martes 11 de noviembre de 2025
Oficio de lectura
San Martín de Tours, obispo
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.
Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.
Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.
La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.
Salmodia
¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! Aleluya.
Salmo 72-I: Por qué sufre el justo
¡Qué bueno es Dios para el justo,
el Señor para los limpios de corazón!
Pero yo por poco doy un mal paso,
casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
Para ellos no hay sinsabores,
están sanos y orondos;
no pasan las fatigas humanas,
ni sufren como los demás.
Por eso su collar es el orgullo,
y los cubre un vestido de violencia;
de las carnes les rezuma la maldad,
el corazón les rebosa de malas ideas.
Insultan y hablan mal,
y desde lo alto amenazan con la opresión.
Su boca se atreve con el cielo.
Y su lengua recorre la tierra.
Por eso mi pueblo se vuelve a ellos
y se bebe sus palabras.
Ellos dicen: "¿Es que Dios lo va a saber,
se va a enterar el Altísimo?"
Así son los malvados:
siempre seguros, acumulan riquezas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
¡Qué bueno es el Dios de Israel para los justos! Aleluya.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Salmo 72-II
Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón
y he lavado en la inocencia mis manos?
¿Para qué aguanto yo todo el día
y me corrijo cada mañana?
Si yo dijera: "Voy a hablar como ellos",
renegaría de la estirpe de tus hijos.
Meditaba yo para entenderlo,
pero me resultaba muy difícil;
hasta que entré en el misterio de Dios,
y comprendí el destino de ellos.
Es verdad: los pones en el resbaladero,
los precipitas en la ruina;
en un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. Aleluya.
Salmo 72-III
Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti.
Pero yo siempre estaré contigo,
tu agarras mi mano derecha,
me guías según tus planes,
y me llevas a un destino glorioso.
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne
por Dios, mi lote perpetuo.
Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sion.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden. Aleluya.
Versículo
℣. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor.
℟. Más que miel en la boca.
Primera lectura
Del libro del profeta Ezequiel Ez 8, 1-6.16-18; 9, 1-11
Juicio contra la Jerusalén pecadora
El año sexto, el día cinco del sexto mes, estaba yo sentado en mi casa y los ancianos de Judá conmigo, cuando se posó allí sobre mí la mano del Señor.
Miré: había allí una figura con aspecto de hombre. Desde lo que parecían ser sus caderas para abajo era de fuego, y desde sus caderas para arriba era resplandeciente, semejante al destello del relámpago. Alargó una especie de mano y me agarró por los cabellos; el espíritu me elevó entre el cielo y la tierra y me llevó a Jerusalén, en visiones divinas, a la puerta septentrional del atrio interior, allí donde se alza el ídolo de los celos, que provoca los celos. Y allí estaba la gloria del Dios de Israel; con el mismo aspecto que yo la había visto en la vega. Él me dijo: «Hijo de hombre, mira hacia el norte.» Miré hacia el norte y vi que al norte del pórtico del altar estaba este ídolo de los celos, a la entrada. Me dijo: «Hijo de hombre, ¿ves lo que hacen éstos? La casa de Israel comete aquí grandes abominaciones para alejarme de mi santuario. Pues todavía has de ver mayores abominaciones.»
Me condujo luego al atrio interior del templo del Señor; a la entrada del santuario del Señor, entre el vestíbulo y el altar, había unos veinticinco hombres de espaldas al santuario del Señor y de cara a oriente; se postraban en dirección a oriente hacia el sol. Y me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre? ¿No le basta a la casa de Judá con cometer las abominaciones que cometen aquí, para que llenen también el país de violencia, irritándome cada vez más? Mira cómo se llevan el ramo a la nariz. Pues yo también voy a actuar con furor; no me apiadaré, ni perdonaré. Me gritarán con fuerza, pero yo no les escucharé.»
Entonces gritó a mis oídos con voz fuerte: «¡Que se acerquen los que van a castigar a la ciudad con su instrumento de castigo en la mano!» Y en esto, por el camino de la puerta superior que mira al norte, vinieron seis hombres con su instrumento de castigo en la mano. Entre ellos había un hombre vestido de lino con una cartera de escribano a la cintura. Entraron y se detuvieron ante al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel fue levantada de los querubines sobre los que descansaba y llevaba hacia el umbral del templo. Le llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escribano a la cintura, y el Señor le dijo: «Recorre la ciudad, Jerusalén, y marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en ella.» Y a los otros oí que les dijo: «Recorred la ciudad detrás de él y herid. No tengáis piedad, ni perdonéis; matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres hasta que no quede uno. Pero no toquéis a quien lleve la cruz en la frente. Empezad por mi santuario.» Empezaron, pues, por los ancianos que estaban delante del templo. Luego les dijo: «Profanad el templo, llenad de víctimas los atrios; en marcha.» Salieron a herir por la ciudad.
Mientras ellos herían, yo quedé solo allí, caí rostro a tierra y grité: «¡Ah, Señor!, ¿vas a exterminar a todo el resto de Israel, derramando tu furor contra Jerusalén?» Me dijo: «La culpa de la casa de Israel y de Judá es muy grande, mucho; la tierra está llena de sangre, la ciudad llena de perversidad. Pues dicen: `El Señor ha abandonado el país, el Señor no ve nada.ʹ Pues bien, tampoco yo me apiadaré, ni perdonaré. Haré caer su conducta sobre su cabeza.» En aquel momento el hombre vestido de lino que llevaba la cartera a la cintura, vino a hacer su relación: «He ejecutado lo que me ordenaste.»
Responsorio
℣. Cuando veáis en el lugar santo lo que el profeta Daniel anuncia como «horrenda profanación del devastador», sobrevendrá una tribulación tan espantosa que, si no se abreviasen aquellos días, nadie se salvaría. * Pero se abreviarán los días aquellos en atención a los escogidos.
℟. No hagáis daño a la tierra ni al mar, hasta que hayamos sellado en la frente a los siervos de nuestro Dios.
℟. Pero se abreviarán los días aquellos en atención a los escogidos.
Segunda lectura
Sulpicio Severo De las Cartas (carta 3, 6.9-10.11.14-17.21:SC 133, 336-344
Martín, pobre y humilde
Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.
Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas:
«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas».
Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos:
«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad».
¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:
«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor».
Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:
«¿Por que estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme». Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas.
Responsorio
℟. ¡Oh tú, verdaderamente dichoso, en cuyos labios no hubo engaño, que a nadie juzgaste, a nadie condenaste! Nunca se encontró en su boca otra cosa que Cristo, la paz y la misericordia.
℣. ¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida!
℟. Nunca se encontró en su boca otra cosa que Cristo, la paz y la misericordia.
Oración
Oh Dios, que fuiste glorificado con la vida y la muerte de tu obispo san Martín de Tours, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu gracia, para que ni la vida ni la muerte puedan apartarnos de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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