martes 14 de octubre de 2025
Oficio de lectura
Martes de la 28ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
A nuestras preces presta tus oídos,
oh Dios nuestro de piedad inimitable,
y ya que somos tus fieles suplicantes
escucha los ruegos.
Dirige desde tu Trono tu mirada serena
sé Tú mismo quien enciende nuestras lámparas
con nuestro aceite, y expulsa las tinieblas
del corazón nuestro.
Desata con tu piedad nuestros pecados,
limpia las manchas, rompe las cadenas,
perdona las culpas, y ofrece al caído
tu diestra.
Gloria a Dios Padre ingénito y a ti,
su Hijo, eternamente engendrado;
la misma gloria se dé al Espíritu divino,
por los siglos. Amén.
Salmodia
Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Salmo 101-I: Deseos y súplicas de un desterrado
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame enseguida.
Que mis días se desvanecen como humo,
mis huesos queman como brasas;
mi corazón está agostado como hierba,
me olvido de comer mi pan;
con la violencia de mis quejidos,
se me pega la piel a los huesos.
Estoy como lechuza en la estepa,
como búho entre ruinas;
estoy desvelado, gimiendo,
como pájaro sin pareja en el tejado.
Mis enemigos me insultan sin descanso;
furiosos contra mí, me maldicen.
En vez de pan, como ceniza,
mezclo mi bebida con llanto,
por tu cólera y tu indignación,
porque me alzaste en vilo y me tiraste;
mis días son una sombra que se alarga,
me voy secando como la hierba.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.
Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
Salmo 101-II
Tú, en cambio, permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sion,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas,
los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sion,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones,
quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Para anunciar en Sion el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.
Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.
Salmo 101-III
Él agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: "Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días."
Tus años duran por todas las generaciones:
al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos.
Ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.
Versículo
℣. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza.
℟. Inclina el oído a las palabras de mi boca.
Primera lectura
Del libro del profeta Jeremías Jer 2, 1-13.20-25
Infidelidad del pueblo de Dios
Entonces me dirigió el Señor la palabra en estos términos: Ve y grita a los oídos de Jerusalén: Así dice el Señor: De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada.
Consagrado al Señor estaba Israel, primicias de su cosecha. «Quienquiera que lo coma, será reo; mal le sucederá» -oráculo del Señor-. Oíd la palabra del Señor, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel.
Así dice el Señor: ¿Qué encontraban vuestros padres en mí de torcido, que se alejaron de mi vera, y yendo en pos de la Vanidad se hicieron vanos? En cambio no dijeron: «¿Dónde está el Señor, que nos subió desde Egipto, nos llevó por el desierto, la estepa y la paramera, por tierra seca y sombría, una tierra intransitada en donde nadie se asienta?» Luego os traje a la tierra del vergel, para comer sus deliciosos frutos. Llegasteis y ensuciasteis mi tierra, y pusisteis mi heredad asquerosa.
Los sacerdotes no se decían: «¿Dónde está el Señor?»; ni los peritos de la Ley me conocían; y los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaban por Baal, y en pos de los Inútiles andaban. Por eso sigo litigando con vosotros -oráculo del Señor- y hasta con los hijos de vuestros hijos litigaré.
Porque, en efecto, pasad a las islas de los Queteos y ved, enviad a Quedar quien investigue a fondo, pensadlo bien y ved si aconteció cosa tal: si las gentes cambiaron de dioses -¡aunque aquéllos no son dioses!-. Pues mi pueblo ha trocado su Gloria por el Inútil. Pasmaos, cielos, de ello, erizaos y cobrad gran espanto oráculo del Señor-. Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen.
Oh tú, que rompiste desde siempre el yugo y, sacudiendo las coyundas, decías: «¡No serviré!», tú, que sobre todo otero prominente y bajo todo árbol frondoso estabas yaciendo, prostituta. Yo te había plantado de cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda? Porque, así te blanquees con salitre y te des bien de lejía, se te nota la culpa en mi presencia -oráculo del Señor-.
¿Cómo dices: «No estoy manchada; en pos de los Baales no anduve?» ¡Mira tu rastro en el Valle! Reconoce lo que has hecho, camellita liviana que trenza sus derroteros, irrumpe en el desierto y en puro celo se bebe los vientos: su pasión, ¿quién la calmará?
Cualquiera que la busca la topa, ¡bien acompañada la encuentra! Guarda tu pie de la descalcez y tu garganta de la sed. Pero tú dices: «No hay remedio: a mí me gustan los extranjeros, y tras ellos he de ir.»
Responsorio
℣. Yo te había plantado, viña elegida, de cepas legítimas; ¿cómo te has convertido en espino y en viña bastarda? * Por eso se os quitará el reino de Dios y se entregará a un pueblo que le haga dar sus frutos.
℟. Esperaba de ellos justicia, y ahí tenéis: asesinatos; esperé honradez, y sólo hay lamentos.
℟. Por eso se os quitará el reino de Dios y se entregará a un pueblo que le haga dar sus frutos.
Segunda lectura
San Columbano Instrucción 12, sobre la compunción, 2-3: Opera, Dublín 1957, pp. 112-114
Luz perenne en el templo del Pontífice eterno
“¡Cuán dichosos son los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentra en vela!” Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera.
¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que, aun siendo vil, soy su siervo! Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmesurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!; resplandeciente con ella, brillaría más que los astros, y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.
¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca, y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante.
Señor Jesucristo, dulcísimo Salvador nuestro, dígnate encender tú mismo nuestras lámparas, para que brillen sin cesar en tu templo y de ti, que eres la luz perenne, reciban ellas la luz indeficiente con la cual se ilumine nuestra oscuridad, y se alejen de nosotros las tinieblas del mundo.
Te ruego, Jesús mío, que enciendas tan intensamente mi lámpara con tu resplandor que, a la luz de una claridad tan intensa, pueda contemplar el santo de los santos que está en el interior de aquel gran templo, en el cual tú, Pontífice eterno de los bienes eternos, has penetrado; que allí, Señor, te contemple continuamente y pueda así desearte, amarte y quererte solamente a ti, para que mi lámpara, en tu presencia, esté siempre luciente y ardiente.
Te pido, Salvador amantísimo, que te manifiestes a nosotros, que llamamos a tu puerta, para que, conociéndote, te amemos solo a ti y únicamente a ti; que seas tú nuestro único deseo, que día y noche meditemos solo en ti, y en ti únicamente pensemos. Alumbra en nosotros un amor inmenso hacia ti, cual corresponde a la caridad con la que Dios debe ser amado y querido; que esta nuestra dilección hacia ti invada todo nuestro interior y nos penetre totalmente, y, hasta tal punto inunde todos nuestros sentimientos, que nada podamos ya amar fuera de ti, el único eterno. Así, por muchas que sean las aguas de la tierra y del firmamento, nunca llegarán a extinguir en nosotros la caridad, según aquello que dice la Escritura: “Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor”.
Que esto llegue a realizarse, al menos parcialmente, por don tuyo, Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Responsorio
℟. Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor.
℟. Tu sol ya no se pondrá, ni menguará tu luna.
℟. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor.
Oración
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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