LA ORACIÓN DE CADA DÍA

Todo tiempo es tiempo de Dios.

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02 ¿Qué deseas rezar?

sábado 3 de enero de 2026

Oficio de lectura

3 de enero

Navidad

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal
y ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra.
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo! Amén.

Salmodia

Ant. 1

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38-I: Súplica de un enfermo

Yo me dije: «vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.»

Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.

«Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.»

Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como una sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Ant. 2

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38-II

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis inquietudes,
no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro,
antes de que pase y no exista.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Ant. 3

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51: Contra la violencia de los calumniadores

¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás.

Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Versículo

℣. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia.

℟. Para que conozcamos al Verdadero.

Primera lectura

Del libro del Cantar de los cantares Cant 5, 2 - 6, 3

La esposa busca y alaba al Esposo

Estaba durmiendo, mi corazón en vela, cuando oigo a mi amado que me llama:

«Ábreme, amada mía, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío; mis rizos, del relente de la noche».

Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿cómo voy a mancharlos otra vez? Mi amor mete la mano por la abertura: me estremezco al sentirlo, al escucharlo se me escapa el alma.

Ya me he levantado a abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra, mis dedos mirra que fluye por la manilla de la cerradura. Yo misma abro a mi amado; abro, y mi amado se ha marchado ya. Lo busco, y no lo encuentro; lo llamo, y no responde. Me encontraron los guardias que rondan la ciudad. Me golpearon e hirieron, me quitaron el manto los centinelas de las murallas.

Muchachas de Jerusalén, os conjuro que si encontráis a mi amado le digáis..., ¿qué le diréis?..., que estoy enferma de amor.

¿Qué distingue a tu amado de los otros, tú, la más bella? ¿Qué distingue a tu amado de los otros que así nos conjuras?

Mi amado es blanco y sonrosado, descuella entre diez mil. Su cabeza es de oro, del más puro; sus rizos son racimos de palmera, negros como los cuervos. Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca. Sus mejillas, macizos de bálsamo que exhalan aromas; sus labios son lirios con mirra que fluye. Sus brazos, torneados en oro, engastados con piedras de Tarsis; su cuerpo es de marfil labrado, todo incrustado de zafiros; sus piernas, columnas de mármol apoyadas en plintos de oro.

Gallardo como el Líbano, juvenil como un cedro; es muy dulce su boca, todo él pura delicia. Así es mi amado, mi amigo, muchachas de Jerusalén.

¿Adónde fue tu amado, la más bella de todas las mujeres? ¿Adónde fue tu amado? Queremos buscarlo contigo.

Ha bajado mi amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, el pastor de jardines a cortar azucenas. Yo soy para mi amado y mi amado es mío, el pastor de azucenas.

Responsorio

℣. Mi amado me llama: « * Ábreme, hermana mía, amada mía.»

℟. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, cenaré con él y él conmigo.

℟. Ábreme, hermana mía, amada mía.

Segunda lectura

San Agustín de Hipona Tratado sobre el evangelio de san Juan 17, 7-9

El doble precepto de la caridad

Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Recordad conmigo, hermanos, aquellos dos preceptos. Pues, en efecto; tienen que seros en extremo familiares no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo.

He aquí lo que hay que penar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que llevar hasta el fin. El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor al prójimo es el primero en el rango de la acción. Pues el que te impuso este amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés; a Dios primero y al prójimo después.

Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: <i>Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve</i> (1 Jn 4,20). Que no es más que una manera de decirte: «Ama a Dios». Y si me dices: «Señálame a quién he de amar», ¿qué otra cosa he de responderte sino lo que dice el mismo Juan: <i>A Dios nadie lo ha visto jamás</i> (Jn 1,18)? Y para que no se te ocurra creerte totalmente ajeno a la visión de Dios: <i>Dios</i> —dice— <i>es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios</i> (1 Jn 4,16). Ama por tanto al prójimo, y trata de averiguar dentro de ti el origen de ese amor; en él verás, tal y como ahora te es posible, al mismo Dios. Comienza, pues, por amar al prójimo. <i>Parte tu pan con el hambriento, y hospeda a los pobres sin techo; viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne</i> (Is 58,7). ¿Qué será lo que consigas si haces esto? <i>Entonces romperá tu luz como la aurora</i> (Is 58,8). Tu luz, que es tu Dios, tu aurora, que vendrá hacia ti tras la noche de este mundo pues Dios ni surge ni se pone, sino que siempre permanece.

Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios el mismo a quien tenemos que amar con todo el corazón con toda el alma, con todo el ser? Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.

Responsorio

℟. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

℣. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

℟. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

Oración

Dios Todopoderoso, tú has dispuesto que por el nacimiento virginal de tu Hijo, su humanidad no quedara sometida a la herencia del pecado: por este admirable misterio, humildemente te rogamos que cuantos hemos renacido, en Cristo, a una vida nueva, no volvamos otra vez a la vida caduca de la que nos sacaste. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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