miércoles 18 de marzo de 2026
Oficio de lectura
Miércoles de la 4ª semana de Cuaresma
Cuaresma
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Himno
Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.
Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.
La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.
«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.
Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.
O bien:
Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.
Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.
La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.
Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.
Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.
O bien:
Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.
A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.
Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.
Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.
Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.
Salmodia
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Salmo 102-I: Himno a la misericordia de Dios
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
Él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
Él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila se renueva tu juventud.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.
Salmo 102-II
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Los días del hombre duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.
Bendecid al Señor, todas sus obras.
Salmo 102-III
Pero la misericordia del Señor dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Bendecid al Señor, todas sus obras.
Versículo
℣. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos.
℟. Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo.
Primera lectura
Del libro del Levítico Lv 26, 3-17.38-45
Bendiciones y maldiciones
«Si camináis según mis preceptos y guardáis mis mandamientos, poniéndolos en práctica, yo os enviaré las lluvias a su tiempo, para que la tierra dé sus frutos y el del campo su fruto. El tiempo de trilla alcanzará hasta la vendimia, y la vendimia hasta la siembra; comeréis vuestro pan hasta saciaros y habitaréis seguros en vuestra tierra.
«Yo daré paz a la tierra y dormiréis sin que nadie perturbe vuestro sueño; haré desaparecer del país las bestias feroces, y la espada no traspasará vuestras fronteras. Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros a filo de espada. Cinco de vosotros perseguirán a cien, y cien de vosotros perseguirán a diez mil; vuestros enemigos caerán ante vosotros a filo de espada.
«Yo me volveré hacia vosotros. Os haré fecundos, os multiplicaré y mantendré mi alianza con vosotros. Comeréis de la cosecha añeja y tendréis que tirar la añeja para dar cabida a la nueva. Estableceré mi morada en medio de vosotros y no os rechazaré. Me pasearé en medio de vosotros, y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os saqué del país de Egipto, para que no fueseis sus esclavos; rompí las coyundas de vuestro yugo y os hice andar con la cabeza bien alta.
«Pero, si no me escucháis y no cumplís todos estos mandamientos; si despreciáis mis preceptos y rechazáis mis normas, no haciendo caso de todos mis mandamientos y rompiendo mi alianza, también yo haré lo mismo con vosotros. Traeré sobre vosotros el terror, la tisis y la fiebre, que os abrasen los ojos y os consuman la vida. Sembraréis en vano vuestra semilla, pues el fruto se lo comerán vuestros enemigos. Me volveré contra vosotros y seréis derrotados ante vuestros enemigos; os tiranizarán los que os aborrecen y huiréis sin que nadie os persiga.
Pereceréis entre las naciones y os tragará la tierra de vuestros enemigos. Y quienes de vosotros sobrevivan, se pudrirán a causa de su iniquidad en las tierras de vuestros enemigos; por las iniquidades de sus padres unidas a las suyas, se pudrirán. Entonces confesarán su iniquidad y la iniquidad de sus padres, cómo se rebelaron contra mí y cómo se enfrentaron conmigo.
«También yo me enfrentaré con ellos y los llevaré al país de sus enemigos. Entonces se humillará su corazón incircunciso y expiarán su iniquidad. Y yo me acordaré de mi alianza con Jacob y de mi alianza con Isaac; y recordaré mi alianza con Abrahán; y me acordaré de la tierra.
«Pero la tierra será antes abandonada por ellos y pagará sus sábados, mientras quede desolada durante su ausencia; y ellos también pagarán el castigo de su iniquidad, por cuanto desecharon mis normas y su alma desdeñó mis preceptos. Pero incluso cuando estén ellos en tierra enemiga, no los desecharé ni los aborreceré hasta exterminarlos y romper mi alianza con ellos, porque yo soy el Señor, su Dios; me acordaré, en su favor, de la alianza que hice con sus padres, a quienes saqué de la tierra de Egipto, ante los ojos de las naciones, para ser su Dios. Yo, el Señor.»
Responsorio
℣. El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. * Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos.
℟. Mira, llego en seguida y traigo conmigo mi salario; yo daré a cada uno según sus obras.
℟. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos.
Segunda lectura
San Máximo Confesor Epístola 11 (PG 91, 454-455)
Misericordia de Dios con los penitentes
Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina, cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar, en sus respectivos tiempos, la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.
Y, para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó, mediante su encarnación, convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros, que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella.
Pues no sólo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros, sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte —como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa—, nos liberó, mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos y, en fin, nos aconsejó, con múltiples enseñanzas, que nos hiciéramos semejantes a él, imitándolo con una condescendiente benignidad y una caridad más perfecta hacia los demás.
Por ello clamaba: <i>No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan</i> (Lc 5,32). Y también: <i>No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos</i> (Mc 2,17). Por ello añadió que había venido a buscar la oveja que se había perdido (cf. Lc 15,1-7), y que, precisamente, había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel (cf. Mt 15,24). Y, aunque no con tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida (cf. Lc 15,8-9): que había venido para restablecer en el hombre la imagen divina empañada con la fealdad de los vicios. Y acaba: <i>Os digo que habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta</i> (Lc 15,10).
Así también, alivió con vino, aceite y vendas al que había caído en manos de ladrones y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, lo dejó en el mesón para que lo cuidaran, y, si bien dejó lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió pagar a su vuelta lo que hubiera quedado pendiente (cf. Lc 10,30-35).
Consideró que era un padre excelente aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo, al que abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y al que agasajó con amor paterno, sin pensar en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido (cf. Lc 15,11-24).
Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones y amenazas, ni de malas maneras, sino que, lleno de misericordia, la puso sobre sus hombros y la volvió, incólume, junto a las otras (cf. Lc 15,1-7).
Por ello dijo también: <i>Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré</i> (Mt 11,28). Y también: <i>Cargad con mi yugo</i> (Mt 11,29); es decir, llama «yugo» a los mandamientos, o sea, a la vida de acuerdo con el Evangelio; y llama «carga» a la penitencia, que puede parecer a veces algo más pesado y molesto: <i>Porque mi yugo es llevadero</i> —dice— <i>y mi carga ligera</i> (Mt 11,30).
Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: <i>Sed santos, perfectos, compasivos, como lo es vuestro Padre</i> (cf. 1 Pe 1,15-16); Mt 5,48; Lc 6,36). Y también: <i>Perdonad, y seréis perdonados</i> (Lc 6,37). Y: <i>Tratad a los demás como queréis que ellos os traten</i> (Lc 6,31).
Responsorio
℟. Estaría acongojado, Señor, si no conociera tu misericordia; tú has dicho: "No quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva." Tú que llamaste a conversión a la cananea y al publicano.
℣. Cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia.
℟. Tú que llamaste a conversión a la cananea y al publicano.
Oración
Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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