viernes 17 de abril de 2026
Oficio de lectura
Viernes de la 2ª semana de Pascua
Pascua
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!
Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!
Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!
Cristo es nuestra esperanza
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!
Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!
¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya! Amén.
O bien:
La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
más no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.
Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo. Amén.
Salmodia
Señor, no me castigues con cólera. Aleluya.
Salmo 37-I: Oración de un pecador en peligro de muerte
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, no me castigues con cólera. Aleluya.
Señor, todas mis ansias están en tu presencia. Aleluya.
Salmo 37-II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, todas mis ansias están en tu presencia. Aleluya.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. Aleluya.
Salmo 37-III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío. Aleluya.
Versículo
℣. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya.
℟. Se alegren los cielos y la tierra. Aleluya.
Primera lectura
De los Hechos de los Apóstoles Hech 7, 17-43
La historia de Moisés en el discurso de Esteban
«Conforme se iba acercando el tiempo de la promesa que Dios había hecho a Abrahán, el pueblo <i>creció</i> <i>y se multiplicó</i> en Egipto, hasta que <i>se alzó un nuevo rey en Egipto que no</i> había conocido <i>a José</i>. <i>Obrando astutamente</i> contra nuestro linaje, este rey <i>maltrató</i> a nuestros padres hasta obligarles a exponer los recién nacidos, <i>para que no vivieran</i>. En esta coyuntura nació Moisés, <i>que era hermoso</i> a los ojos de Dios, que durante <i>tres meses</i> fue criado en la casa de su padre; después fue expuesto y<i> le adoptó la hija de Faraón</i>, quien le crió <i>como</i> <i>hijo suyo</i>. Moisés fue educado en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus palabras y en sus obras.
«Cuando cumplió la edad de cuarenta años, se le ocurrió la idea de visitar <i>a sus hermanos, los hijos de Israel</i>. Y al ver que uno de ellos era maltratado, tomó su defensa y vengó al oprimido <i>matando al egipcio</i>. Pensaba que sus hermanos comprenderían que Dios les daría la salvación por su mano; pero ellos no lo comprendieron. Al día siguiente se les presentó mientras estaban peleándose y trataba de ponerles en paz diciendo: `Amigos, que sois hermanos, ¿por qué os maltratáis uno a otro?ʹ Pero <i>el que maltrataba a su compañero</i> le rechazó diciendo: `<i>¿Quién te ha nombrado jefe y juez sobre nosotros?</i> <i>¿Es que quieres</i> <i>tú matarme a mí como mataste ayer al egipcio?ʹ</i> Al oír esto Moisés huyó y <i>vivió como forastero en la tierra</i> <i>de Madián</i>, donde tuvo dos hijos.
«Al cabo de cuarenta años <i>se le apareció un ángel en el desierto del monte</i> Sinaí, <i>sobre la llama de una zarza</i> ardiendo. Moisés se maravilló al ver la visión, <i>y al acercarse a mirarla, se dejó oír la voz del Señor</i>: <i>`Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob</i>.ʹ Moisés temblaba y <i>no se atrevía a mirar</i>. El Señor le dijo: <i>`Quítate las sandalias de los pies, pues el lugar donde estás es tierra santa.</i> <i>Bien vista tengo la opresión de mi pueblo que está en Egipto y he oído su gemido y he bajado a librarles. Y ahora ven, que te enviaré a Egipto.ʹ </i>
«A este Moisés, de quien renegaron diciéndole: <i>¿quién te ha nombrado jefe y juez?,</i> a éste envió Dios como jefe y redentor por mano del ángel que se le apareció en la zarza. Éste los sacó, realizando <i>prodigios y signos en la tierra de Egipto</i>, en el mar Rojo y <i>en el desierto durante cuarenta años</i>. Éste es el Moisés que dijo a los israelitas: <i>Dios os suscitará un profeta como yo de entre vuestros hermanos.</i> Éste es el que, en <i>la asamblea </i>del desierto, estuvo con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para comunicárnoslas. Pero nuestros padres no quisieron obedecerle, sino que le rechazaron y en su corazón <i>se volvieron hacia Egipto,</i> <i>y dijeron a Aarón: `Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque ese Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué ha sido de él.ʹ</i> <i>e hicieron</i> aquellos días <i>un becerro y ofrecieron un</i> <i>sacrificio</i> al ídolo e hicieron una fiesta a la obra de sus manos. Entonces Dios se apartó de ellos y los entregó al culto del ejército del cielo, como está escrito en el libro de los Profetas: <i>¿Es que me ofrecisteis víctimas y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel? Os llevasteis la tienda de Moloc y la estrella del dios Refán, las imágenes que hicisteis </i>para adorarlas<i>; pues yo os trasladaré más allá de </i>Babilonia.
Responsorio
℣. Moisés oyó la voz del Señor: « * Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.» Aleluya.
℟. He visto la opresión de mi pueblo y he bajado a librarlos.
℟. Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.
Segunda lectura
San Teodoro Estudita Sermón sobre la adoración de la Cruz (PG 99, 691-694, 695, 698-699)
Preciosa y vivificante es la cruz de Cristo
¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! No contiene, como el árbol del paraíso, el bien y el mal entremezclados, sino que en él todo es hermoso y atractivo tanto para la vista como para el paladar.
Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es un madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo.
Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costados, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza.
Si al principio un madero nos trajo la muerte, ahora otro madero nos da la vida: entonces fuimos seducidos por el árbol: ahora por el árbol ahuyentamos la antigua serpiente. Nuevos e inesperados cambios: en lugar de la muerte alcanzamos la vida; en lugar de la corrupción, la incorrupción; en lugar del deshonor, la gloria.
No le faltaba, pues, razón al Apóstol para exclamar: Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana. El conjunto maravilloso de bienes que provienen de la cruz acabaron con los gérmenes de la malicia y del pecado.
Las figuras y profecías de este leño revelaron, ya desde el principio del mundo, las mayores maravillas. Mira si no, si tienes deseos de saberlo: ¿Acaso no se salvó Noé de la muerte del diluvio, junto con sus hijos y mujeres y con los animales de toda especie, en un frágil madero?
¿Y qué significó la vara de Moisés? ¿Acaso no fue figura de la cruz? Una vez convirtió el agua en sangre; otra, devoró las serpientes ficticias de los magos; o bien dividió el mar con sus golpes y detuvo las olas, haciendo que cambiaran su curso, sumergiendo así a los enemigos mientras hacía que se salvara el pueblo de Dios.
De la misma manera fue también figura de la cruz la vara de Aarón, florecida en un solo día para atestiguar quién debía ser el sacerdote legítimo.
Y a ella aludió también Abrahán cuando puso sobre el haz de leña a su hijo maniatado. Con la cruz sucumbió la muerte, y Adán se vio restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, en ella se coronaron los mártires y se santificaron los santos. Con la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo; fue la cruz la que nos reunió en un solo rebaño, como ovejas de Cristo, y es la cruz la que nos lleva al aprisco celestial.
Responsorio
℟. Éste es el árbol dignísimo, situado en medio del paraíso, en ti el Autor de la salvación venció, con su propia muerte, la muerte de todos. Aleluya.
℣. Tú sobresales por encima de los cedros más elevados.
℟. En ti el Autor de la salvación venció, con su propia muerte, la muerte de todos. Aleluya.
Oración
Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
Volver al inicio ↑