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domingo 1 de marzo de 2026

Oficio de lectura

2º domingo de Cuaresma

Cuaresma

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

«Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros»,
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir. Amén.

O bien:

Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
en tanto que la noche retrocede
y el día sobre el mundo se levanta.

Junto con este favorable tiempo
danos ríos de lágrimas copiosas
para lavar el corazón que ardiendo
en jubilosa caridad se inmola.

La fuente que hasta ayer manó delitos
ha de manar desde hoy perenne llanto
si con la vara de la penitencia
el pecho empedernido es doblegado.

Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
y vuelve a florecer el universo,
compartamos su gozo los que fuimos
devueltos por tu mano a tus senderos.

Oh Trinidad clemente: que te adoren
tierra y cielo a tus pies arrodillados,
y que nosotros, por tu gracia nuevos,
cantemos en tu honor un nuevo canto. Amén.

O bien:

Oh bondadoso Creador: escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.

A Ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.

Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.

Haz que por la virtud de la abstinencia
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y que, participando del ayuno,
no pequen más los corazones nuestros.

Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.

Salmo 103-I: Himno al Dios creador

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.

Ant. 2

El Señor saca pan de los campos, y vino para alegrar el corazón del hombre.

Salmo 103-II

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

El Señor saca pan de los campos, y vino para alegrar el corazón del hombre.

Ant. 3

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

Salmo 103-III

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

Versículo

℣. La voz del Padre se oyó desde la nube.

℟. Éste es mi Hijo, el amado, escuchadlo.

Primera lectura

Del libro del Éxodo Ex 13, 17-14, 9

Camino hasta el mar Rojo

Cuando el Faraón dejó marchar al pueblo, Dios no los guió por el camino de Palestina, que es el más corto, porque dijo:

«No sea que, al verse atacados, se arrepientan y vuelvan a Egipto.»

Dios hizo que el pueblo diese un rodeo por el desierto hacia el mar Rojo. Pero los israelitas habían salido de Egipto pertrechados. Moisés tomó consigo los huesos de José, según él había hecho jurar a los israelitas:

«Cuando el Señor cuide de vosotros, os llevaréis mis huesos de aquí.»

Partieron de Sucot y acamparon en Etán, al borde del desierto.

El Señor caminaba delante de ellos: de día, en una columna de nubes, para guiarlos; de noche, en una columna de fuego, para alumbrarlos; para que pudieran caminar día y noche. No se apartaba delante de ellos ni la columna de nubes, de día, ni la columna de fuego, de noche. El Señor dijo a Moisés:

«Di a los israelitas que se vuelvan y acampen en Fehirot, entre Migdal y el mar, frente a Baal Safón; poned los campamentos mirando al mar. El Faraón pensará: "Los israelitas están copados en el país, el desierto les cierra el paso." Haré que el Faraón se empeñe en perseguiros y mostraré mi gloria derrotando al Faraón y a su ejército; para que sepan los egipcios que soy el Señor.»

Así lo hicieron los israelitas. Cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el Faraón y su corte cambiaron de parecer sobre el pueblo, y se dijeron:

«¿Qué hemos hecho? Hemos dejado marchar a nuestros esclavos israelitas.»

Hizo preparar un carro y tomó consigo sus tropas: tomó seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egipto con sus correspondientes oficiales. El Señor hizo que el Faraón se empeñase en perseguir a los israelitas, mientras éstos salían triunfantes. Los egipcios los persiguieron con caballos, carros y jinetes, y les dieron alcance mientras acampaban en Fehirot, frente a Baal Safón.

Responsorio

℟. Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente; Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.

℣. El Señor caminaba delante de ellos, en una columna de nubes, para guiarlos.

℟. Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.

Segunda lectura

San León Magno Sermón 51, 3-4.8

La ley, por Moisés; la gracia y la verdad, por Jesucristo

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve. 

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida. 

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: <i>Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre</i> (Mt 13,43). Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: <i>Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá</i> (Rm 8,18); y de nuevo: <i>Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria</i> (Col 3,3-4). 

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: <i>Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos</i> (Mt 18,16). 

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica? 

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, <i>la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo</i> (Jn 1,17), en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento. 

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: <i>Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo</i> (Mt 17,5).

Responsorio

℟. Vosotros os habéis acercado al Mediador de la nueva alianza, Jesús. Cuidado con rechazar al que habla, pues, si aquellos no escaparon por haber rechazado al que transmitía los oráculos en la tierra, cuánto menos nosotros, si volvemos la espalda al que habla desde el cielo.

℣. Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón.»

℟. Pues, si aquellos no escaparon por haber rechazado al que transmitía los oráculos en la tierra, cuánto menos nosotros, si volvemos la espalda al que habla desde el cielo.

Oración

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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