jueves 24 de julio de 2025
Oficio de lectura
Jueves de la 16ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
¡Nacidos de la luz!, ¡Hijos del día!
Vamos hacia el Señor de la mañana;
su claridad disipa nuestras sombras
y llena el corazón de regocijo.
Que nuestro Dios, el Padre de la gloria,
limpie la oscuridad de nuestros ojos
y nos revele, al fin, cuál es la herencia
que nos legó en el Hijo Primogénito.
¡Honor y gloria a Dios, Padre celeste,
por medio de su Hijo Jesucristo
y el don de toda luz, el Santo Espíritu,
que vive por los siglos de los siglos! Amén.
O bien:
Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.
Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.
Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo! Amén.
Salmodia
No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.
Salmo 43-I: Oración del pueblo en las calamidades
Oh Dios, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.
No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.
Salmo 43-II
Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.
Levántate, Señor, no nos rechaces más.
Salmo 43-III
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
Y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Levántate, Señor, no nos rechaces más.
Versículo
℣. Haz brillar tu rostro, Señor, sobre tu siervo.
℟. Enséñame tus leyes.
Primera lectura
Del primer libro de los Reyes 1 Re 1, 11-35; 2, 10-12
Salomón, tu hijo, reinará después de ti
Natán dijo entonces a Betsabé, madre de Salomón: «¿No has oído que Adonías, hijo de Jaguit, se ha erigido en rey sin que David nuestro señor lo sepa? Ve ahora mismo, te daré un consejo para que pongas a salvo tu vida y la vida de tu hijo Salomón. Ve y entra donde el rey David y dile: 'Rey mi señor, ¿no juraste a tu sierva: Tu hijo Salomón será quien reine después de mí y se siente en mi trono? ¿Entonces, por qué Adonías se ha erigido en rey?' Mientras estés hablando allí con el rey, entraré detrás de ti y corroboraré tus palabras.»
Betsabé entró donde el rey, en la alcoba -el rey era muy anciano, y Abisag la sunamita cuidaba de él-. Betsabé hizo una inclinación y, postrada ante el rey, le preguntó éste: «¿Qué te trae?» Ella le respondió: «Mi señor, tú has jurado a tu sierva por el Señor tu Dios: 'Tu hijo Salomón será quien reine después de mí y se siente en mi trono.' Pero Adonías se ha erigido en rey, sin saberlo tú, rey mi señor. Ha sacrificado bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, jefe del ejército, pero a tu siervo Salomón no lo ha invitado. Rey mi señor, todo Israel tiene sus ojos puestos en ti, esperando que les anuncies quién ocupará el trono del rey mi señor tras él. De lo contrario, cuando el rey mi señor repose con sus antepasados, yo y mi hijo Salomón seremos tratados como culpables.»
Estaba todavía hablando con el rey cuando llegó el profeta Natán. Avisaron al rey: «Está aquí el profeta Natán.» Entró donde el rey y se postró ante él, rostro en tierra, y dijo: «Rey mi señor: Tú tienes que haber dispuesto: 'Adonías reinará después de mí y se sentará en mi trono,' porque Adonías ha bajado hoy a sacrificar bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y al sacerdote Abiatar; en este momento comen y beben en su presencia y profieren gritos de 'Viva el rey Adonías.' Pero ni a mí, tu siervo, ni al sacerdote Sadoc, ni a Benaías, hijo de Joadá, no nos ha invitado, ni tampoco a tu siervo Salomón. ¿Viene esta orden del rey mi señor, sin que hayas comunicado a tus siervos quién se sentará en el trono del rey mi señor tras él?»
El rey David respondió: «Llamadme a Betsabé.» Ella entró a presencia del rey y se quedó de pie ante él. Entonces el rey pronunció este juramento: «¡Vive el Señor que me ha librado de todo aprieto! Te juré por el Señor, Dios de Israel: 'Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará sobre mi trono en mi lugar'. ¡Pues así he de cumplirlo hoy mismo!» Betsabé se inclinó rostro a tierra y, postrada ante el rey, dijo: «¡Viva por siempre el rey David, mi señor!»
El rey David ordenó: «Llamadme al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaías, hijo de Joadá.» Entraron a presencia del rey, quien les dijo: «Tomad con vosotros a los leales de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón en mi propia mula y bajadlo a Guijón y allí el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo ungirán rey de Israel. Tocad entonces el cuerno y aclamad: '¡Viva el rey Salomón!' Subiréis luego tras él, y cuando llegue se sentará en mi trono y reinará en mi lugar, pues he dispuesto que sea el príncipe designado de Israel y de Judá.»
David reposó con sus antepasados y lo sepultaron en la Ciudad de David. David reinó sobre Israel cuarenta años; en Hebrón reinó siete años y en Jerusalén treinta y tres. Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.
Responsorio
℣. Hijas de Sion, salid a contemplar al rey Salomón con la diadema con que lo coronó su madre, * en el día del gozo de su corazón.
℟. Dios mío, confía tu juicio al rey, para que rija a tus humildes con rectitud.
℟. En el día del gozo de su corazón.
Segunda lectura
San Ambrosio De los comentarios sobre los salmos (Salmo 43, 89-90: CSEL 64, 324-326)
Ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro
<i>¿Por qué nos escondes tu rostro?</i> Cuando estamos afligidos por algún motivo nos imaginamos que Dios nos esconde su rostro, porque nuestra parte afectiva está como envuelta en tinieblas que nos impiden ver la luz de la verdad. En efecto, si Dios atiende a nuestro estado de ánimo y se digna visitar nuestra mente, entonces estamos seguros de que no hay nada capaz de oscurecer nuestro interior. Porque, si el rostro del hombre es la parte más destacada de su cuerpo, de manera que cuando nosotros vemos el rostro de alguna persona es cuando empezamos a conocerla, o cuando nos damos cuenta de que ya la conocíamos, ya que su aspecto nos lo da a conocer, ¿cuánto más no iluminará el rostro de Dios a los que él mira?
En esto, como en tantas otras cosas, el Apóstol, verdadero intérprete de Cristo, nos da una enseñanza magnífica, y sus palabras ofrecen a nuestra mente una nueva perspectiva. Dice, en efecto: <i>El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla» ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo</i>. Vemos, pues, de qué manera brilla en nosotros la luz de Cristo. Él es, en efecto, el resplandor eterno de las almas, ya que para esto lo envió el Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la oscuridad de este mundo.
¿Y qué digo de Cristo, si el mismo apóstol Pedro dijo a aquel cojo de nacimiento: <i>Míranos</i>? Él miró a Pedro y quedó iluminado con el don de la fe; porque no habría sido curado si antes no hubiese creído confiadamente.
Si ya el poder de los apóstoles era tan grande, comprendemos por qué Zaqueo, al oír que pasaba el Señor Jesús, subió a un árbol, ya que era pequeño de estatura y la multitud le impedía verlo. Vio a Cristo y encontró la luz, lo vio y él, que antes se apoderaba de lo ajeno, empezó a dar lo que era suyo.
<i>¿Por qué nos escondes tu rostro?</i>, esto es: «Aunque nos escondes tu rostro, Señor, a pesar de todo, <i>ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor</i>. A pesar de todo, poseemos esta luz en nuestro corazón y brilla en lo íntimo de nuestro ser; porque nadie puede subsistir, si tú le escondes tu rostro»
Responsorio
℟. En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas.
℟. Recordad aquellos días primeros, cuando, recién iluminados, soportasteis múltiples combates y sufrimientos.
℟. Caminad como hijos de la luz, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas.
Oración
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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