jueves 29 de enero de 2026
Oficio de lectura
Jueves de la 3ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Autor del cielo y el suelo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al hielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que en cristal de frescura
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazle en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágale tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
O bien:
Éste es el día del Señor.
Éste es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos:
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Salmodia
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Salmo 88, 39-53-IV: Lamentación por la caída de la casa de David
Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.
Salmo 88, 39-53-V
¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.
Salmo 89: Baje a nosotros la bondad del Señor
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.
Versículo
℣. En ti, Señor, está la fuente viva.
℟. Y tu luz nos hace ver la luz.
Primera lectura
Del libro del Génesis Gn 24, 1-27
Abraham envía a buscar mujer para Isaac
Abrahán era ya un viejo entrado en años, y el Señor había bendecido a Abrahán en todo. Abrahán dijo al siervo más viejo de su casa y mayordomo de todas sus cosas: «Ven, pon tu mano debajo de mi muslo, que voy a juramentarte por el Señor, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que no tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los cananeos con los que vivo, sino que irás a mi tierra y a mi patria a tomar mujer para mi hijo Isaac.» El siervo respondió: «Tal vez no quiera la mujer seguirme a este país. ¿Debo en tal caso volver y llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?» Contestó Abrahán: «Guárdate de llevar allá a mi hijo. El Señor, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que me tomó de mi casa paterna y de mi patria, y que me habló y me juró, diciendo: `A tu descendencia daré esta tierraʹ, él enviará su Ángel delante de ti, y tomarás de allí mujer para mi hijo. Si la mujer no quisiera seguirte, no responderás de este juramento que te tomo. En todo caso, no lleves allá a mi hijo.» El siervo puso su mano debajo del muslo de su señor Abrahán y le prestó juramento según lo hablado.
Tomó el siervo diez camellos de los de su señor y de las cosas mejores de su señor y se puso en marcha hacia Aram Naharáin, hacia la ciudad de Najor. Hizo arrodillar a los camellos fuera de la ciudad junto al pozo, al atardecer, a la hora de salir las aguadoras, y dijo: «El Señor, Dios de mi señor Abrahán: dame suerte hoy y muéstrate fiel con mi señor Abrahán. Voy a quedarme parado junto a la fuente, mientras las hijas de los ciudadanos salen a sacar agua. Ahora bien, la muchacha a quien yo diga: `Inclina, por favor, tu cántaro para que yo bebaʹ, y ella responda: `Bebe, y también voy a abrevar tus camellosʹ, ésa sea la que tienes designada para tu siervo Isaac, y por ello conoceré que te muestras fiel con mi señor.»
Apenas había acabado de hablar, cuando apareció Rebeca, hija de Betuel, hijo de Milcá, la mujer de Najor, hermano de Abrahán, con su cántaro al hombro. La joven era de muy buen ver, virgen, que no había conocido varón. Bajó a la fuente, llenó su cántaro y subió. El siervo corrió a su encuentro y le dijo: «Dame un poco de agua de tu cántaro.» «Bebe, señor», dijo ella; y, bajando en seguida el cántaro sobre su brazo, le dio de beber. Cuando acabó de darle, añadió: «También para tus camellos voy a sacar, hasta que se hayan saciado.» Vació rápidamente su cántaro en el abrevadero y, corriendo otra vez al pozo, sacó agua para todos los camellos. El hombre la contemplaba callado, para saber si el Señor había dado éxito o no a su misión.
En cuanto los camellos acabaron de beber, tomó el hombre un anillo de oro de medio siclo de peso y lo colocó en la nariz de la joven, y luego puso en sus brazos un par de brazaletes de diez siclos de oro. Después le dijo: «¿De quién eres hija? Dime: ¿hay en casa de tu padre sitio para hacer noche?» Ella le dijo: «Soy hija de Betuel, el hijo que Milcá dio a Najor.» Y agregó: «También tenemos paja y forraje en abundancia, y sitio para pasar la noche.» Entonces se postró el hombre y adoró al Señor diciendo: «Bendito sea el Señor, el Dios de mi señor Abrahán, que no ha retirado su favor y su lealtad para con mi señor. El Señor me ha traído a parar a casa del hermano de mi señor.»
Responsorio
℣. Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abraham, que no ha olvidado su misericordia y fidelidad con su siervo. * El Señor me ha guiado por un camino recto.
℟. Subamos y hagamos un altar al Dios que me acompañó en mi viaje.
℟. El Señor me ha guiado por un camino recto.
Segunda lectura
Juan Mediocre de Nápoles Sermón 7 (PLS 4, 785-786)
Ama al Señor y sigue sus caminos
<i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> (Sal 27[26],1). Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.
Decía el Señor: <i>Caminad mientras tenéis luz</i> (Jn 12,35). Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: <i>Yo he venido al mundo como luz</i> (Jn 12,46)<i>, para que los que ven no vean </i>(Jn 9,39) y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: <i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> (Sal 27[26],1).
El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta <i>luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre</i> (Jn 1,9), el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.
El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: <i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: <i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> Si es él quien ilumina y quien salva, <i>¿a quién temeré?</i> Vengan las tinieblas del engaño: <i>el Señor es mi luz</i>. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: <i>el Señor es mi luz</i>. Él es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.
Responsorio
℣. Envía, Señor, tu sabiduría, de tu trono de gloria, para que me asista en mis trabajos, * para que venga yo a saber lo que te es grato en cada momento.
℟. Dame la sabiduría asistente de tu trono.
℟. Para que venga yo a saber lo que te es grato en cada momento.
Oración
Dios todopoderoso y eterno: a los pueblos que viven en tiniebla y en sombra de muerte, ilumínalos con tu luz, ya que con ella nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, Jesucristo, nuestro Señor. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
Volver al inicio ↑