viernes 13 de marzo de 2026
Oficio de lectura
Viernes de la 3ª semana de Cuaresma
Cuaresma
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Himno
Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.
Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.
La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.
«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.
Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.
O bien:
Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.
Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.
La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.
Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.
Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.
O bien:
Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.
A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.
Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.
Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.
Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.
Salmodia
Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
Salmo 68, 2-22. 30-37-I: Me devora el celo de tu templo
Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?
Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.
Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos,
se burlan de mí;
cuando me visto de saco,
se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean,
mientras beben vino me sacan coplas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.
En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Salmo 68, 2-22. 30-37-II
Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:
arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme enseguida.
Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Salmo 68, 2-22. 30-37-III
Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.
El Señor salvará a Sion,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Versículo
℣. Convertíos al Señor, Dios vuestro.
℟. Porque es compasivo y misericordioso.
Primera lectura
Del libro del Éxodo Ex 35, 30-36, 1; 37, 1-9
Construcción del santuario y del arca
En aquellos días, Moisés dijo a los israelitas:
«El Señor ha escogido a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, y lo ha llenado de un espíritu de sabiduría, de prudencia y de habilidad para su oficio, para que proyecte y labre oro, plata y bronce, para que talle piedras y las engaste, para que talle madera y para las demás tareas. También le ha dado talento para enseñar a otros, lo mismo que a Ohliab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan. Los ha llenado de habilidad para que proyecten y realicen cualquier clase de obras: bordar en púrpura violácea, roja o escarlata y en lino, proyectar y realizar toda clase de trabajos.»
Besalel, Ohliab y todos los artesanos a quienes el Señor había dotado de habilidad y destreza para ejecutar los diversos trabajos del santuario realizaron lo que el Señor había ordenado.
Besalel hizo el arca de madera de acacia, de dos codos y medio de larga por uno y medio de ancha y uno y medio de alta. La revistió de oro de ley por dentro y por fuera, y le aplicó alrededor un listón de oro. Fundió oro para hacer cuatro anillas, que colocó en los cuatro ángulos, dos a cada lado. Hizo también unos varales de madera de acacia y los revistió de oro. Metió los varales por las anillas laterales del arca, para poder transportarla.
Hizo también una placa de oro de ley, de dos codos y medio de larga por uno y medio de ancha. En sus dos extremos hizo dos querubines cincelados en oro: cada uno arrancando de un extremo de la placa, y cubriéndola con las alas extendidas hacia arriba. Estaban uno frente a otro, mirando al centro de la placa.
Responsorio
℟. ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.
℣. El altísimo consagra su morada; teniendo a Dios en medio no vacila.
℟. Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.
Segunda lectura
San Gregorio Magno Morales 13, 21-23
El misterio de nuestra vivificación
El bienaventurado Job, que es figura de la Iglesia, unas veces se expresa como el cuerpo y otras veces como la cabeza de manera que mientras está hablando en en nombre de los miembros, de repente se eleva hasta tomar las palabras de la cabeza. Por esto dice: Todo esto lo he sufrido <i>aunque en mis manos no hay violencia y es sincera mi oración</i> (cf. Jb 16,17).
Sin que hubiera violencia en sus manos, tuvo que sufrir también aquel que <i>no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca</i> (1 Pe 2,22), a pesar de lo cual arrostró el dolor de la cruz por nuestra redención. Fue el único entre todos los hombres que puedo presentar a Dios súplicas inocentes, porque hasta en medio de los dolores de la pasión rogó por sus perseguidores diciendo: <i>Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen</i> (Lc 23,34).
¿Qué es lo que puede decirse o pensarse de más puro en una oración que alcanzar la misericordia para aquellos mismos de los que está recibiendo el dolor? Así, la misma sangre de nuestro Redentor, que los perseguidores habían derramado con odio, luego convertidos, la bebieron como medicina de la salvación y empezaron a proclamar que él era el Hijo de Dios.
De esta sangre, pues, se dice con razón: <i>¡Tierra, no cubras mi sangre </i>(Jb 16,18), no encierres mi demanda de justicia! Al hombre que pecó se le había dicho: <i>Eres polvo, y al polvo volverás</i> (Gn 3,19).
Por ello, nuestra tierra no oculta la sangre de nuestro Redentor, ya que cada pecador que asume el precio de su redención, la confiesa y la alaba y la da a conocer a su alrededor a cuantos puede.
La tierra tampoco oculta la sangre de nuestro Redentor, ya que también la Iglesia anuncia el misterio de la redención en todo el mundo.
Fíjate también en lo que se añade después: <i>No encierres mi demanda de justicia</i>. Pues la misma sangre de la Redención que se recibe es la demanda de justicia de nuestro Redentor. Por ello dice también Pablo: <i>La aspersión de una sangre que habla mejor que la de Abel</i> (cf. Hb 12,24). De la sangre de Abel se había dicho: <i>La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra</i> (Gn 4,10).
Pero la sangre de Jesús es más elocuente que la de Abel, porque la sangre de Abel pedía la muerte de su hermano fratricida, mientras que la sangre del Señor imploró la vida para sus perseguidores.
Por tanto, para que el misterio de la pasión del Señor no nos resulte a nosotros inútil, hemos de imitar lo que recibimos y predicar a los demás lo que veneramos.
Su demanda de justicia quedaría oculta en nosotros si la lengua calla lo que la mente creyó. Pero para que su demanda de justica no quede oculta en nosotros, lo que ahora queda por hacer es que cada uno de nosotros, de acuerdo con la medida de su vivificación, dé a conocer el misterio a su alrededor.
Responsorio
℟. La sangre de tu Hijo, nuestro hermano, te está gritando desde la tierra, Señor. Bendita sea esta tierra, que ha abierto sus fauces para recibir la sangre del Redentor.
℣. Ésta es la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.
℟. Bendita sea esta tierra, que ha abierto sus fauces para recibir la sangre del Redentor.
Oración
Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones para que sepamos dominar nuestro egoísmo y secundar las inspiraciones que nos vienen del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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