miércoles 13 de agosto de 2025
Oficio de lectura
Miércoles de la 19ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Siempre es hora de la gracia,
¡despierte el alma dormida!
Los cangilones del sueño
van hurtando el agua viva
en la noria de las horas,
de las noches y los días.
Peldaños de eternidad
me ofrece el tiempo en su huida,
si, ascendiendo paso a paso,
lleno mis manos vacías.
Sólo el tiempo se redime,
quitándole su malicia.
Como una sombra se esfuman
del hombre vano los días,
pero uno solo ante Dios
cuenta mil años de espigas.
«Tus años no morirán»,
leo en la Sagrada Biblia:
lo bueno y noble perdura
eternizado en la dicha.
Sembraré, mientras es tiempo,
aunque me cueste fatigas.
Al Padre, al Hijo, al Espíritu
alabe toda mi vida:
el rosario de las horas,
de las noches y los días. Amén.
O bien:
Ignorando mi vida,
golpeado por la luz de las estrellas,
como un ciego que extiende,
al caminar, las manos en la sombra,
todo yo, Cristo mío,
todo mi corazón, sin mengua, entero,
virginal y encendido, se reclina
en la futura vida, como el árbol
en la savia se apoya, que le nutre
y le enflora y verdea.
Todo mi corazón, ascua de hombre,
inútil sin tu amor, sin ti vacío,
en la noche te busca;
le siento que te busca, como un ciego
que extiende, al caminar, las manos llenas
de anchura y de alegría.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.
Salmodia
La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.
Salmo 88, 2-38-I: Las misericordias del Señor sobre la casa de David
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.
El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.
Salmo 88, 2-38-II
Un día hablaste en visión a tus amigos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
El me invocará: "Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora";
y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo.»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.
Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»
Salmo 88, 2-38-III
«Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
"Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo."»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»
Versículo
℣. La explicación de tus palabras ilumina.
℟. Da inteligencia a los ignorantes.
Primera lectura
Del segundo libro de los Reyes 2 Re 6, 24-25.32-33; 7, 1-16
Samaría es librada milagrosamente del asedio
Tiempo después, Ben Hadad, rey de Aram, movilizó todas sus tropas, se puso en marcha y sitió Samaría. El hambre arreciaba en Samaría y el asedio se prolongaba hasta el punto de que una cabeza de asno llegó a venderse a ochenta siclos de plata, y un par de cebollas silvestres a cinco siclos de plata.
Eliseo estaba sentado en su casa y los ancianos estaban también sentados con él. El rey envió por delante a un hombre, pero antes de que el mensajero llegara ante Eliseo, éste dijo a los ancianos: «¿Habéis visto? Ese hijo de asesino ha enviado uno a cortarme la cabeza. ¡Estad vigilantes! Cuando llegue el mensajero, cerrad la puerta y sostenedla bien contra él. ¿No es ése el ruido de los pasos de su señor?» Estaba (Eliseo) hablando con ellos cuando el rey descendió donde él y dijo: «¡Esta desgracia procede del Señor! ¿Qué puedo esperar todavía del Señor?»
Eliseo repuso: «Escucha la palabra del Señor: Así dice el Señor: Mañana a estas horas, en la puerta de Samaría, la arroba de flor de harina se venderá a un siclo y las dos arrobas de cebada a un siclo.» El ayudante en cuyo brazo se apoyaba el rey, respondió al hombre de Dios y le dijo: «Incluso si el Señor abriera ventanas en el cielo, ¿podría ocurrir tal cosa?» Respondió: «Lo verás con tus ojos, pero de ello no has de comer.»
Había cuatro hombres, leprosos, a la entrada de la puerta, y se decían: «¿Qué estamos haciendo aquí sentados hasta morir? Si decidimos entrar en la ciudad, con el hambre que hay en ella, moriremos allí, y si quedamos aquí, moriremos lo mismo. ¡Ea!, pasémonos al campamento de Aram; si nos dejan vivir, viviremos, y si nos matan, moriremos.» Al oscurecer se pusieron en camino hacia el campamento arameo. Cuando llegaron al límite del campamento arameo, allí no había nadie. El Señor había hecho oír en el campamento arameo estrépito de carros y caballos, el estrépito de un gran ejército, y se dijeron unos a otros: «El rey de Israel ha pagado a los reyes de los hititas y a los reyes de Egipto para que vengan contra nosotros.» Al anochecer emprendieron la huida, abandonando sus tiendas, caballos y asnos, el campamento tal como estaba, y así huyeron para salvar sus vidas. Cuando aquellos leprosos llegaron al límite del campamento, entraron en una tienda, comieron y bebieron; luego se llevaron de allí plata, oro y vestidos, y fueron a esconderlo. Regresaron y entraron en otra tienda, se llevaron lo que allí había y lo escondieron.
Entonces se dijeron unos a otros: «No está bien lo que hacemos. Hoy es un día de alegría y nosotros estamos callados. Si esperamos hasta la luz de la mañana, se nos tratará como culpables. ¡Andando!, vayamos a informar al palacio real.» Llegaron y llamaron a los guardias de la puerta de la ciudad e informaron diciendo: «Hemos ido al campamento arameo, y allí no hay nadie, ni una voz humana, sólo los caballos atados, los asnos atados y las tiendas tal como estaban.» Los centinelas llamaron y pasaron noticia al interior del palacio real.
El rey se levantó de noche y dijo a sus oficiales: «Os diré lo que nos han hecho los arameos. Como saben que nos estamos muriendo de hambre, han dejado el campamento y se han escondido en descampado, pensando: `Seguro que saldrán de la ciudad. Los prenderemos vivos y entraremos en la ciudadʹ.» Uno de los oficiales respondió: «Que tomen cinco caballos de los que quedan en ella y los enviaremos para reconocimiento, pues, al fin y al cabo, les va a pasar lo que a toda la muchedumbre de Israel que había quedado y ha perecido.» Tomaron dos tiros de caballos y el rey los envió en pos del ejército arameo, diciendo: «Id y ved.» Los siguieron hasta el Jordán: todo el camino estaba lleno de vestidos y objetos que los arameos habían arrojado en sus prisas. Los mensajeros regresaron y dieron cuenta al rey.
Entonces el pueblo salió y saqueó el campamento arameo. La arroba de flor de harina se vendía a un siclo y dos arrobas de cebada se vendían a un siclo, conforme a la palabra del Señor.
Responsorio
℣. El valido del rey replicó a Eliseo: «¿Se cumplirá esa profecía?» Le respondió: « * Lo verás con tus ojos.»
℟. Si alguno pide algo en la oración y, sin dudar en su corazón, cree que ha de suceder lo que dice, yo os aseguro que eso sucederá.
℟. Lo verás con tus ojos.
Segunda lectura
San Agustín de Hipona De los comentarios sobre los salmos (Salmo 47, 7: CCL 38, 543-545)
Vamos a subir al monte del Señor
“Lo que habíamos oído lo hemos visto”. ¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en el tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe; ve cómo se ha cumplido ya aquella predicción: “Que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan”. Y aquella otra: “Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria”. Mira a aquel cuyas manos y pies fueron traspasados por los clavos, cuyos huesos pudieron contarse cuando pendía en la cruz, cuyas vestiduras fueron sorteadas; mira cómo reina ahora el mismo que ellos vieron pendiente de la cruz. Ve cómo se cumplen aquellas palabras: “Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos”. Y, viendo esto, exclama lleno de gozo: “Lo que habíamos oído lo hemos visto”.
Con razón se aplican a la Iglesia llamada de entre los gentiles las palabras del salmo: “Escucha, hija, mira: olvida tu pueblo y la casa paterna”. Escucha y mira: primero escuchas lo que no ves, luego verás lo que escuchaste. “Un pueblo extraño” —dice otro salmo— “fue mi vasallo; me escuchaban y me obedecían”. Si “obedecían” porque “escuchaban” es señal de que no veían. ¿Y cómo hay que entender aquellas palabras: “Verán algo que no les ha sido anunciado y entenderán sin haber oído?” Aquellos a los que no habían sido enviados los profetas, los que anteriormente no pudieron oírlos, luego, cuando los oyeron, los entendieron y se llenaron de admiración. Aquellos otros, en cambio, a los que habían sido enviados, aunque tenían sus palabras por escrito, se quedaron en ayunas de su significado y, aunque tenían las tablas de la ley, no poseyeron la heredad. Pero nosotros, “lo que habíamos oído lo hemos visto”.
“En la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios”. Aquí es donde hemos oído y visto. “Dios la ha fundado para siempre”. No se engrían los que dicen: “El Mesías está aquí o está allí”. El que dice: “Está aquí o está allí” induce a división. Dios ha prometido la unidad: los reyes se alían, no se dividen en facciones. Y esta ciudad, centro de unión del mundo, no puede en modo alguno ser destruida: “Dios la ha fundado para siempre”. Por tanto, si Dios la ha fundado para siempre, no hay temor de que cedan sus cimientos.
Responsorio
℟. Pondré mi morada entre vosotros y no os detestaré. Caminaré entre vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo.
℟. «Vosotros sois templo del Dios vivo»; así lo dice Dios.
℟. Caminaré entre vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo.
Oración
Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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