jueves 30 de enero de 2025
Oficio de lectura
Jueves de la 3ª semana del Tiempo Ordinario
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Autor del cielo y el suelo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al hielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que en cristal de frescura
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazle en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágale tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
O bien:
Éste es el día del Señor.
Éste es el tiempo de la misericordia.
Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.
En medio de las gentes
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.
¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos:
La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo.
Salmodia
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Salmo 88, 39-53-IV: Lamentación por la caída de la casa de David
Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.
Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.
Salmo 88, 39-53-V
¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.
Salmo 89: Baje a nosotros la bondad del Señor
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.
Versículo
℣. En ti, Señor, está la fuente viva.
℟. Y tu luz nos hace ver la luz.
Primera lectura
De la carta a los Romanos Rm 10, 1-21
Dios es Señor de todos
Hermanos, el anhelo de mi corazón y mi oración a Dios en favor de ellos es para que se salven. Testifico en su favor que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento. Pues, desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo creyente.
En efecto, Moisés escribe acerca de la justicia que nace de la ley: <i>Quien la cumpla, vivirá por ella.</i> Mas la justicia que viene de la fe dice así: <i>No digas </i>en tu corazón <i>¿quién subirá al cielo?, </i>es decir: para hacer bajar a Cristo; o bien: ¿quién bajará al abismo?, es decir: para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Entonces, ¿qué dice? <i>Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón, </i>es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. Porque dice la Escritura: <i>Todo el que crea en él no será confundido.</i> Que no hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan. Pues <i>todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.</i>
Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: <i>¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!</i> Pero no todos obedecieron a la Buena Nueva. Porque Isaías dice: <i>¡Señor!, ¿quién ha creído a nuestra predicación?</i> Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo.
Y pregunto yo: ¿Es que no han oído? ¡Cierto que sí! <i>Por toda la tierra se ha difundido su voz y hasta los confines de la tierra sus palabras.</i> Pero pregunto: ¿Es que Israel no comprendió? Moisés es el primero en decir: <i>Os volveré celosos de una que no es nación; contra una nación estúpida os enfureceré.</i> Isaías, a su vez, se atreve a decir: <i>Fui hallado de quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí.</i> Mas a Israel dice: <i>Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde.</i>
Responsorio
℣. Uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan, * pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
℟. Es decir, Cristo se hizo servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar a cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas y, en cuanto a los gentiles, para que glorifiquen a Dios por su misericordia.
℟. Pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
Segunda lectura
Juan Mediocre de Nápoles Sermón 7 (PLS 4, 785-786)
Ama al Señor y sigue sus caminos
<i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> (Sal 27[26],1). Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.
Decía el Señor: <i>Caminad mientras tenéis luz</i> (Jn 12,35). Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: <i>Yo he venido al mundo como luz</i> (Jn 12,46)<i>, para que los que ven no vean </i>(Jn 9,39) y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: <i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> (Sal 27[26],1).
El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta <i>luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre</i> (Jn 1,9), el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.
El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: <i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: <i>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?</i> Si es él quien ilumina y quien salva, <i>¿a quién temeré?</i> Vengan las tinieblas del engaño: <i>el Señor es mi luz</i>. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: <i>el Señor es mi luz</i>. Él es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.
Responsorio
℣. Envía, Señor, tu sabiduría, de tu trono de gloria, para que me asista en mis trabajos, * para que venga yo a saber lo que te es grato en cada momento.
℟. Dame la sabiduría asistente de tu trono.
℟. Para que venga yo a saber lo que te es grato en cada momento.
Oración
Dios todopoderoso y eterno: a los pueblos que viven en tiniebla y en sombra de muerte, ilumínalos con tu luz, ya que con ella nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, Jesucristo, nuestro Señor. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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