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jueves 4 de diciembre de 2025

Oficio de lectura

Jueves de la 1ª semana de Adviento

Adviento

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

O bien:

℣. Mirando a lo lejos,
veo venir el poder de Dios
y una nube que cubre toda la tierra.
Salid a su encuentro y decidle:

«Dinos si eres tú
el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

℟. Mirando a lo lejos,
veo venir el poder de Dios

℣. Sobre plebeyos y nobles, ricos y pobres.

℟. Salid a su encuentro y decidle:

℣. Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como un rebaño,
tú que te sientas sobre querubines

℟. «Dinos si eres tú
el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

℣. ¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar

℟. El que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo

℟. Mirando a lo lejos,
veo venir el poder de Dios
y una nube que cubre toda la tierra.
Salid a su encuentro y decidle:

«Dinos si eres tú
el que ha de reinar sobre el pueblo de Israel.»

Salmodia

Ant. 1

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17, 31-51-IV: Acción de gracias

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
Él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;

Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
Él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Ant. 2

Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Salmo 17, 31-51-V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;

yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.

Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.

Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebataba el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.

Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.

Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Ant. 3

Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.

Salmo 17, 31-51-VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;

que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.

Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.

Versículo

℣. Escuchad, pueblos, la palabra del Señor.

℟. Anunciadla hasta los confines de la tierra.

Primera lectura

Del libro del profeta Isaías Is 16, 1-5; 17, 4-8

Sion, refugio de los moabitas. Conversión de Efraín

Enviad reses al soberano del país, desde la Peña del desierto al Monte Sion. Como pájaro espantado, nidada dispersa, van las hijas de Moab por los vados del Arnón.

«Danos consejo, toma una decisión; adensa tu sombra como la noche, en pleno mediodía; esconde a los fugitivos, no descubras al prófugo. Da asilo a los fugitivos de Moab, sé tú su escondrijo ante el devastador».

Cuando cese la opresión, termine la devastación y desaparezca el que pisoteaba el país, se fundará en la clemencia un trono: sobre él se sentará con lealtad, bajo la tienda de David, un juez celoso del derecho, dispuesto a la justicia.

Aquel día la riqueza de Jacob quedará pobre, y macilenta la gordura de su cuerpo: como el segador abraza la mies y su brazo siega las espigas; como se espigan los rastrojos del valle de Refaín y queda sólo un rebusco; como al varear el olivo quedan dos o tres aceitunas en lo alto de la copa, y cuatro o cinco en las ramas fecundas –oráculo del Señor, Dios de Israel–.

Aquel día el hombre mirará a su Hacedor, sus ojos contemplarán al Santo de Israel; y ya no mirará los altares, hechura de sus manos, ni contemplará las estelas y cipos que fabricaron sus dedos.

Responsorio

℣. Suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y practicará el derecho en la tierra. * Y será llamado «El Señor—nuestra—justicia».

℟. Se fundará en la clemencia un trono: sobre él se sentará con lealtad un juez celoso del derecho.

℟. Y será llamado «El Señor—nuestra—justicia».

Segunda lectura

San Efrén Comentario sobre el Diatésaron, 18, 15-17; SC 121, 352-328

Vigilad, pues vendrá de nuevo

Para que los discípulos no le preguntaran sobre el tiempo de su venida, Cristo les dijo: <i>Por lo que se refiere a aquella hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni </i><i>siquiera el Hijo</i> (Mt 24,36). <i>No toca a vosotros conocer el tiempo y la ocasión</i> (Hch 1,7). Lo ocultó para que estemos prevenidos y para que cada uno de nosotros piense que ello puede tener lugar en su propio tiempo. Pues si Cristo hubiera revelado el día de su venida, ésta se hubiera tornado un acontecimiento indiferente y ya no sería un objeto de esperanza para los hombres de los distintos siglos. Dijo que vendría, pero no dijo cuándo, y por eso todas las generaciones y épocas lo esperan ansiosamente.

Aunque el Señor estableció las señales de su venida, sin embargo, en modo alguno conocemos con exactitud su término; pues estas señales aparecen de muy distintas maneras y pasan, y algunas de ellas todavía perduran. Con la última venida pasará algo semejante a lo que pasó con la primera. Así como los justos y los profetas esperaron al Mesías pensando que se había de manifestar en su tiempo, también hoy cada uno de los cristianos desea que llegue en sus propios días. Cristo no reveló el día de su venida, principalmente por esta razón: para que todos comprendieran que aquel a cuyo poder y dominio están sometidos los números y los tiempos no está sujeto al destino ni a la hora. Pero el que desde toda la eternidad había determinado este día y describió detalladamente las señales que lo precederían ¿cómo podía ignorarlo?

Por eso con aquellas palabras invitó a considerar sus señales, para que, desde entonces y para siempre, las generaciones de todos los siglos pensaran que su venida podría acontecer en su tiempo.

Estad en vela, porque cuando el cuerpo duerme es nuestra naturaleza la que domina y obramos no guiados por nuestra voluntad, sino por los impulsos de nuestra naturaleza. Y cuando un pesado sopor, por ejemplo, la pusilanimidad o la tristeza, domina al alma, ésta es dominada por el enemigo y, bajo los efectos de ese sopor, hace lo que no quiere. Los impulsos dominan a la naturaleza y el enemigo al alma.

Por lo tanto, el Señor recomendó al hombre la vigilancia de todo su ser: del cuerpo, para que evitara la somnolencia; del alma, para que evitara la indolencia y la pusilanimidad, como dice la Escritura: Despertaos, como conviene (cf. 1 Co 15,34); y: Me levanté y estoy contigo (cf. Sal 139 [138],18); y también: No desfallezcáis. Por eso, investidos de este ministerio, no sentimos desfallecimiento (cf. 2 Co 4,1).

Responsorio

℟. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David. A él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones.

℣. La salvación de Dios se envía a los gentiles; ellos sí escucharán.

℟. A él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones.

Oración

Despierta tu poder, Señor, y ven a socorrernos con tu fuerza; que tu amor y tu perdón apresuren la salvación que nuestros pecados retardan. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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