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02 ¿Qué deseas rezar?

sábado 16 de agosto de 2025

Oficio de lectura

Sábado de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Al filo de los gallos,
viene la aurora;
los temores se alejan
como las sombras.
¡Dios, Padre nuestro,
en tu nombre dormimos
y amanecemos!

Como luz nos visitas,
Rey de los hombres,
como amor que vigila
siempre de noche;
cuando el que duerme,
bajo el signo del sueño,
prueba la muerte.

Del sueño del pecado
nos resucitas,
y es señal de tu gracia
la luz amiga.
¡Dios que nos velas!
Tú nos sacas por gracia
de las tinieblas.

Gloria al Padre, y al Hijo,
gloria al Espíritu,
al que es paz, luz y vida,
al Uno y Trino;
gloria a su nombre
y al misterio divino
que nos lo esconde. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo 106 I: Acción de gracias por la liberación

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que Él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrezcedle sacrificios de alabanza,
y contad con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Ant. 2

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Salmo 106 II

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Ant. 3

Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Salmo 106 III

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Versículo

℣. Señor, tu fidelidad llega hasta las nubes.

℟. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Primera lectura

Del segundo libro de los Reyes 2 Re 13, 10-25

Reinado de Joás en Israel, muerte del profeta Eliseo

En el año treinta y siete de Joás, rey de Judá, comenzó a reinar Joás, hijo de Joacaz, sobre Israel, en Samaría. Reinó dieciséis años. Hizo lo malo a los ojos del Señor, no se retractó de ninguno de los pecados que Jeroboán, hijo de Nebat, hizo cometer a Israel, sino que persistió en ellos.

El resto de los hechos de Joás, todo cuanto hizo, sus éxitos militares y guerras contra Amasías, rey de Judá, ¿no está escrito en el Libro de los Anales de los reyes de Israel? Joás reposó con sus antepasados y Jeroboán ocupó su trono. Joás fue enterrado en Samaría, junto a los reyes de Israel.

Eliseo cayó enfermo de la enfermedad de que había de morir. Joás, rey de Israel, bajó para verle y lloró por él diciendo: «¡Padre mío, padre mío, carros y caballería de Israel!» Eliseo le dijo: «Toma un arco y flechas», y él tomó un arco y flechas. Dijo al rey de Israel: «Pon tu mano sobre el arco». Él puso su mano y Eliseo puso las suyas sobre las manos del rey, y dijo: «Abre la ventana que mira a Oriente.» Él la abrió. Eliseo dijo: «¡Dispara!» Y disparó. Eliseo dijo: «¡Flecha de victoria del Señor!, ¡flecha de victoria contra Aram! Derrotarás por completo a Aram en Afec.»

Añadió luego: «Toma las flechas.» Él las tomó y Eliseo dijo al rey de Israel: «Golpea hacia tierra.» El golpeó tres veces, pero se detuvo. El hombre de Dios se irritó entonces con él y le dijo: «¡Si hubieras golpeado cinco o seis veces, entonces habrías derrotado por completo a Aram! Pero ahora derrotarás a Aram sólo tres veces.»

Eliseo murió y lo enterraron. Bandas de moabitas penetraban en el país al inicio de cada año. En una ocasión estaban unos enterrando a un hombre y, al avistar la banda, lo arrojaron en la tumba de Eliseo y huyeron. El hombre entró en contacto con los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie.

Jazael, rey de Aram, había oprimido a Israel durante toda la vida de Joacaz. Pero el Señor tuvo piedad y se compadeció de ellos, se volvió hacia ellos en atención a su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob y no quiso aniquilarlos ni rechazarlos lejos de su rostro. Jazael, rey de Aram, murió y Ben Hadad, su hijo, reinó en su lugar. Joás, hijo de Joacaz, recuperó del domino de Ben Hadad, hijo de Jazael, las ciudades que habían tomado por las armas a Joacaz su padre. Joás lo derrotó tres veces y recobró las ciudades de Israel.

Responsorio

℣. El Señor se apiadó y tuvo misericordia de ellos; se volvió hacia ellos, por el pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob, * y no quiso exterminarlos.

℟. El Señor se fijó en la terrible desgracia de Israel: no había esclavo, ni libre, ni quien ayudase a Israel.

℟. Y no quiso exterminarlos.

Segunda lectura

San Paciano de Barcelona Sermón sobre el bautismo (Núms. 6-7: PL 13, 1093-1094)

¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado?

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Si obramos así, hermanos, ya no moriremos. Aunque nuestro cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como él mismo dice: El que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá.

Por lo demás, tenemos certeza, por el mismo testimonio del Señor, que Abrahán, Isaac y Jacob y que todos los santos de Dios viven. De ellos dice el Señor: Para él todos están vivos. No es Dios de muertos, sino de vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir; deseo partir para estar con Cristo. Y añade en otro lugar: Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Esta es nuestra fe, queridos hermanos. Además: Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. La vida meramente natural nos es común, aunque no igual en duración, como lo veis vosotros mismos, con los animales, las fieras y las aves. Lo que es propio del hombre es lo que Cristo nos ha dado por su Espíritu, es decir, la vida eterna, siempre que ya no cometamos más pecados. Pues, de la misma forma que la muerte se adquiere con el pecado, se evita con la virtud. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Como afirma el Apóstol, él es quien redime, perdonándonos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo. Ha liberado a los cautivos y ha roto nuestras cadenas, como lo dijo David: El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y en otro lugar: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Así, pues, somos liberados de las cadenas cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, liberados por la sangre y el nombre de Cristo.

Por lo tanto, queridos hermanos, de una vez para siempre hemos sido lavados, de una vez para siempre hemos sido liberados y de una vez para siempre hemos sido trasladados al reino inmortal; de una vez para siempre, dichosos los que están absueltos de sus culpas, a quienes les han sepultado sus pecados. Mantened con fidelidad lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el día del Señor.

Responsorio

℟. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.

℣. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.

℟. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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