la gracia.
No creas, pues, solamente lo que ven tus ojos corporales; más segura es la visión de lo invisible, porque lo que se ve es temporal, lo que no se ve eterno. La visión interna de la mente es superior a la mera visión ocular.
Finalmente, aprende lo que te enseña una lectura del libro de los Reyes. Naamán era sirio y estaba leproso, sin que nadie pudiera curarlo. Entonces, una jovencita de entre los cautivos explicó que en Israel había un profeta que podía limpiarlo de la infección de la lepra. Naamán, habiendo tomado oro y plata, se fue a ver al rey de Israel. Este, al saber el motivo de su venida, rasgó sus vestiduras, diciendo que le buscaban querella al pedirle una cosa que no estaba en su regio poder. Pero Eliseo mandó decir al rey que le enviase al sirio, para que supiera que había un Dios en Israel. Y, cuando vino a él, le mandó que se sumergiera siete veces en el río Jordán. Entonces Naamán empezó a decirse a sí mismo que eran mejores las aguas de los ríos de su patria, en los cuales se había bañado muchas veces sin que lo hubiesen limpiado de su lepra, y se marchaba de allí sin hacer lo que le había dicho el profeta. Pero sus siervos lo persuadieron por fin y se bañó, y, al verse curado, entendió al momento que lo que purifica no es el agua sino el don de Dios.
Él dudó antes de ser curado; pero tú, que ya estás curado, no debes dudar.
Responsorio
℟. El Señor sacó como un rebaño a su pueblo, y los condujo seguros, sin alarmas, mientras el mar cubría a sus enemigos.
℟. Todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar.
℟. Mientras el mar cubría a sus enemigos.
Oración
Oh, Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al camino, concede a todos los que se profesan cristianos rechazar lo que es contrario a este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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