lunes 9 de febrero de 2026
Oficio de lectura
Lunes de la 5ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Mis ojos, mis pobres ojos
que acaban de despertar
los hiciste para ver,
no sólo para llorar.
Haz que sepa adivinar
entre las sombras la luz,
que nunca me ciegue el mal
ni olvide que existes tú.
Que, cuando llegue el dolor,
que yo sé que llegará,
no se me enturbie el amor,
ni se me nuble la paz.
Sostén ahora mi fe,
pues, cuando llegue a tu hogar,
con mis ojos te veré
y mi llanto cesará. Amén.
O bien:
Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos de tus viñadores.
Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.
Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos.
Salmodia
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Salmo 6: Oración del afligido que acude a Dios
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.
Salmo 9 A-I: Acción de gracias por la victoria
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.
Narraré tus hazañas en las puertas de Sion.
Salmo 9 A-II
Tañed en honor del Señor, que reside en Sion;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sion.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Narraré tus hazañas en las puertas de Sion.
Versículo
℣. Enséñame a cumplir tu voluntad, Señor.
℟. Y a guardarla de todo corazón.
Primera lectura
Del libro del Génesis Gn 41, 1-17a.25-45
Los sueños del Faraón
Al cabo de dos años, el faraón soñó que se encontraba a la vera del río. De pronto subieron del río siete vacas hermosas y lustrosas, que se pusieron a pacer en el carrizal. Pero resulta que detrás de aquéllas subieron del río otras siete vacas, de mal aspecto y macilentas, las cuales se pararon cabe las otras vacas en la margen del río, y las vacas de mal aspecto y macilentas se comieron a las siete vacas hermosas y lustrosas. Entonces el faraón se despertó.
Y, dormido de nuevo, soñó que siete espigas crecían en una misma caña, lozanas y buenas. Pero resulta que otras siete espigas flacas y asolanadas brotaron después de aquéllas, y las espigas flacas consumieron a las siete lozanas y llenas. Despertó el faraón, y resultó que era un sueño.
Aquella mañana estaba inquieto su espíritu y mandó llamar a todos los magos y a todos los sabios de Egipto. El faraón les contó su sueño, pero no hubo quien se lo interpretara al faraón. Entonces el jefe de escanciadores habló al faraón diciéndole: «Hoy me acuerdo de mi yerro. El faraón se había enojado contra sus siervos y me había puesto bajo custodia en casa del jefe de los guardias a mí y al jefe de panaderos. Entonces tuvimos sendos sueños en una misma noche, tanto yo como él, cada uno con su sentido propio. Había allí con nosotros un muchacho hebreo, siervo del jefe de los guardias. Le contamos nuestro sueño y él nos dio el sentido propio de cada cual. Y resultó que según nos lo había interpretado, así fue: A mí me restituyó el faraón en mi puesto, y a él lo colgó.»
El faraón mandó llamar a José y lo sacaron del calabozo con premura, se afeitó y mudó de vestido y compareció ante el faraón. Dijo el faraón a José: «He tenido un sueño y no hay quien lo interprete, pero he oído decir de ti que te basta oír un sueño para interpretarlo.» Respondió José al faraón: «No hablemos de mí, que Dios responda en buena hora al faraón.» Y refirió el faraón a José su sueño.
José dijo al faraón: «El sueño del faraón es uno solo: Dios anuncia al faraón lo que va a hacer. Las siete vacas buenas son siete años de abundancia, y las siete espigas buenas siete años son: porque el sueño es uno solo. Y las siete vacas macilentas y malas que subían después de aquéllas son siete años; e igualmente las siete espigas flacas y asolanadas: es que habrá siete años de hambre. Esto es lo que yo he dicho al faraón. Lo que Dios va a hacer lo ha mostrado al faraón. Van a venir siete años de gran hartura en todo Egipto. Pero después sobrevendrán otros siete años de hambre y se olvidará toda la hartura en Egipto, pues el hambre asolará el país, y no se conocerá hartura en el país, de tanta hambre como habrá. Y el que se haya repetido el sueño del faraón dos veces es porque la cosa es firme de parte de Dios, y Dios se apresura a realizarla.
«Ahora, pues, fíjese el faraón en algún hombre inteligente y sabio, y póngalo al frente de Egipto. Hágalo así el faraón: ponga encargados al frente del país y exija el quinto a Egipto durante los siete años de abundancia. Ellos recogerán todo el comestible de esos años buenos que vienen, almacenarán el grano a disposición del faraón en las ciudades, y lo guardarán. De esta forma quedarán registradas las reservas de alimento del país para los siete años de hambre que habrá en Egipto, y así no perecerá el país de hambre.»
Pareció bien el discurso al faraón y a todos sus servidores, y dijo el faraón a sus servidores: «¿Acaso se encontrará otro como éste que tenga el espíritu de Dios?» Y dijo el faraón a José: «Después de haberte dado a conocer Dios todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. Tú estarás al frente de mi casa, y de tu boca dependerá todo mi pueblo. Tan sólo el trono dejaré por encima de ti.» Dijo el faraón a José: «Mira: te he puesto al frente de todo el país de Egipto.» Y el faraón se quitó el anillo de la mano y lo puso en la mano de José, le hizo vestir ropas de lino fino y le puso el collar de oro al cuello; luego le hizo montar en su segunda carroza, e iban gritando delante de él: «¡Abrek!» Así lo puso al frente de todo el país de Egipto.
Dijo el faraón a José: «Yo, el faraón: sin tu licencia no levantará nadie mano ni pie en todo Egipto.» El faraón llamó a José Safnat Panéaj y le dio por mujer a Asnat, hija de Poti Fera, sacerdote de On. Y salió José investido de autoridad sobre el país de Egipto.
Responsorio
℣. La sabiduría no abandonó al justo vendido, sino que lo libró de caer en mano de los pecadores, hasta entregarle el cetro real * y el poder sobre sus tiranos.
℟. Demostró la falsedad de sus calumniadores y le dio una gloria eterna.
℟. Y el poder sobre sus tiranos.
Segunda lectura
San Buenaventura Breviloquio. (Prólogo: Opera omnia 5, 201-202)
Del conocimiento de Jesucristo dimana la comprensión de toda la Sagrada Escritura
El origen de la Sagrada Escritura no hay que buscarlo en la investigación humana, sino en la revelación divina, que procede “del Padre de los astros, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra”, de quien, por su Hijo Jesucristo, se derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, y, por el Espíritu Santo, que reparte y distribuye a cada uno sus dones como quiere, se nos da la fe, y “por la fe habita Cristo en nuestros corazones”. En esto consiste el conocimiento de Jesucristo, conocimiento que es la fuente de la que dimana la firmeza y la comprensión de toda la Sagrada Escritura. Por esto, es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras, si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo, la cual es como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura. En efecto, mientras vivimos en el destierro lejos del Señor, la fe es el fundamento estable, la luz directora y la puerta de entrada de toda iluminación sobrenatural; ella ha de ser la medida de la sabiduría que se nos da de lo alto, para que nadie quiera saber “más de lo que conviene, sino que nos estimemos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno”.
La finalidad o fruto de la Sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no solo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez estos saciados, entonces conoceremos verdaderamente “lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano, y así llegaremos a la plenitud total de Cristo”. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la Sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Esta es la finalidad, esta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la Sagrada Escritura.
Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Padre de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer “lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo” de la Sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extático de la Santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.
Responsorio
℟. Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, Jesús les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
℟. «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!»
℟. Jesús les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Oración
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
Volver al inicio ↑