jueves 9 de julio de 2026
Oficio de lectura
Jueves de la 14ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Alfarero del hombre, mano trabajadora
que, de los hondos limos iniciales,
convocas a los pájaros a la primera aurora,
al pasto, los primeros animales.
De mañana te busco, hecho de luz concreta,
de espacio puro y tierra amanecida.
De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta
de los sonoros ríos de la vida.
El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;
tus manos son recientes en la rosa;
se espesa la abundancia del mundo a mediodía,
y estás de corazón en cada cosa.
No hay brisa, si no alientas; monte, si no estás dentro,
ni soledad en que no te hagas fuerte.
Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro:
tú, por la luz; el hombre, por la muerte.
¡Que se acabe el pecado! ¡Mira, que es desdecirte
dejar tanta hermosura en tanta guerra!
Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén.
O bien:
Tras el temblor opaco de las lágrimas,
no estoy yo solo.
Tras el profundo velo de mi sangre,
no estoy yo solo.
Tras la primera música del día,
no estoy yo solo.
Tras la postrera luz de las montañas,
no estoy yo solo.
Tras el estéril gozo de las horas,
no estoy yo solo.
Tras el augurio helado del espejo,
no estoy yo solo.
No estoy yo solo; me acompaña, en vela,
la pura eternidad de cuanto amo.
Vivimos junto a Dios eternamente.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.
Salmodia
Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.
Salmo 43-I: Oración del pueblo en las calamidades
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.
Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
Salmo 43-II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.
Salmo 43-III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
Y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.
Versículo
℣. Señor, ¿a quién vamos a acudir?
℟. Tú tienes palabras de vida eterna.
Primera lectura
Del libro de los Proverbios Prov 10, 6-32
Sentencias diversas
La cabeza del justo se llena de bendiciones, la boca del malvado esconde violencia. El recuerdo del justo es bendito; el nombre del malvado se consume. Hombre sensato acepta órdenes, hombre charlatán corre a su ruina. El hombre sincero camina seguro, quien va con rodeos es descubierto. Quien guiña los ojos causa disgustos, quien reprende a la cara construye la paz.
Es fuente de vida la boca del justo; la boca del malvado esconde violencia. El odio provoca pendencias, el amor disculpa toda ofensa. En labios juiciosos se encuentra sabiduría, y una vara, en la espalda del necio. Los sabios reservan su ciencia, la boca del necio es ruina inminente. La fortuna del rico es su defensa, la ruina del pobre es su pobreza. La ganancia del justo es la vida, la renta del malvado es el delito. Quien acepta la corrección va por sendas de vida; quien desprecia la reprensión se extravía.
Los labios embusteros disimulan el odio; quien difunde calumnias es un insensato. El que mucho habla, mucho yerra; quien modera sus labios es sabio. Es plata de ley la lengua del justo, el corazón del malvado es ganga. Los labios del justo sustentan a muchos, los necios perecen por falta de seso.
La bendición del Señor enriquece, y nada le añade la fatiga. El necio se divierte con la intriga; el hombre prudente, con la sabiduría. Al malvado le sucede lo que teme, al justo se le cumplen sus deseos. Tras la tormenta, desaparece el malvado; el justo se mantiene siempre.
Vinagre a los dientes y humo a los ojos es el perezoso para quien lo envía. El temor del Señor alarga la vida, los años del malvado se acortan. El porvenir de los justos es risueño, la esperanza del malvado fracasa. La senda del Señor es baluarte del íntegro y ruina de los malhechores.
El justo jamás flaqueará, los malvados no habitarán la tierra. La boca del justo destila sabiduría, la lengua embustera será arrancada. Los labios del justo procuran deleite; la boca del malvado, mentiras.
Responsorio
℣. La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; * porque lleva en el corazón la ley de su Dios.
℟. El recuerdo del justo será perpetuo; no temerá las malas noticias.
℟. Porque lleva en el corazón la ley de su Dios.
Segunda lectura
San Ambrosio de Milán Del comentario sobre el salmo ciento dieciocho (Núms. 12. 13-14: CSEL 62, 258-259)
El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros
<i>Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él</i>. Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.
Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.
Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en el Cantar de los Cantares: “Oigo a mi amado que llama a la puerta”. Escúchalo cómo llama, cómo desea entrar: <i>¡Ábreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche!</i>
Considera cuándo es principalmente que llama a tu puerta el Verbo de Dios, siendo así que su cabeza está cuajada del rocío de la noche. Él se digna visitar a los que están tentados o atribulados, para que nadie sucumba bajo el peso de la tribulación. Su cabeza, por tanto, se cubre de rocío o de relente cuando su cuerpo está en dificultades. Entonces, pues, es cuando hay que estar en vela, no sea que cuando venga el Esposo se vea obligado a retirarse. Porque, si estás dormido y tu corazón no está en vela, se marcha sin haber llamado; pero, si tu corazón está en vela, llama y pide que se le abra la puerta.
Hay, pues, una puerta en nuestra alma, hay en nosotros aquellas puertas de las que dice el salmo: “¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria”. Si quieres alzar los dinteles de tu fe, entrará a ti el Rey de la gloria, llevando consigo el triunfo de su pasión. También el triunfo tiene sus puertas, pues leemos en el salmo lo que dice el Señor Jesús por boca del salmista: <i>Abridme las puertas del triunfo</i>.
Vemos, por tanto, que el alma tiene su puerta, a la que viene Cristo y llama. Ábrele, pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa.
Responsorio
℟. Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.
℟. Dichoso el criado a quien el amo, al llegar, lo encuentra portándose así.
℟. Entraré y comeremos juntos.
Oración
Oh, Dios, que en la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles una santa alegría, para que disfruten del gozo eterno los que liberaste de la esclavitud del pecado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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